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Juan José Hoyos. La pasión por el periodismo y por la literatura *

Juan José Hoyos. The Passion for Journalism and Literature

 

Juan José Hoyos es escritor, periodista y profesor jubilado de la Universidad de Antioquia, donde durante muchos años contribuyó con la formación de varias generaciones de periodistas. Una de sus cátedras más importantes fue el seminario de periodismo y literatura, que después quedaría sintetizado en su libro Escribiendo historias. El arte y el oficio de narrar en el periodismo (2004); durante sus últimos años como profesor de la Universidad creó el Club de Lectura John Reed, una especie de aula extramural donde pudo compartir con sus discípulos la pasión por el periodismo narrativo. Además de sus dos novelas, Tuyo es mi corazón (1984) y El cielo que perdimos (1990), en las que retrata la cotidianidad de una Medellín que pasó del ambiente apacible de los sesenta a la nueva urbe de los ritmos violentos que le imprimió el narcotráfico, también se destacan varios de sus libros con sus relatos periodísticos, entre los que sobresale El oro y la sangre (1994), con el que obtuvo el premio nacional de periodismo Germán Arciniegas, otorgado por la editorial Planeta. En su producción también se distingue La pasión de contar. El periodismo narrativo en Colombia, 1638-2000 (2009), que comprende un estudio y una selección de relatos periodísticos que abarca desde la época colonial hasta el año 2000. Precisamente por su larga trayectoria y por su interés casi obsesivo en el tema del periodismo narrativo, a propósito del protagonismo que ha recuperado la crónica en los últimos años, sostuvimos con él este diálogo.

Juan José, cuéntenos a qué proyecto de escritura está dedicado en la actualidad.

Desde que empecé en este oficio me he mantenido entre el periodismo y la literatura. En el periodismo casi siempre estoy escribiendo crónicas o pequeños artículos, y paralelamente siempre estoy trabajando en algún proyecto narrativo. En los últimos años he estado tratando de terminar una novela que empecé hace bastantes años ya. La novela es un género muy peculiar, y recuerdo mucho unas palabras de Borges cuando dijo que, aunque no había ejercido el periodismo habitualmente, él sentía que en este campo uno buscaba los temas, mientras que en la literatura los temas lo buscaban a uno. Desde que empecé en este oficio he estado haciendo periodismo para vivir y siempre estoy trabajando en algún proyecto de literatura, en este caso la novela. Y tengo también empezados otros dos libros, que ahí van encontrando el camino.

Según esto, ¿le resulta más sencillo escribir periodismo que literatura?

La literatura es una escritura de largo aliento. Cuando uno escribe literatura, sobre todo novela, es como una cometa que empieza a pedir y pedir pita, y tiene que entregársela toda, es una escritura sin tregua, en la que uno se tiene que entregar completamente; el periodismo uno lo puede hacer en trechos cortos: dos, tres días o una semana entregado a un tema, pero en literatura son semanas, meses, años… Pensando en esto entendí una frase de Raymond Carver, cuando le preguntaron por qué no escribía novelas dado que escribía cuentos tan buenos; él respondió, un poco en broma pero con mucha sabiduría, que se debía a que él cambiaba mucho de silla: que había tenido una vida muy agitada, trasladándose de un lugar a otro para sobrevivir, por lo que rara vez había podido estar sentado en una misma silla mucho tiempo, y para escribir una novela era necesario tener una silla fija y estarse quieto un buen tiempo.

Hace como unos veinte años estamos esperando su novela relacionada con el tango en Medellín. Nos preocupa que pueda pasar lo mismo que ocurrió con “La cordillera” de Rulfo, tan anunciada y que al fin no apareció. ¿Cómo va ese proyecto?

El libro lo he reescrito como tres o cuatro veces: en el momento menos pensado se viene. En este momento estoy recortándolo, pensando siempre en que a veces uno corrige tanto que termina mutilando las cosas. Estoy tratando de que ese animal salga bonito, pero que quede vivo. Yo no quiero abortar ese libro. Preferiría no publicarlo.

Volviendo a sus comienzos, ¿el periodismo lo llevó a la literatura?

No, en mi caso fue al contrario: la literatura me llevó al periodismo. Crecí amando a la literatura, me formé como lector con la literatura, y dado que no vengo de una familia rica y nosotros teníamos que trabajar para sobrevivir, cuando fui a elegir una carrera, pensé en un oficio que me permitiera sobrevivir, pero que no me alejara mucho de los libros, porque tampoco quería ser profesor de literatura. Por eso decidí estudiar periodismo, que no me alejaba tanto de la vida, con la que está muy ligada la literatura. Y creo que no me equivoqué: porque aunque en Colombia es tan complicado su ejercicio, me siento feliz de haber elegido este oficio que me ha permitido conocer a mi gente, a mi ciudad y a mi país. Si tuviera la oportunidad de volver a elegir un oficio, volvería a elegir el periodismo.

¿Comparte con Albert Camus la idea de que el periodismo es el oficio más bello del mundo?

