Journal Information

Article Information


Historia del arrabal. Los bajos fondos bogotanos en los cronistas Ximénez y Osorio Lizarazo, 1924-1946, Andrés Vergara Aguirre, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2014, 179 p.*

 

En el universo del arte pueden existir múltiples puntos de referencia para estimular una producción; muchas veces el elemento sugerente de una obra en el campo escénico, literario, plástico, o cinematográfico, proviene de factores inmersos en la realidad cotidiana, cuyo principio de intencionalidad llega al creador artístico bajo distintas incitaciones: una vivencia, una experiencia personal o ajena, que luego son digeridas y expresadas desde disímiles lenguajes. En este orden de ideas, la crónica posee los elementos necesarios para estimular y, por consiguiente, ambientar la motivación del hacedor de estas esferas.

Historia del arrabal. Los bajos fondos bogotanos en los cronistas Ximénez y Osorio Lizarazo, 1924-1946, de Andrés Vergara Aguirre (2014), estudia la obra periodística de José Joaquín Jiménez (en adelante Ximénez) y José Antonio Osorio Lizarazo con relación al nacimiento de crónicas que recogían originales historias de vida de los distintos grupos sociales en la Bogotá de aquellos años, contrastados en la dicotomía distinguidos-infames. Los testimonios que constituyen dichas narraciones poseen elementos de tipo sociocognitivo, común denominador de la realidad que expresa.

Vergara considera que estas crónicas fueron creadas en un entorno adverso, debido a las condiciones limitantes con las que se producía la prensa escrita en sus inicios: maquinarias precarias con nulo desarrollo tecnológico y dificultades para conseguir insumos. A pesar de ello, afirma que esa prensa produjo un gran impacto en la escena nacional, y si bien los periódicos estaban vinculados a los idearios de los partidos y los grupos políticos, la huella que dejaron en esa época fue, en su mayoría, gracias a la labor de los cronistas, a esa ventana que lograron abrir reporteros como Ximénez y Osorio Lizarazo.

En su obra, Vergara (2014) propone un recorrido por la historia de la prensa en Colombia, con un marcado énfasis en los orígenes y desarrollo de la crónica, deteniéndose en el invaluable aporte de estos cronistas durante los años aludidos. Se trata de dos grandes maestros en el arte de los relatos inspirados en el contexto del arrabal, concepto que se asocia al asentamiento y crecimiento descontrolado de la población en lugares marginales de la ciudad, ya sea en el centro o en sus extremos, cuyos habitantes generalmente no se reconocen como parte integral del sistema que los rodea.

De acuerdo con el autor, los testimonios que constituyen estas crónicas alcanzaron un gran impacto en la escena nacional, debido a las habilidades de los dos cronistas estudiados, quienes con gran talento extraían la esencia de las particularidades de los barrios y sus gentes. Según afirma Vergara, “Cronistas como Ximénez y Osorio Lizarazo redescubrieron la ciudad, reinventaron la Bogotá que plasmaron en sus crónicas a través de otras figuraciones que encontramos en la literatura y, en el caso de Ximénez, también en la música” (2014, p. 91). Dicha anotación sobre la música se refiere a la influencia de tangos y boleros en los relatos y columnas de Ximénez en El Tiempo, quien emplea las canciones como hilo conductor de la trama de algunos relatos. Para Ximénez, en palabras de Vergara, “los tangos son una música maleante, motivadora del hecho violento que termina en puñalada” (p. 10).

