Salvar la nación: el feminismo doméstico de Soledad Acosta de Samper* **

 

Resumen

Soledad Acosta de Samper (1833-1913) creía que el destino de las naciones estaba en manos de las mujeres. Solo ellas podían garantizar el desarrollo moral de la sociedad e instaurar en sus hijos, los futuros ciudadanos, el sentido de amor y deber hacia la patria, valores necesarios para orientar a la nación por la vía del progreso y la civilización. Este ensayo explora el origen y la evolución de su feminismo doméstico, examina las ideas de la autora sobre la mujer y sus deberes así como su discusión sobre la necesidad de proporcionar a la mujer una educación útil.

Palabras claves:

Soledad Acosta de Samper, escritoras colombianas, siglo XIX, construcción de la nación


Abstract

Soledad Acosta de Samper (1833-1913) believed that the fate of nations was in the hands of women. Only women could secure the moral development of society and instill in their children, the future citizens, the sense of love and duty towards the motherland, values needed to guide the nation on the path of progress and civilization. This essay explores the origin and evolution of her domestic feminism, examines the author’s ideas about women and their duties and her discussion of the need to provide women with a useful education.

Keywords:

Soledad Acosta de Samper, Colombian women writers, nineteenth century, nation building


La moralización de las sociedades hispanoamericanas, agriadas por largas series de revoluciones, de desórdenes y de malos gobiernos, está indudablemente en manos de las mujeres, cuya influencia, como madres de las futuras generaciones, como maestras de los niños que empiezan á crecer y como escritoras que deben difundir buenas ideas en la sociedad, deberán salvarla y encaminarla por la buena vía (Acosta de Samper, 1895, p. 386)

Considerada la escritora más importante del siglo XIX, el Ministerio de Cultura declaró al 2013 como el año Soledad Acosta de Samper con motivo del centenario de su fallecimiento. Escritora prolífica y mujer de increíble erudición, fue testigo, durante la mayor parte de su vida, de la constante inestabilidad política de la joven nación colombiana, dividida por los conflictos ideológicos entre las élites liberales y conservadoras que se disputaban el poder. Desde muy joven, la escritora expresa su preocupación por la grave situación política y social y describe su frustración por no poder participar en las luchas civiles debido a su condición de mujer. Como escritora, su etapa más prolífica coincide con las cuatro guerras nacionales que azotaron al país durante la segunda mitad del siglo XIX y que determinaron el fracaso de la revolución liberal en Colombia1. Por lo tanto, no es sorprendente que la lectura de la extensa obra de Acosta de Samper permita identificar un corpus textual preocupado más por cuestiones éticas, relacionadas con el futuro incierto de la nación, que por cuestiones estéticas. A la autora no le interesa un lector futuro, o escribir para la posteridad. Su obra apela directamente a los contemporáneas/os, a quienes esperaba incluir en el gran debate sobre la construcción de las naciones que tuvo lugar en el siglo XIX. En su triple dimensión de mujer, madre y escritora, su principal interés era el de instruir a la mujer y crear consciencia entre los compatriotas en torno a los grandes problemas nacionales, tal y como ella los concebía.

Monserrat Ordóñez (1997), a quien en gran medida se debe el interés actual de la crítica por el estudio y la recuperación de la extensa obra de Acosta de Samper, identifica dos etapas. Una primera, en la que la autora se dedica a la “narrativa (novelas y cuadros), a la crítica, a la traducción y a las crónicas de viajes”, y una segunda, a partir de la década de 1870, en la que “la balanza se inclina hacia la biografía y los relatos históricos, el periodismo y el ensayo” (p. 385). Aunque no cabe duda que en su obra temprana la autora se había dedicado exclusivamente a escribir novelas centradas en personajes femeninos y en la expresión de su mundo interior, existe una conexión directa entre ambas etapas de su escritura. Tanto en sus novelas y cuadros de costumbres de la primera época, como en sus novelas históricas, biografías y ensayos de carácter histórico de la segunda, Acosta de Samper tiene como objetivo principal el de instruir a la mujer colombiana en aquellos aspectos que ella consideraba útiles dentro y fuera de la esfera doméstica.

Las primeras inquietudes: ¿Qué puede hacer una mujer?

El Diario íntimo (1853-1855), recientemente hallado y editado por Carolina Alzate, provee información valiosa sobre las preocupaciones tempranas de la joven Soledad, quien claramente no aspiraba a convertirse en escritora en ese entonces. La lectura del texto revela el espíritu de una mujer de veinte años agobiada por profundas dudas sobre sí misma, sobre su valor como persona y sobre la naturaleza oscura de su personalidad. Soledad exhibe en el Diario íntimo una clara tendencia hacia lo que ella denomina la melancolía. El dolor es una constante en su vida. Aún en los momentos de mayor dicha y plenitud, sus pensamientos sombríos y su constante pesimismo la hunden en una profunda depresión. La joven está convencida de que su vida está predestinada al sufrimiento. Por eso afirma: “Yo nací para sufrir y nunca, ni en mis sueños más hechiceros, puedo creer que seré feliz enteramente ni por algunos días. ¡El sol de la alegría no presidió mi nacimiento!... Y por eso soy desgraciada en mi alma desde que me conozco” (Acosta de Samper, 2004, p 186). La melancolía parece aliviarse solo cuando se encuentra en compañía de su prometido José María Samper, quien le atrae precisamente porque entiende su carácter melancólico. Convencida de que su tendencia a la tristeza se debe a que es “demasiado sensible” (p. 186), la joven Soledad va a encontrar un poco de alivio en la lectura, actividad que además le permitía combatir su ignorancia, obtener una instrucción útil y, de esta manera, hacerla merecedora del amor de José María Samper.

Por otra parte, es notoria también la permanente preocupación sobre su porvenir y sobre el objetivo de su vida dada su condición de mujer:

¿Para qué me hizo Dios inteligente? ¡Para qué todos mis sentidos si no han de servir para el bien de mi alma y de la humanidad! ¿Pero qué puede hacer una mujer? Mi conciencia me contesta: si no puedes hacer obras nobles, hechos dignos de memoria por tu sexo y tu corta inteligencia, puedes hacer la felicidad de las personas que te rodean (p. 69).