Sí. Incluso mi libro más reciente, El eco de las cosas (2018), lo abro con un texto titulado “El oficio más bello del mundo”, el cual escribí al recibir el premio Simón Bolívar a la vida y obra de un periodista, que me fue otorgado en 2017. Lo más importante del periodismo es que uno está junto a la gente y que uno se convierte en la voz de aquellos que no tienen voz. Es lo que lo hace bello.

¿Es útil el periodismo para la literatura?

Yo creo que sí, pero hay que hacer ciertas precisiones: es útil en la medida que te acerca a la vida y te amplía el panorama, pero no en el sentido en que tiene muchos espejismos, y si lo asumes como un oficio para acercarte al poder, si te hace perder tu condición esencial de ser humano comprometido con el destino de la gente, si te pervierte, se vuelve dañino. Yo creo que la relación fundamental del arte es con la verdad, y la del periodismo también: Hegel tenía razón cuando decía que la belleza es la verdad y que la búsqueda fundamental del arte es la verdad. En este sentido, la búsqueda de la verdad es muy bella en el periodismo, pero en la medida en que se abandone esa búsqueda, el periodista se pervierte, y es cuando ve abocado a los espejismos. Incluso, como dice Hemingway, es una profesión dañina si uno no se sabe retirar a tiempo. Él dice que hay tres profesiones muy bellas de las que es necesario retirarse a tiempo: el periodismo, el boxeo y la prostitución. El periodismo puede llevar a un escritor a la prostitución, sin darse cuenta.

¿Tiene algún autor emblemático en periodismo y en literatura?

Ha sido algo muy paradójico en mi vida: después de formarme como lector, elegí el periodismo, pero no sabía lo cercanos que habían estado el periodismo y la literatura a lo largo de la historia. A medida que ha pasado el tiempo, he encontrado modelos y más modelos de esa relación. Por ejemplo, un escritor que me asombró por esa relación fue Antón Chéjov. Uno de los libros más influyentes en su vida fue La isla de Sajalín, un gran relato periodístico sobre un viaje a esa isla prisión de la época zarista. Entre otras cosas, ese libro fue el que lo transformó a él, que hasta ese momento había publicado algunos cuentos sin ese aliento profundo que iba a tener después su obra. Sin ese libro, sin esa experiencia que lo marcó tan hondamente, tal vez no hubiera existido el Chéjov que conocemos hoy. Hay otro ejemplo muy conocido y es el de Hemingway, al que yo había leído desde muy joven; por ejemplo Por quién doblan las campanas, una de las primeras obras suyas que leí, me impresionó mucho, sin imaginarme que era una novela alimentada por las vivencias del escritor como corresponsal de la Guerra Civil española. Hay otro escritor que admiro mucho, Isaac Babel; leí primero sus cuentos y me gustaron mucho; luego encontré su libro Caballería roja, que es una especie de diario, y ahí descubrí que también había sido corresponsal de varios periódicos revolucionarios y soldado en las filas del ejército rojo. Otro autor que amo profundamente es Juan Carlos Onetti; tampoco sabía que había sido reportero, que trabajó para la agencia France Press y para varios periódicos de Uruguay y Buenos Aires. Y cuando todavía en bachillerato leí Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, tampoco sabía que había sido periodista. Con otro autor, José Martí, al que conocía como precursor de la independencia cubana y por sus poemas, la vida me dio un vuelco cuando descubrí sus crónicas, casi todas publicadas en periódicos norteamericanos; se trata de un cronista con una gran prosa para su época. Así pues, son muchísimos los grandes escritores que han trasegado también por el periodismo, y en el caso de América Latina, la historia de la literatura está tan ligada al periodismo que la figura del hombre de letras de esa época solo se logra consolidar por medio de este, que es un hito de nuestra literatura; por ejemplo José Martí, Roberto Arlt, Manuel Gutiérrez Nájera, Rubén Darío… Hubo una gran generación de escritores fundacionales de la literatura latinoamericana, y casi todos ellos vivieron del periodismo y se formaron en el periodismo. También podemos mencionar casos similares de otras latitudes, como Balzac, Charles Dickens y Daniel Defoe. En fin, los estudios demuestran que el desarrollo de la novela moderna, sobre todo de la novela realista, está muy ligado al periodismo narrativo. En resumen, no es que el periodismo sea verdadero y la literatura sea falsa, sino que los dos sostienen una relación distinta con la verdad: la literatura está más regida por la búsqueda de esa verdad profunda del ser humano, por el ahondamiento en la experiencia, mientras que en el periodismo esa verdad está más ligada a los hechos y los datos concretos. Los dos son verdaderos, pero el periodismo quizá tiene una relación más utilitaria con la verdad, mientras que la literatura es el fin en sí misma. Un lugar muy común es la idea de que el periodismo está ligado a la realidad y la literatura no, pero eso es mentira. Lo que pasa es que la literatura está ligada a la realidad de una manera distinta. La literatura puede hacer una recreación más verdadera de la realidad que la que construye el periodismo.