Con relación a la visión de los personajes, existe un evidente conflicto entre trabajadores y malhechores que obedece a cuestiones de orden temporal; la barriada de día, habitada por comerciantes, artesanos y obreros, opuesta a la noche y su atmósfera densa, donde cobran protagonismo las cantinas, en las que se viven escenas de orden pasional a causa del alcohol y los celos, acompañados por un gramófono que ambienta las riñas con un tango melancólico o un bolero. La oscuridad y las sombras son testigos de la concurrencia de historias intensas y desesperadas que llevan en sí su propia poética. En efecto, el primer grupo de habitantes está formado por personas que deben lidiar con el desprestigio del barrio por culpa de las actuaciones de los “bandidos”, lo cual podría acercarnos a un posible punto de tensión en la construcción de una de las tantas tramas posibles, si se tienen en cuenta las motivaciones y la necesidad de empoderamiento de los miembros del segundo grupo, algo común en la naturaleza del delincuente debido a que en este tipo de patrón social se requieren jerarquías. En el imaginario colectivo los delincuentes representan la figura del héroe, dada su connotación de hombres invencibles y por su habilidad para evadir los estatutos legales, aunque a veces resultan vulnerables. Sus nombres suelen ser pintorescos, tal como lo refleja Ximénez en las crónicas judiciales del periódico El Tiempo, citadas por Vergara (p. 50): “Mata Siete” y su banda, en la cual se inició el “Mediabola” —quien posteriormente mata a su líder, el “Rascamuelas”—, “El Resbaloso” y Bárbara Jiménez, la novia del “Mediabola”, son solo algunos apodos de los maleantes presentados en las crónicas. Estos personajes elaboraron su propio código ético frente a la labor de delincuencia en la calle: solo debían acatar sus propias reglas e ingeniárselas para evadir la autoridad y sobrevivir desde sus principios. Incluso ser atrapados implicaba un crecimiento vertiginoso en sus técnicas delictivas, puesto que la cárcel se erigía como la universidad propicia para perfeccionar su “quehacer”. Así lo expresa Ximénez:

[...] emergieron bandas de maleantes que sitiaron la ciudad; algunos serían atrapados por la policía e irían a las cárceles y a los reformatorios, para aprender más sobre las artes del delito; mientras los principiantes alcanzaban su título profesional, los que ya eran expertos podían especializarse tras las rejas, y cuando retornaban a las calles eran mucho más peligrosos para la sociedad (Vergara, 2014, p. 89).

De igual forma, Ximénez alude a las chicas del café o prostitutas, llamadas también “perdidas” o “malas mujeres”, y ofrece un sinnúmero de descripciones de sus rasgos más comunes, que las muestran como mujeres violentadas, con vidas miserables, con amarguras y resentimientos, pero también con esperanza y anhelos de salvación. Osorio Lizarazo (citado por Vergara, 2014), en la novela El día del odio, muestra como antecedente de la prostitución la vulnerabilidad de las empleadas domésticas y jóvenes provenientes del campo, quienes esperanzadas en cambiar sus condiciones de vida terminaban sometidas a todo tipo de abusos por parte de novios, patrones y miembros de la autoridad. Estas representaciones retratan a la mujer ultrajada por los hombres del arrabal. Al respecto, Ximénez afirma: “Sometidas vemos también a las ‘chicas del café’, resignadas frente a los menosprecios de aquellos clientes que ‘Silban un tango de moda y se van’” (p. 105).

En el diálogo entre relatos que hacen alusión a un mundo hostil, la fisiología del barrio es una metáfora de la figura de alcantarilla abierta, escenario en el cual se manifiestan vivencias de sus distintos habitantes, quienes parecieran estar abandonados a su propia suerte. Estas historias suceden de manera espontánea entre personajes que entablan relaciones a partir de sus propias creencias, en constante fusión con el entorno que se define a través del comportamiento de sus pobladores. No obstante las crudas narraciones, los cronistas, fieles a su estilo, tienen la habilidad de traducir a través del lenguaje las líneas de pensamiento de los personajes, sus sentimientos más profundos y sus neurosis internas, para exponerlos a la mirada pública.

En estas narraciones, inspiradas en la barriada, se evidencia la destreza de los cronistas para describir los hechos y apelar directamente a las emociones del lector, produciendo una tendencia sensacionalista, lo que resulta llamativo para el espectador ajeno a esta realidad, puesto que incentiva en él la curiosidad por descifrar estos contextos, mientras que a los involucrados les propicia un sentimiento de protagonismo, una invitación implícita para reconocer su participación en la anatomía del barrio. Sin embargo, allí también estaban los artesanos y los obreros, la gente honesta que habitaba el arrabal, que sabía trabajar y enfrentar creativamente las adversidades de su entorno, que buscaba espacios para recrearse después de la jornada; ellos tuvieron que lidiar con el desprestigio del arrabal por culpa del bandido. Por eso en alguna oportunidad arremetieron contra el cronista Ximénez, por el descrédito que la prensa hacía contra el barrio a través de sus relatos periodísticos.