Poseedora de un fuerte sentimiento de deber hacia su patria, la joven Soledad también escribe en su diario sobre los acontecimientos políticos que tuvieron lugar en esos años en Colombia2. Deseaba haber sido una heroína nacional como lo fueron Policarpa Salavarrieta o Carlota Corday, mujeres que dieron la vida “por hacer un bien a la patria” (p. 76). Pero este anhelo no le fue posible y se sintió muy frustrada por no haber podido participar en el conflicto civil. No obstante, ella es consciente de que debido a su condición de mujer es muy poco lo que puede hacer por el progreso de la nación. Con el correr de los años, Soledad Acosta, ya casada, encuentra en la profesión de escritora la manera para ejercer el deber patriótico. Con su escritura contribuye al mejoramiento de la vida de la mujer y, en consecuencia, del país que tanto amaba. A este respecto se refiere José María Samper en la introducción a Novelas y cuadros de la vida Sur-Americana:

mi esposa ha deseado ardientemente hacerse lo más digna posible del nombre que lleva, no solo como madre de familia sino también como hija de la noble patria colombiana; y ya que su sexo no le permitía prestar otro género de servicios á esa patria, buscó en la literatura, desde hace más de catorce años, un medio de cooperación y actividad (Acosta de Samper, 1869, p. ii)3.

Instruirse en todo lo bello y lo bueno

Las preocupaciones que enmarcan al yo autobiográfico del Diario íntimo van a ser determinantes en la construcción de la identidad de la mujer en toda su obra posterior. Como ella, el sujeto femenino que la autora articula en sus obras está condenado al sufrimiento y vive rodeado de penas y angustias. En la introducción a El corazon de la mujer, incluida en Novelas y cuadros de la vida Sur-Americana, Acosta de Samper (1986) establece los lineamientos de su filosofía sobre la vida de la mujer en la siguiente reflexión: “El corazon de la mujer [...] Tiene cuatro épocas en su vida: en la niñez vegeta y sufre; en la adolescencia sueña y sufre; en la juventud ama y sufre; en la vejez comprende y sufre” (p. 239). No se trata, sin embargo, de un sufrimiento pasivo ya que el dolor que experimenta la mujer se origina en las dificultades y luchas que constantemente tiene que afrontar precisamente por ser mujer. Años más tarde, en su revista quincenal La mujer, Acosta de Samper (1880) afirma que

la vida de la mujer no consiste sino en secretas y calladas luchas desde que tiene uso de razón: luchar para vencer los males que la rodean; luchar para comprender la vida; luchar para instruirse; luchar para resignarse á su suerte; luchar para domar sus naturales inclinaciones (I, p. 4).

No obstante, la autora invita a su público femenino a que se dedique a la lectura y a la instrucción, puesto que estas actividades, además de proporcionarle breves momentos de consuelo y solaz, le ayudarán a

sacar a relucir las más bellas facultades del alma femenina y despertar en esta aquella innata curiosidad que Dios puso en la mujer, no para emplearla en futilezas, sino inspirarla el deseo de saber é instruirse en todo lo bello y lo bueno (p. 4).

Para Soledad la profesión de escritora tiene dos dimensiones igualmente importantes. Con su escritura, por un lado, puede proporcionar un poco de felicidad a sus conciudadanas y, por otro, puede ser muy útil a su patria y contribuir a su progreso al preparar a la mujer para desempeñar su papel fundamental en la sociedad. De esta manera, el objetivo de sus primeros escritos, las novelas sentimentales, fue el de entretener con lecturas apropiadas aunque didácticas a su público femenino, mientras que el énfasis posterior de sus textos históricos fue el de instruir a la mujer y, de esta manera, ayudarla a realizar su destino. Acosta de Samper (1985) encuentra en la escritura el mejor medio para tener una injerencia directa tanto en la vida de la mujer (lo doméstico), como en el destino de la patria (lo público). Esos son sus deberes fundamentales como mujer y como escritora. En su ensayo La mujer en la sociedad moderna postula:

Una vez que la carrera de escritora esté abierta y pueden las mujeres abrazarla sin inconveniente, todas las que se sientan llamadas á ello deberían fijarse en una cosa: en el bien que pueden hacer con su pluma. Si Dios les ha dado cualidades intelectuales, aprovéchese de ello para empujar á su modo el carro de la civilización (p. 387).

En su primera etapa, Acosta de Samper se inserta en el mundo privado de la mujer y logra penetrar en su ámbito doméstico a través de sus novelas románticas. Aunque estos textos pueden considerarse de carácter sentimental, es mejor definirlos como didácticos y/o de carácter psicológico. En ellos, la autora explora la formación de la personalidad de la mujer, describe su sufrimiento y muestra las razones del fracaso de sus heroínas. Algunas de ellas fracasan por haberse dejado llevar por las opiniones de otros y por haber tomado malas decisiones. Son los casos de Margarita, Isabel y Mercedes en El corazon de la mujer. Con Aureliana, de Luz y sombra, y con Rosa, de La perla del valle, Acosta de Samper muestra que sus fracasos se deben a una educación deficiente que fomentaba en ellas la emotividad a expensas de la razón, que descuidaba su inteligencia mientras incentivaba el culto a la belleza y que las acostumbraba a verse y sentirse como un objeto trivial y superficial. Otros personajes, Juanita y Matilde, de El corazon de la mujer, y Sara, de Ilusión y realidad, logran redimirse porque aceptan su destino con resignación y tratan de encontrar la armonía en matrimonios sin amor, es decir, se redimen porque cumplen con su deber.

