Vanguardia y antivanguardia en la crítica y en las publicaciones culturales colombianas de los años veinte.* Jineth Ardila Ariza, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2013, 298 p.

 

Jineth Ardila Ariza logra llenar varias lagunas de la historia literaria colombiana en su ensayo Vanguardia y antivanguardia en la crítica y en las publicaciones culturales colombianas de los años veinte. Desde la introducción hasta el epílogo hay un hilo central: su respuesta incisiva a los críticos o historiadores de la literatura latinoamericana del siglo XX que niegan o despachan, en pocas líneas, la influencia que las vanguardias ejercieron en los escritores colombianos.

Poco espacio dedican a la literatura colombiana de la época, a la que acusan de tradicionalista y conservadora, tanto Nelson Osorio en Manifiestos, proclamas y polémicas de la vanguardia literaria hispanoamericana (Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1988), como Jorge Schwartz en Las vanguardias latinoamericanas: textos programáticos y críticos (México: FCE, 2002). Aun persisten en ello, aunque con más reivindicaciones, Hubert Pöppel y Miguel Gómez en los ensayos que compilan en Bibliografía y antología crítica de las vanguardias en Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela (Madrid: Iberoamericana, 2008).

Ardila Ariza se enfrenta a este tópico o lugar común. El arsenal de las hemerotecas, el mucho hurgar en revistas y suplementos literarios de periódicos colombianos de los años veinte, constituye su principal ataque o aporte. Todo en las vanguardias es guerra. Arranca el primer capítulo haciendo un ajuste de cuentas o de términos, entre el “posmodernismo” y la “vanguardia”. Ambos coinciden en el tiempo —el decenio que va de 1920 a 1930—, pero no significan lo mismo, pues posmodernismo da a entender una continuación de la escuela poética del modernismo de Rubén Darío o de Guillermo Valencia, mientras que vanguardia ya quiere decir rompimiento, otra cosa. No ignora Ardila Ariza, desde luego, la confusión existente entre ambas tendencias. Es consciente de lo que teóricos de las vanguardias como Octavio Paz han llamado la “tradición de la ruptura”. En el segundo capítulo, por lo tanto, nos confiesa su intención principal:

No es la intención de este texto demostrar si hubo vanguardia en Colombia, forzando lecturas, análisis o documentos, sino demostrar que sí hubo discusión crítica en torno a la vanguardia, así como intentos de ponerse al día frente a las exigencias estéticas del momento (p. 66).

Lleva a profundidad el estudio de “Los Arkilókidas”, acaso el grupo más vanguardista que hubo en Colombia, pero que solamente duró cuatro meses del año de 1922. En notas publicadas en el diario La República, de Bogotá, “Los Arkilókidas” no dejaron títere con cabeza. Combatieron con ironías y burlas a los académicos de la lengua y a los escritores más renombrados de la generación anterior, la del Centenario. Aunque aparecía la firma de varios jóvenes (León de Greiff, entre otros), cada nota de los Arkilókidas venía, en realidad, con el sello de Luis Tejada. Si no hubo en Colombia discernibles grupos que se puedan llamar “vanguardistas”, sí que hubo, en Luis Tejada, fuertes individualidades “vanguardistas”.

Sus pequeñas notas periodísticas, que se potencializaron al respaldarse en un grupo cuando salieron en La República, pero que aún siguieron teniendo el mismo efecto cuando aparecieron en El Sol, bastaron para encender la polémica vanguardista en la prensa colombiana. Ardila Ariza resalta, en ellas, ecos del futurismo de Marinetti, especialmente en el llamado o invocación a la guerra como “sola igiene del mondo e sola morale educatrice”. El belicismo era un motivo de alegría o de energía en el estancado orden burgués, democrático y republicano. Al menos era tanta la alegría con la que Luis Tejada expresaba estas ideas que, a pesar de que en “Profesión de fe” (El Sol, 29 de noviembre de 1922) hablara de organizar una juventud violenta a imagen del fascismo italiano, nadie lo ha acusado de “fascista”. Tejada se encargó de deslindarse del programa conservador, y de la carga peyorativa de un término que ha recaído sobre Laureano Gómez y la prensa más tradicionalista. Pero unos y otros se unían por los extremos.