Una vez expuestos los acentos impulsivos del carácter de los personajes, aparecen los conflictos; la trama está presente en las relaciones que establecen los habitantes en su diario vivir. En efecto, debido al carácter narrativo de estas historias, Vergara (2014) expresa:

Esta matriz tiende a una representación de lo popular más enfocada en lo cultural, lo cual explica que logre interpelar a actores mucho más diversos, a través de una gran variedad de conflictos, y con un mayor énfasis en la cotidianidad (p. 22).

La virtud de los cronistas se manifiesta en la habilidad para mostrar a los personajes con características de corte melodramático, cuyo resultado son argumentos que soportan implicaciones pasionales de sus comportamientos. Las descripciones suceden en intervalos espacio-temporales que ofrecen al lector un mar de sensaciones sobre las historias de vida y lo conectan con frecuentes desafíos; por tanto, se convierten en una invitación para ver a los personajes del arrabal como víctimas de una organización desigual en el orden social, estimulando una percepción aguda y crítica a propósito de estos temas. En este sentido, Osorio Lizarazo insiste en resarcir la mirada social que se tiene sobre delincuentes y otros personajes del bajo mundo, evidenciando los componentes de una sociedad inequitativa; tal como lo expresa en una de sus crónicas, les da voz a “aquellos personajes que han sido degradados por la sociedad” (Vergara, 2014, p. 132).

Osorio Lizarazo se interesa por resaltar estas realidades desde una mirada crítica, a través de su obra periodística, que muestra “la cara de la miseria” de la ciudad. Según lo expone Vergara, el cronista expresa su inconformidad con la pobreza que entrañan estos contextos de arrabal, al tiempo que acerca al lector a la comprensión de esos mundos desde una perspectiva humana, alejándolos del habitual condicionamiento de enjuiciar a los personajes del arrabal como extraños e infames, distancia creada por muros invisibles y brechas sociales impuestas por factores externos.

En definitiva, dichas narraciones coinciden en presentarle al lector una serie de imágenes que evocan un mundo emotivo, con una tipología de carácter definida a partir de los dramas personales de sus protagonistas. La atmósfera se define de manera coherente a través de cada detalle expresado por los cronistas; al conjugarse dichos elementos, se recrean cuadros orgánicos de la realidad que incitan a la actividad creadora.

Se trata de una investigación vigente, puesto que, aunque las crónicas referenciadas sucedieron en los bajos fondos bogotanos entre los años 1924-1946, el tema del crecimiento de las ciudades, desde el asentamiento de sus pobladores en la periferia, por causa del desplazamiento y el conflicto, enmarañan problemáticas que van de la mano con la pobreza y la desesperanza.

Historia del arrabal puede despertar el interés del lector al adentrarse en las crónicas de Osorio Lizarazo y Ximénez, puesto que ellas muestran la atmósfera del barrio, sin escatimar en representaciones de elementos simbólicos necesarios en la construcción semiótica de una obra artística. En este sentido, también invita a la tarea de buscar de primera mano folletines de los cronistas estudiados y a conectarse con el vaivén narrativo de los tangos referenciados. En fin, Historia del arrabal es una lectura que resulta inspiradora no solo para presentes y futuros cronistas sino para personas cercanas y sensibles a cualquier dimensión del arte y la literatura.

Notes

* Cómo citar esta reseña: Reales Rizo, M. (2018). Reseña del libro Historia del arrabal. Los bajos fondos bogotanos en los cronistas Ximénez y Osorio Lizarazo, 1924-1946, de A. Vergara Aguirre. Estudios de Literatura Colombiana 42, pp. 205-209. DOI: 10.17533/udea.elc.n42a13