Acosta de Samper (1869) insiste, tanto en sus ensayos como en sus novelas, que son precisamente las novelas románticas, leídas con avidez por las mujeres de su época, las causantes de su perdición. En Teresa La Limeña: Páginas de la vida de una peruana, por ejemplo, el fracaso de Teresa y de su amiga Lucila empieza a gestarse en la adolescencia gracias a la afición de ambas por la literatura de “sensiblería” y a las falsas expectativas que dichos romances fueron creando en ellas. El narrador de la novela expresa las opiniones de la autora en el siguiente pasaje:

El Reinaldo de Lucila y el Manfredo de Teresa (pues también habian conseguido una edicion de las obras escogidas de Byron) fueron, sin embargo, la causa verdadera de las penas de su vida. [...] Hé aquí un problema de educación que no se ha podido resolver satisfactoriamente: ¿se debe permitir que germinen en el alma de las jóvenes, ideas románticas, inspirándoles un sentimiento erróneo de la vida, pero noble, puro y elevado? O al contrario se han de cortar las alas á la imaginación de su primer vuelo, y hacerles comprender que esos héroes que pintan los poetas no existieron sino idealmente? Con el primer sistema se debilita el alma, suprimiendo la energía para la lucha de la vida, y causando mil desengaños; y con el segundo, se forman corazones poco elevados, infundiendo un elemento de aridez y de sequedad en los sentimientos y el carácter (pp. 81-82).

En Dolores, la protagonista es obligada por la terrible enfermedad de la lepra a renunciar al amor, a perder su belleza corporal y a separarse del mundo mientras espera la muerte. Condenada a una vida de sufrimiento físico y espiritual, Dolores solo encuentra momentos de paz cuando se dedica a la lectura de textos que la instruyen o cuando escribe en su diario personal.

Ya desde su Diario íntimo, Acosta de Samper da muestra de estar muy consciente de que el acceso de la mujer a experiencias de la vida real, en comparación a los hombres, era muy limitado. Solo a través de la lectura la mujer puede trascender su esfera doméstica y adquirir información acerca del mundo público y, en ese sentido, las novelas sentimentales eran peligrosas porque, además de constituir una actividad frívola que las privaba de aprender, les daba a las mujeres jóvenes e inexpertas una visión falsa sobre el mundo real. En La mujer,Acosta de Samper (1880) escribe que

hoy en día, sobre todo, debemos luchar sin tregua ni descanso para no dejarnos arrastrar por la florida y amena via que nos indican los autores de las obras corruptoras y perniciosas que inundan nuestra sociedad. [...] El único medio que hay en el mundo para corregir los males que resultan de esa literatura corruptora, veneno que penetra sin sentirse en todos los hogares, especie de tifo social que se respira en el aire mismo que nos rodea; el único remedio para esa enfermedad, es hacer penetrar mucha instrucción en el espíritu de la mujer (I, p. 4).

Es por esto que en 1876, en otro momento de profunda crisis nacional, Acosta de Samper abandona la escritura de novelas didácticas de tipo sentimental para dedicarse a instruir a la mujer en temas y asuntos de Historia4. La autora cree que la lectura de tratados de Historia proporciona a la mujer no solamente hechos reales sobre el mundo (en un formato similar al de la novela), sino que además amplía su experiencia de vida porque los temas históricos trascienden el ámbito de lo doméstico. No es sorprendente, por lo tanto, que con el transcurso del tiempo Acosta de Samper considere los relatos y novelas históricas como vehículos más eficaces para instruir a la mujer sobre su papel en la sociedad y en el progreso de la nación, y que abandone la escritura de novelas de corte romántico.

La importancia de la Historia en la instrucción de la mujer

Es precisamente durante su segunda etapa de producción intelectual, encauzada hacia los asuntos históricos, cuando Acosta de Samper publica, en 1880, la primera revista dedicada a la mujer en Latinoamérica, La mujer: Lectura para las familias, revista que hemos citado anteriormente. El énfasis temático de esa publicación es claramente la Historia. Cada número de La mujer consta de una sección histórica titulada Estudios sobre la historia de la mujer en la civilización, un capítulo de una Novela histórica nacional, un poema, un cuento de costumbres nacionales, una sección dedicada a las noticias extranjeras y de modas y una sección de variedades. Aunque la revista está orientada a aliviar un poco el sufrimiento de la mujer, su propósito final es prepararla para el cumplimiento de sus obligaciones. Acosta de Samper (1880) advierte muy claramente a sus lectoras que ella no apoya las teorías modernas que hablan de los derechos de la mujer sino que quiere, a través de su revista, hablarles e instruirlas en sus deberes. En el “Prospecto” introductorio a la revista, la autora escribe lo siguiente:

Otras plumas habrá que se dedicarán á halagar la vanidad de la mujer, á elogiar su belleza y el encanto de sus gracias, encomiando su donaire y gentileza; nosotras procuraremos hablar á su corazón y á su conciencia recordándola á cada paso que no ha nacido solamente para ser feliz sobre la tierra, sino para realizar muy altos fines de la Providencia (I, p. 1-2).

Como mujer y escritora, Acosta de Samper presenta una actitud militante y casi obsesiva con respecto al papel fundamental de la mujer en la sociedad. Su obra en esta etapa, aunque sigue orientada a la mujer en su esfera doméstica, está fusionando las fronteras entre dicha esfera y la pública, al postular que existe un campo de influencia de lo doméstico en lo público, específicamente en la formación de la nación. Esta no era una idea nueva. Muchas de sus contemporáneas latinoamericanas como Carolina Freyre de Jaimes, Mercedes Cabello de Carbonera y Clorinda Matto de Turner, para mencionar solo algunas, tenían la misma posición ideológica5. En sus investigaciones sobre escritoras estadounidenses del siglo XIX, Nina Baym indica que todas estaban convencidas que la mujer podía ejercer una gran influencia en la esfera pública desde el plano doméstico. Para estas escritoras, el hogar era mucho más que el lugar donde se protegían la moral y las buenas costumbres. En palabras de Baym (1995),

home was where the most important national product -the citizen- was manufactured; the domestic sphere was therefore a work site fully participant in public life. [...] Here, home and country are indistinguishable [...] In the home, then, were formed the beings whose virtue or vice, civil patriotism or self interest, would preserve or destroy the republic (p. 12).

A través de esta postura ideológica, a la que Baym da el nombre de domestic feminism, las escritoras estadounidenses lograron inscribir lo doméstico dentro de lo político y así poner en manos de las mujeres el éxito o el fracaso de la nación. Esta injerencia de la mujer y/o lo doméstico en lo público es un fenómeno que se manifiesta también en la Europa decimonónica. Anne K. Mellor (2001) indica que las escritoras románticas británicas ejercieron una gran influencia en la vida política de la sociedad y, gracias a ellas, se creó el modelo de la “nueva mujer”, es decir, de la madre de la nueva nación británica.