Tejada, como se sabe, murió muy joven. Años después, Felipe, el hermano del dos veces presidente Alberto Lleras Camargo, fundó el diario Ruy Blas, que recogió mucha de esas ideas belicistas y enérgicas para animar la fundación de un partido socialista que se dejara de las medias tintas del liberalismo. Asombra encontrar allí, ya desde el 24 de noviembre de 1927, una especie de caldo de cultivo del nazismo a lo colombiano: “nacionalismo como defensa, como unión sagrada de todas las fuerzas de una raza para oponérsela a la invasión imperialista [...] una teoría que está en perfecto acuerdo con los principios del colectivismo, en los cuales se apoya la organización socialista” (p. 231). También por esos mismos años, más que Luis Vidales o que León de Greiff y los poetas de la generación de Los Nuevos, quizás quien mejor continuó las alegrías bélicas de Tejada fue el Fernando González de Viaje a pie (1929) y de Los negroides (1934). El estudio de Ardila Ariza se centra principalmente en la poesía; no ignora, sin embargo, que las corrientes vanguardistas bañaron por igual el campo de la narrativa colombiana de la época, y muchas sorpresas aguardan a quien, armado de este nuevo estudio, penetre en la selva de La vorágine (1924) de Jose Eustasio Rivera, o en las narraciones experimentales de José Restrepo Jaramillo o José Félix Fuenamayor, de quienes sí hace mención en su libro.

Otro campo de estudio que abre su libro es la posibilidad de diálogo con la vanguardia de otros países hispanoamericanos. El primero de abril de 1928, en el Suplemento Literario Ilustrado, de El Espectador, la investigadora colombiana halló un artículo del novelista José Restrepo Jaramillo en el que reseña el estridentismo y el grupo de Los Contemporáneos, que encabezaban el vanguardismo en México. Está por escribirse una historia literaria que re corra, con el hilo común de la lengua española, el camino de las vanguardias desde que penetraron a España de la mano de Gómez de la Serna y de las crónicas de Julio Camba (a cuyos estilos se parece mucho el de Luis Tejada), pasando por México, Argentina, las islas del Caribe, Venezuela y Colombia, donde las ideas y los libros, por tantas montañas, tardaban mucho más en llegar a su capital.

Aunque hubiera sido interesante darle más voz a Marco Fidel Suárez, cuyos Sueños de Luciano Pulgar acaso empezara a escribir mordido por una crónica de Luis Tejada, Jineth Ardila Ariza recoge también la opinión de quienes no estaban ni en la vanguardia ni en la antivanguardia, como el misterioso crítico Enrique Restrepo, del que poco sabemos, o del aun más misterioso El nuevecito escritor, pseudónimo de Luis Eduardo Nieto Caballero. Este último, en especial, hizo una estupenda parodia del belicismo de las izquierdas en las notas que publicaba en la revista Patria. En una de ellas, publicada el 30 de julio de 1925, anotó algo que todavía aplica para muchos progresistas de nuestro tiempo: “La izquierda nuestra quiere el exterminio. Es imbécil no gozar cuando la bomba estalla [...]. Muera la compasión, sentimiento romántico” (p. 257).

Finalmente, a pesar de que en el epílogo insista en reivindicar el campo de la poesía colombiana, el principal aporte del libro de Jineth Ardila Ariza está en la crítica cultural, en abrir surcos muy interesantes para la investigación de la narrativa y del ensayo en relación con las vanguardias.

* Cómo citar esta reseña: Pineda Buitrago, S. (2016). Reseña del libro Vanguardia y antivanguardia en la crítica y en las publicaciones culturales colombianas de los años veinte , de J. Ardila Ariza. Estudios de literatura colombiana 38, pp. 214-217. DOI: 10.17533/udea.elc.n38a12