They helped to bring about a visible change in the social construction of gender, by producing the model of a New Woman -a rational, just, yet merciful, virtuous, benevolent, and peace-loving female- who was capable of providing intellectual and moral guidance both at home and in the public realm (p. 142).

Así mismo, la gran cantidad de tratados publicados sobre la mujer en toda Europa, que fueron rápidamente traducidos y diseminados en las Américas, sirven también de indicadores del cambio radical que se estaba llevando a cabo en los hogares y en la estructura familiar en la época. El feminismo doméstico estaba transformando la cultura masculina de la época. Acosta de Samper estaba muy al tanto de esta revaloración y transformación de lo doméstico, no solamente porque se había educado en Francia e Inglaterra, sino porque ella leía autoras europeas, estadounidenses y a sus colegas latinoamericanas, como se evidencia en La mujer en la sociedad moderna. Además, tradujo algunos de estos tratados para La mujer, como el de Dina Mullock, “Lo que piensa una mujer de las mujeres” (1864), adaptándolo a su propio imaginario de domesticidad nacional y de su propio sentido de deber y virtud hacia la nación.

La construcción del sujeto femenino en Acosta de Samper está basada en la ideología republicana del ciudadano al servicio de la nación. Su feminismo doméstico parte de la base de que “en manos de la mujer está la suerte de las naciones,” (1880, I, p. 5) y por esto, para ella, es esencial expandir la esfera doméstica de la mujer proporcionándole una instrucción sólida en Historia y específicamente en la Historia de Colombia contribuyendo además al fortalecimiento de su patriotismo. Es precisamente este énfasis en instruir a la mujer en asuntos de Historia donde radica la originalidad del feminismo doméstico de Acosta de Samper y lo que la distingue de sus contemporáneas latinoamericanas, europeas y estadounidenses. Para ella, el

estudio de la historia [...] debe ponerse en primera línea en la educación de la mujer. Esta es la verdad; sin la ciencia histórica, es decir, sin el conocimiento de lo que hicieron las pasadas generaciones, la mujer no podrá jamás ejercer una influencia provechosa y legítima sobre la sociedad que la rodea. Dios la ha dado una gran misión: la de inspirar y conservar en el corazón humano el sentimiento de la virtud y de la más delicada moral, sin lo cual las sociedades se corrompen y las naciones se pervierten y aniquilan. La mujer necesita, para llevar á cabo esta humilde y sublime misión, una instrucción moral muy sólida y una virtud muy acrisolada; por consiguiente, nada hay más adecuado á su espíritu que los estudios históricos (1880, I, p. 3).

La creencia de que la moral y la virtud son los pilares del progreso y la civilización de una sociedad está formada, en Acosta de Samper, por la obra de François M. Guizot. Aunque solo lo menciona en una breve cita a pie de página en La mujer y en la introducción a La mujer en la sociedad moderna, es obvio que ella conoce a fondo la obra del francés. Guizot, estadista e intelectual francés, escribió un tratado titulado Histoire générale de la civilisation en Europe (1828) con el propósito de formular una definición más acertada de la noción de civilización. La concepción generalizada de la época era que la civilización consistía en el mejoramiento de la calidad de vida de los miembros de una sociedad. A partir de una revisión de la historia del progreso de las naciones europeas, Guizot (1924) quiere refutar esta definición y demostrar que la noción de civilización tiene dos dimensiones: el progreso material de los miembros de una sociedad, por un lado; y el progreso moral e intelectual de sus individuos, por el otro (p. 16). Así mismo, Guizot quiere examinar la relación que existe entre estas dos dimensiones, es decir, descubrir si es el progreso el que contribuye al desarrollo espiritual e intelectual de la humanidad o si es el desarrollo espiritual e intelectual el que contribuye al progreso material y económico de la sociedad. Al concluir su voluminosa tarea, el historiador francés encuentra que, aunque el cristianismo nunca había promovido el progreso material de los individuos, en la práctica había sido el más grande promotor de la civilización occidental, “because it has changed the interior condition of man, his opinions, his sentiments: because it has regenerated his moral, his intellectual character” (p. 16), es decir, porque promueve la virtud. Basándose en esta observación, Guizot postula la siguiente hipótesis: “as the social life is better regulated, individual life becomes more refined and virtuous” (p. 18). La humanidad solamente puede mejorar y acelerar su progreso a través del mejoramiento moral e intelectual de sus individuos (p. 18), es decir, a través de la virtud. Es precisamente en este contexto en que se debe enmarcar el feminismo doméstico de Acosta de Samper y la importancia que le da a la mujer como promotora de la civilización y el progreso. En su imaginario de nación, si la mujer entiende la influencia que ejercen el desarrollo moral e intelectual de los miembros de una sociedad en el proceso de civilización, (entendimiento que logra a partir del estudio de la historia), entonces podrá darse cuenta que el futuro de la civilización está en sus manos, puesto que es ella la encargada de educar a los futuros ciudadanos de la nación.

Esto explica en La mujer la inclusión de la sección dedicada a los “Estudios sobre la historia de la mujer en la civilización”. El propósito de esa sección es el mismo de Guizot en su Histoire générale de la civilisation en Europe. En el caso de La mujer, el énfasis lo recibe la revisión histórica de “la influencia buena ó mala que haya tenido la mujer en el progreso, poderío, bienestar y decadencia de las naciones”. Esta revisión le permite plantear una necesidad pedagógica, es decir, que “la mujer aprenda en la historia de otras mujeres cuán altos son su fin y su destino, para que pueda alcanzarlos” (1880, pp. 3-5). A pesar de que la idea de escribir tratados de historia era una práctica común en el siglo XIX, Acosta de Samper (1880) agrega su propio matiz al enfocarse, a diferencia de Guizot, solo en la mujer. En palabras de la autora,

en todas las historias que hasta ahora se han escrito, sólo vemos la historia de la parte masculina de la humanidad, y en ellas se pasa por alto casi siempre la parte, á veces importantísima, que ha tenido la mujer, directa ó indirectamente, en el progreso o la ruina de las naciones. [...] no hemos visto hasta ahora ninguna historia que la examine en el punto de vista en que nos proponemos hacerlo aquí (p. I, 3).

Paralela a esa sección, dedica otra extensa sección a la Historia de Colombia bajo el título de “Cuadros y relaciones novelescas de la historia de América: dedicados al bello sexo colombiano” con el fin de “historiar los primeros descubrimientos hechos en América, de las conquistas en tierra-firme y particularmente la del Nuevo Reino de Granada” (I, p. 29). En el prólogo a esta sección, justifica su importancia de la siguiente manera:

Si bien muchos autores se han encargado de narrar los acontecimientos trascendentales de la conquista, colonización é independencia de América, pocos en otras Repúblicas, y poquísimos en Colombia han referido los hechos personales y heroicos de los hombres históricos que nos dieron patria y tuvieron representación é importancia en la formación de estas naciones (p. 29).

Además de contribuir a completar y a enriquecer el corpus de tratados de historia de Colombia, con sus novelas, relatos y biografías históricas, la neogranadina se inscribe directamente en el ámbito de lo público, ampliando, de esta manera, su campo de influencia como escritora. De esta forma, narra la nación en el sentido que propone Homi Bhabha. A la vez que, siguiendo a Benedict Anderson, proyecta su imaginario de nación a esa comunidad imaginada de compatriotas con quienes comparte la preocupación por el destino incierto del país. Así mismo, está “narrando” la nación desde una perspectiva femenina.

Por otra parte, a esta neogranadina le preocupa el hecho de que la Historia de Colombia se les enseñe superficialmente a mujeres y a hombres. Su crítica apuntaba a que “nuestro patriotismo ganaría mucho en pureza y en firmeza si el conocimiento de la historia se hiciera más popular entre nosotros” (I, p. 4). La autora ve la necesidad de educar a la mujer en la Historia de Colombia como una manera de fomentar no solo el progreso sino el amor a la patria. En este contexto es posible identificar una doble dimensión en el papel que la mujer desempeña en la sociedad. La primera es la civilizadora en sentido que postulaba Guizot, es decir, el papel de la mujer como la responsable de la calidad moral y espiritual de la sociedad: la virtud. La segunda dimensión es la de ser la transmisora de la identidad nacional y el nacionalismo, es decir, el papel de la mujer como responsable de la educación patriótica de las nuevas generaciones. Si la mujer enseña a las nuevas generaciones sus deberes con la nación, es posible llegar a obtener la estabilidad necesaria para lograr que Colombia entre en la vía del progreso y la civilización.

Sin embargo, el imaginario de nación que ella quiere transmitir a sus lectoras y lectores, no es ni idealizado ni superficial. Sus ensayos y novelas históricas están llenos de comentarios críticos y pesimistas sobre la situación actual y el futuro de la nación colombiana. Por ejemplo, en un comentario que inserta en su traducción del texto A woman ’s thoughts about women, de la escritora inglesa Dina Mullock, indica:

O compatriotas nuestras, la situación de nuestra pobre patria es espantosa -es preciso confesarlo! y la esperanza de salvación no está sino en los esfuerzos que puedan hacer los padres, y sobre todo las madres de familia, para que la próxima generación, que empieza a levantarse ahora, sea mejor educada que las anteriores. Reflexionad en las consecuencias de las imprudencias que sin cesar cometemos con nuestras palabras y nuestras acciones. Dios es muy misericordioso: él nos da siempre fuerza, vigor y aliento para llevar a cabo una buena obra. No nos durmamos sobre el borde del abismo, en el que no solamente nos precipitaremos en breve, sino que en el que se hundirán nuestros hijos, la idea más triste para una madre! (1880, I, p. 90).

Dado el abundante número de comentarios en los que la escritora critica fuertemente las deficiencias del gobierno colombiano, es posible concluir que además de educar a la mujer en temas históricos y de enfatizar su papel civilizador en la sociedad, sus textos también contienen una suerte de educación política para la mujer letrada de la época. Es así como nuestra escritora inscribe otra dimensión de la esfera pública dentro de la esfera doméstica de la mujer: la política. Al hacerlo, amplía aún más su campo de influencia dentro de lo público como escritora, al criticar abiertamente a los responsables de los destinos de la nación. Sus obras se convierten en la tribuna desde la cual ella expresa sus opiniones sobre la grave situación que afrontaba el país y sus preocupaciones sobre su futuro incierto. A través de su pluma crítica, la escritora está haciendo todo lo posible por salvar al país, emulando así el compromiso patriótico de sus heroínas de juventud, Policarpa Salavarrieta y Carlota Corday.

Además del estudio de la Historia, Acosta de Samper (1895) también aboga por una mejor educación formal para la mujer. En La mujer en la sociedad moderna, plantea lo siguiente:

El hispanoamericano, más adelantado en estas cosas que el español [...] ve en la mujer algo más que “una virgen en una iglesia.” Se ha notado que en todas las repúblicas que se formaron después de la independencia, se ha tratado desde su fundación a dar á la mujer una educación mejor y un papel más amplio en la vida social. Los gobiernos han hecho grandes esfuerzos para redimirnos de la situación secundaria, y no diremos secundaria sino ínfima, á que nos condenaban las costumbres coloniales, hijas de las españolas (pp. 382-383).

Acosta de Samper ve con complacencia que, poco a poco, se abren escuelas dedicadas a la educación de la mujer y que incluso en la “Escuela de Medicina de Bogotá se ha dado entrada á señoritas que asisten á las clases con los estudiantes y son altamente respetadas por ellos” (p. 383). Sabe que a medida que la mujer logre más acceso a la educación formal, su influencia será aún mayor en la buena marcha y el progreso de la sociedad y, por ende, logrará a realizar su misión civilizadora. Sin embargo, al mismo tiempo es cautelosa en cuanto a la noción de que las mujeres reciban la misma educación que los hombres. En un ensayo de 1893 titulado “Aptitud de la mujer para ejercer todas las profesiones”, Acosta de Samper hace un estudio de las mujeres que han descollado en todas las ramas del saber en distintas partes del mundo, con la intención de “averiguar si la mujer es capaz de recibir una educación intelectual al igual del hombre, y si sería conveniente darla suficiente libertad para que pueda (si posee los talentos necesarios) recibir una educación profesional” (p. 73). Aunque el ensayo prueba que las mujeres son tan capaces como el hombre para desempeñarse en muchas profesiones, se percibe en ella una reticencia a abogar por la causa de la educación de la mujer colombiana. Para ella, las naciones americanas no estaban en el mismo momento que las europeas y por lo tanto no se debía intentar imitar su sistema educativo ya que

no se encuentran —aunque lo parezca en la superficie— igualmente maduras para recibir la misma educación [...] todo en ellas es diferente; y se necesitaría una gran perspicacia y conocimiento íntimo de todas las capas sociales que componen la población de cada país, para lograr plantear en cada uno de ellos la clase de educación que le conviene (p. 74).

La educación de las hijas del pueblo

La noción de “capas sociales” es esencial para entender la construcción de la identidad de género en Acosta de Samper. Cuando ella escribe sobre y para “la mujer” está dirigiéndose a la mujer de clase alta, a quien considera, como se ha discutido a lo largo de este ensayo, la madre de la nación. En contraste, para referirse a las mujeres de clase baja utiliza el término “las hijas del pueblo” estableciendo, de esta manera, una marcada diferencia entre estos dos grupos. De hecho, escribe muy poco sobre estas, tanto en sus novelas como en sus ensayos. Por lo tanto, resulta muy reveladora una serie de tres entregas tituladas “La educación de las hijas del pueblo”, que aparecieron publicadas en distintos números de La mujer. Se trata de una traducción de un texto del francés Leroy-Beaulieu titulado “El trabajo de las mujeres en el siglo XIX”. Como todas las traducciones que publica en la revista, Acosta de Samper no hace una traducción literal del texto sino un resumen comentado del mismo y, aunque a veces incluye citas directas, es fácil discernir si lo que se lee es de Leroy-Beaulieu o son los comentarios de la autora.

Con el advenimiento de la Revolución industrial tanto en Europa como en los Estados Unidos, emerge una cada vez más numerosa clase obrera femenina que trabaja en condiciones muy precarias, sometida a largas y terribles jornadas con una remuneración muy baja. Leroy-Beaulieu aboga por dar acceso a las carreras profesionales a las obreras francesas, de forma gratuita o subsidiada, con el fin de que se eduquen y puedan ganarse la vida de una manera más digna y con un salario que les garantice su independencia. Acosta de Samper (1880) piensa, sin embargo, que esta propuesta no es apropiada para “las hijas del pueblo” colombianas:

[y] aquí, en donde siempre pretendemos de un salto situarnos en la cumbre de la civilización, aquí no hay duda que se querrán formar mujeres para esas profesiones. Pero aún no ha llegado el tiempo: es preciso empezar por enseñar á las mujeres del pueblo artes manuales, y después se verá si son capaces de desempeñar empleos más delicados (III, p. 68).

Para nuestra escritora, en Colombia no existe todavía una industria manufacturera lo suficientemente grande que emplee a las mujeres. Sin embargo, a medida que la sociedad continúe avanzando hacia el progreso y la modernidad, la autora piensa que es imperativo que el gobierno colombiano empiece a prepararse para el crecimiento de una clase trabajadora obrera y que, mientras este fenómeno se generalice, es el deber del Estado el garantizar al pueblo su supervivencia económica. Por eso, insiste en la necesidad de proporcionar una “educación útil” a las hijas del pueblo, tan apasionadamente como lo había hecho con el tema de la instrucción de las mujeres nobles. Mientras que la instrucción útil para las mujeres nobles (las madres de la nación) es el estudio de la historia, para las hijas del pueblo es la educación vocacional. La escritora no apoya la educación clásica para las mujeres humildes de la sociedad. Así lo expresa con mucha vehemencia en la primera entrega de “La educación de las hijas del pueblo”:

Aquí en América ¿no seria, por ventura, una obra digna de la atención de los Gobiernos el tratar de educar en las escuelas públicas, no señoritas cantatrices y sabias botánicas y físicas, sino honradas trabajadoras que saliesen de esos planteles de educación, sabiendo hábilmente un oficio, como el de bordar, hacer encajes, trabajar en obras de costura, según las reglas del arte? ¿Por qué se empeñan los mandatarios en producir mujeres inútiles, ó más bien perniciosas para la sociedad, en lugar de niñas trabajadoras que llevarán á sus familias el conocimiento de industrias nuevas entre nosotros, y qué las pudieran dar el pan cotidiano? [...] En vez de traer tantos maestros de literatura para los colegios ¿por qué no hacer venir maestros para enseñar industrias lucrativas á los hijos del pueblo, y sobre todos a las hijas del pueblo, expuestas á tantas miserias físicas y morales, por falta de saber ocupar con buen provecho? [...] Apelamos al buen sentido de nuestros Gobiernos, y pedimos, en nombre de LA MUJER COLOMBIANA, que se medite seriamente en este asunto, y que se procure poner un pronto remedio al erróneo sistema de educación de las clases pobres. El Gobierno es un segundo padre del pueblo, y éste tiene el derecho de exigir de él que no solamente le dé una vida intelectual, abriéndole las fuentes de la ciencia, sino que tienen el DEBER de darle los medios de subsistir honradamente, enseñándole industrias y procurándole ocupación lucrativa, benéfica y meritoria. [...] Abrid escuelas profesionales, no de artes de adorno, sino de utilidad; plantead talleres en donde puedan aprender los pobres un oficio, y habreis merecido más de la patria que con todos los discursos de ordenanza del VEINTE DE JULIO” (1880, II, p. 19)6.

Si se tiene en cuenta el todavía limitado acceso que estas tenían a la educación pública, los argumentos de Acosta de Samper en favor de abrir escuelas profesionales para la formación vocacional de hombres y mujeres parece muy razonable. Sin embargo, y de allí viene el carácter contradictorio de su argumento, sus reservas hacia una educación clásica para las hijas del pueblo, corresponde más bien a una ideología de clase que a un sentido de urgencia social. Así como no cree en la igualdad entre los sexos, tampoco cree en la igualdad entre las clases. Además, como se puede apreciar en este aparte de la segunda entrega de “La educación de las hijas del pueblo”, no puede imaginar una nación sin jerarquías sociales:

En otros países no son tan orgullosos como nosotros, y se piensa en formar trabajadoras y mujeres útiles a la sociedad, en lugar de producir esas señoritas elegantes, puristas, botánicas y físicas, que en breve tendremos de cocineras y aplanchadoras, merced á la gran difusión de las escuelas y de la educación científica que se da allí. Pero como en una república democrática, según se dice, no debe de haber sirvientes ni personas inferiores, no es posible formar sirvientas y trabajadoras con las hijas del pueblo; así, pues, todas ellas serán damas, pero damas que no servirán para ser señoras. Entretanto procuremos formar escuelas de Artes y Oficios para las mujeres de buena voluntad que quieran aprender á trabajar. Sembremos la semilla del bien en alguna parte. Si el Estado rehusa hacer este beneficio á su patria, ¿por qué no podríamos, ex-cátedra, unirnos algunos para fundar una Sociedad promovedora de la ocupación industrial de la mujer? (pp. 42-43).

El terror de la escritora colombiana a las consecuencias que puede traer para la nación el educar a las clases trabajadoras se proyecta con más claridad en “Una pesadilla,” publicada en La mujer pero redactada originalmente en 1872. En ese cuento, la narradora se sueña de regreso a la capital, en el año 2000. En ese futuro, “Bogotá rivalizaba con las ciudades europeas más civilizadas y bellas” (1880, I, p. 168). Durante el encuentro de la narradora con las dos criadas de la casa donde se hospedaba se pueden observar los problemas y los peligros que veía en la educación de las hijas del pueblo. En este mundo futuro: “Las criadas son señoras literatas y descreídas” (p. 171), graduadas de la universidad pública en donde aprendieron ciencias naturales y leyes; profesaban la doctrina del socialismo, declaraban la muerte de Dios y creían en la emancipación de la mujer, entre muchas otras cosas. Resultó, entonces, que las señoras de la casa tuvieron que enseñarles a las criadas a planchar, a limpiar, a cocinar y a hacer todos los oficios de la casa porque nunca fueron educadas para ello. Así mismo, las mujeres de “clases inferiores” se creen iguales a las de las “clases elevadas,” según explica una de las criadas: “Me considero igual en todo á cualquier mujer: nuestra educación es mejor y más ilustrada que la de las señoritas ricas, y sólo nos divide la pobreza de nuestro nacimiento” (p. 169). “Una pesadilla” proyecta, además, las reservas de la autora con respecto a la educación laica que había propuesto el Estado colombiano en 1870.

“Una pesadilla” también proyecta otro de los argumentos que la autora presenta en contra de una educación clásica para las hijas del pueblo: la idea de que una educación inútil solo producirá individuos inútiles en la sociedad, lo cual en el largo plazo va a contribuir al colapso moral de la nación y, por ende, a fomentar la barbarie. Es así como en la tercera entrega de “La educación de las hijas del pueblo,” se pregunta:

¿qué será de nosotros cuando hallemos que todas las niñas del pueblo se han educado de manera que no solamente sus estudios son para ellas inútiles, sino que, enseñadas á ciertos hábitos de lujo, ó por lo menos de comodidad y aseo no encuentren en la miserable choza ó tienda en que vive su familia, sino pobreza grande, descuido, desmoralización, y desesperadas con aquella situación que no podrán remediar, se tendrán que entregar á los vicios y á los crímenes? ¿Y qué otra cosa podrán hacer las desdichadas? (III, p. 71).

Además, la autora duda de que las clases inferiores tengan la capacidad intelectual para aprovechar la educación clásica. Por eso, en la misma entrega, comenta: “Porque es posible que entre diez mil niñas del pueblo se encuentre un talento preclaro, ¿por esa persona, que tal vez no existirá, haréis desgraciada á toda una nación?” (p. 71). El miedo a un cataclismo moral provocado por la educación de las hijas del pueblo la lleva a escribir la siguiente amenaza:

Si de alguna manera no se cambia la instrucción en las escuelas fundadas para las clases desvalidas de la sociedad, por cierto que no quedará sino un remedio para la gente sensata y es, olvidando su patriotismo, emigrar de cualquier modo, huir de un país que regresa á la barbarie y al salvajismo más cruel, como es el que niega la moral cristiana y olvida la ley del trabajo instituido por Dios (p. 72).

A pesar de que Acosta de Samper no abogue por la igualdad de clases y, por ende, no articule una propuesta unificada de identidad de género para la mujer colombiana, sí defiende el derecho de la mujer de las clases inferiores a vivir de manera independiente del fruto de su trabajo y piensa que ellas también tienen un papel que desempeñar en la salvación de la nación. En el ensayo La mujer en la sociedad moderna, después de haber discutido extensamente las contribuciones que hicieron las mujeres de la nobleza a la sociedad en la historia reciente, dedica una breve sección para resaltar el aporte de las “hijas del pueblo”:

Hasta aquí hemos hablado de las mujeres que merced á su alto nacimiento y brillante educación han podido comprender fácilmente cuáles son los deberes de los superiores para con sus inferiores, y han dedicado su fortuna ó su tiempo á hacer el bien á sus semejantes. La educación aclara y abre el entendimiento; las tradiciones de las familias nobles obligan á sus retoños á ciertos deberes para con sus dependientes, y muchas veces una esmerada educación encamina á la mujer por la senda de la virtud. Pero es más estimable, es más digno de elogio, es mucho más bello ver á una mujer del pueblo dedicarse á aliviar á otros aun mas desgraciados que ella haciendo sacrificios sin ninguna compensación sobre la tierra (1895, pp. 88-89).

En este párrafo se hace explícita la relación entre los modelos de mujer que emergen de la escritura de Acosta de Samper. El destino tanto para la mujer noble como para la del pueblo es el de trabajar en beneficio de la nación. Los deberes hacia la nación superan las diferencias entre las clases sociales. Sin embargo, mientras el compromiso de las mujeres nobles con la nación es de tipo moral, son las hijas del pueblo las que se sacrifican literalmente por ella. En esta premisa se articulan diversas nociones de patriotismo y de lealtad a la nación que no están basadas en relaciones de fraternidad, como postula Benedict Anderson, sino en relaciones jerárquicas entre los miembros de la comunidad imaginada. De esto se deduce, por un lado, que existen varios tipos de imaginarios de nación y, por otro, se demuestra que el deseo de los individuos de dar la vida por la nación, no surge, como sugiere Benedict Anderson, de un imaginario compartido de nación, sino que depende de la posición del sujeto en la red de relaciones horizontales y verticales dentro de dicha comunidad imaginada. Acosta de Samper, con esta doble inscripción discursiva del sujeto femenino, prueba el hecho de que para algunos ciudadanos (las mujeres de clase alta), la responsabilidad con la nación es, si bien limitada, de carácter obligatorio; mientras que para otros (las mujeres del pueblo), el compromiso con la nación es impuesto, obligatorio y exige de ellos el sacrificio total.

Feminismo doméstico y el destino de la nación

Flor María Rodríguez-Arenas (2005) señala que Soledad Acosta de Samper “fue la primera mujer que adoptó en Colombia públicamente en el siglo XIX, una posición con respecto al tratamiento de la mujer a través de la ficción y su destino como miembro componente de la sociedad” (p. 210).

La escritora colombiana asignó a la mujer republicana un rol protagónico en las tareas modernizadoras, algo que junto con sus ambivalencias con respecto al avance de la civilización en la naciente nación colombiana, diferencia su forma de imaginar la nación de otras propuestas del liberalismo. En general, la ideología doméstica propuesta por las doctrinas liberales asignaba a la mujer republicana un papel anti-intelectual, más cercano a la intuición y al sentimiento que a la razón. Aunque el proyecto de Soledad opera dentro de la ideología doméstica, su propuesta busca ensanchar la esfera doméstica de la mujer llegando a un feminismo doméstico de carácter político, de la misma manera que lo hicieran muchas de sus colegas escritoras en otras partes de Latinoamérica y del mundo. Mary Louise Pratt (1995) indica que “Acosta sees women’s social mission, and their social power, as based in the sphere of morality, in the promotion of constructive values and conducts” (p. 69). El acercamiento de Soledad a la escritura está determinado por la ideología de la maternidad republicana, que si bien le niega a la mujer la ciudadanía (sus derechos), le propone una inserción política en la vida nacional a través de la producción de futuros ciudadanos (sus deberes). No obstante, Acosta de Samper no se limita simplemente a reproducir este discurso sino que lo amplia, lo modifica y lo cuestiona. Ella logra, como escritora, inscribirse dentro del mundo doméstico, y a través de sus escritos, logra inscribir lo doméstico dentro de la esfera pública y, a la vez, inscribir lo público dentro de la esfera doméstica al crear una conciencia patriótica y política en sus lectoras. En un momento histórico en que la joven nación colombiana atraviesa una profunda crisis social y política, la voz de Soledad se levanta para hacer un llamado a la mujer para salvar a la patria y construir una nación civilizada, en la doble dimensión de virtud y deber que Guizot discutía para Europa unas décadas antes. Frente a la ineptitud del Estado colombiano para garantizar el progreso a sus ciudadanos, Acosta de Samper construye una identidad de género para la mujer, en cuyas manos pone el futuro de la nación. Por eso también le asigna a la mujer de las clases bajas un papel dentro de la formación de las naciones y construye para ellas una identidad genérica en yuxtaposición a la que ha construido para las mujeres de las clases elevadas. Sin embargo, de la misma manera que ambas identidades genéricas ocupan lugares diferentes, tanto en la geografía social como en la escritura de la autora, dentro de su proyecto de nación no son tan diferentes. En ambas recae la responsabilidad por el progreso de la patria. En palabras de la autora, a la mujer

ya no se le permitirá cruzarse de brazos y dejarse llevar por la corriente masculina; es preciso que tome parte de la lucha y quizás salve á la sociedad del cataclismo de la inmoralidad, de impiedad, de corrupción que la amenaza (1895, p. xi).

Como mujer y escritora, ella nunca se cruzó de brazos. Esta fue su manera de cumplir con su deber con su patria y de encaminarla por la vía del progreso y la civilización.

Bibliografía

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F. M Rodríguez-Arenas 2005Soledad Acosta de Samper, pionera de la profesionalización de la escritura femenina en el siglo XIX: Dolores, Teresa la Limeña, y El corazon de la mujer (1869) C. Alzate M. Ordóñez Soledad Acosta de Samper: Escritura, género y nación en el siglo XIX202238MadridIberoamericana

* Artículo derivado de investigación.

** Cómo citar este artículo: Arbeláez, O. (2016). Salvar la nación: el feminismo doméstico de Soledad Acosta de Samper. Estudios de literatura colombiana 38, pp. 57-77. DOI: 10.17533/udea.elc.n38a03

1 Acosta de Samper vivió siete guerras civiles: 1851, 1854, 1860-1862, 1876-1877, 1884-1885, 1895 y 1899-1902.

2 Son los años de la Revolución liberal que concluyeron en la guerra civil de 1851, en la que los conservadores intentaron tomar control del gobierno nacional.

3 Para todas las citas de los textos de Acosta de Samper incluidas en este ensayo hemos conservado la ortografía y la puntuación originales.

4 Es el año en que tiene lugar la Guerra Civil de 1876-1877, provocada por las reformas educativas y anticlericales del gobierno radical de Aquileo Parra, dando lugar al período de la Regeneración (1878-1890), cuyo fracasó daría lugar a la Guerra de los Mil Días y a la independencia de Panamá.

5 La parte sexta de La mujer en la sociedad moderna incluye una larga lista de escritoras latinoamericanas con cuyas obras Acosta de Samper se encuentra familiarizada (1895, pp. 390-404)

6 Según un estudio de Patricia Londoño Vega (1994) sobre la historia de la educación de la mujer en Colombia, entre 1870 y 1880 hubo un mayor acceso de la mujer a la educación: “las cifras indican que la instrucción pública experimentó en aquellos años un notable aumento: de 1.347 niñas que se educaban en 1869 se pasó a 32.347 en 1881” (p. 3). Sin embargo, a pesar de este notable incremento, el gobierno y la sociedad colombiana continuaban debatiendo si la mujer debía o no educarse.