En síntesis, ¿cuál considera que es la clave para ser un buen periodista?

Yo diría que es algo muy parecido a lo que se necesita para ser un buen escritor: ser fiel a sí mismo, buscar la verdad, ir a la realidad con todos los sentidos abiertos, y la mente y el corazón también abiertos frente a esa realidad… Y tratar de recrear esa realidad con el mejor idioma posible.

Usted ha sido periodista y formador de periodistas. Esa experiencia como docente la ha sintetizado en Escribiendo historias. El arte y el oficio de narrar en el periodismo . A partir de toda su trayectoria como docente y periodista, ¿cómo ve el periodismo que se está haciendo hoy en Colombia?

Yo creo que es un periodismo en el que se ven dos tendencias. Por un lado, veo con mucha preocupación que los periodistas nos estamos convirtiendo en siervos de la velocidad, y uno de los enemigos del buen periodismo, sobre todo del periodismo narrativo, es la velocidad. Por otro lado, veo una cosa muy bella y es que hay una nueva generación de periodistas, junto a algunos de la escuela antigua del periodismo narrativo, que están haciendo un periodismo de alto nivel, muy bien investigado y muy bien escrito. En eso ha contribuido el que muchos periodistas de la anterior generación buscaran en el libro una forma de expresión. Yo creo que la historia contemporánea de Colombia se ha enriquecido mucho con los libros de nuestros periodistas que se han dedicado a contar la realidad de una manera mucho más profunda de lo que se hace en los periódicos, las revistas y los noticieros.

¿Resaltaría a algunos de esos periodistas que están contribuyendo con ese buen periodismo de hoy?

Aunque las listas son siempre incompletas, yo resaltaría a Germán Castro Caycedo, que es uno de los pioneros, sobre todo con sus primeros libros, pero tampoco es el único. Incluso hay gente que si bien no se formó en el periodismo, ha echado mano de sus herramientas para acercarse a los lectores, como en el caso de Alfredo Molano, que viene de la sociología y en parte también de la antropología, y escribe libros muy importantes sobre nuestra realidad. O Javier Darío Restrepo y Antonio Caballero con sus columnas y también en algunos libros con sus crónicas y sus ensayos. Silvia Galvis en algún momento también hizo libros muy bellos. Arturo Alape, por ejemplo, viniendo desde la literatura, escribe un libro magnífico que tiene valor literario, histórico y periodístico: El Bogotazo. Memorias del olvido. En la reconstrucción de ciertos momentos de nuestra historia, como la toma del Palacio de Justicia por parte del M19 y todo lo que ocurrió después, me parece muy importante el libro de Olga Behar: Noches de humo. El libro de Alberto Salcedo Ramos sobre los juglares vallenatos. El trabajo de Patricia Nieto sobre la violencia, o el de María Teresa Ronderos, Guerras recicladas. En fin, en una lista siempre quedan muchos por fuera, pero en general son libros que, aunque muchos de ellos no sean bestsellers, han hecho contribuciones importantes en la historia colombiana contemporánea. Entonces, a la vez que se ha empobrecido mucho el periodismo, por la velocidad y la falta de investigación, por otro lado se ha enriquecido mucho por una generación de periodistas que han estado haciendo trabajo en revistas, de modo independiente y sobre todo publicando libros.

Usted también tiene una larga trayectoria como investigador de la prensa en Colombia, y fruto de ello es su libro La pasión de contar , que es una selección de relatos periodísticos desde los tiempos coloniales hasta el año 2000, aproximadamente. ¿Cuáles son los primeros hallazgos que nos quedan de toda esa investigación?

Lo primero es que eso que llaman nuevo periodismo realmente no es nuevo, pues el periodismo narrativo existe en el mundo desde hace mucho tiempo; sucede que hay épocas en las que se pone de moda y en otros periodos lo echan a la trastienda, pero en verdad es una forma de narrar de mucha tradición, y está muy ligado al desarrollo de nuestra literatura, por eso la forma de contar de la literatura realista es muy cercana a los cronistas coloniales, que luego se fue fortaleciendo con los cronistas de Independencia en el siglo xix. Se puede ver, por ejemplo, que la fundación de nuestra literatura se da con las crónicas: las dos grandes obras literarias colombianas antes del siglo xx son crónicas: El carnero, de Juan Rodríguez Freyle, y Reminiscencias de Santafé y Bogotá, de José María Cordovez Moure. Este último fue publicado en periódico; el primero no, porque en esa época apenas estaba llegando la imprenta. Por otro lado, encontré que mucha parte de nuestra historia está contada al calor de los sucesos de la época, y narrada de una manera bella; como decía Álvaro Cepeda Samudio, otro gran escritor y periodista de Colombia, el periodismo narrativo es literatura de urgencia: es decir, escrito al calor de los acontecimientos, pero es literatura. También encontré que la historia de nuestra literatura es inseparable de la historia de nuestro periodismo narrativo. Todos los grandes autores de la literatura aparecen en esa lista de los cronistas: Juan Rodríguez Freyle, Cordovez Moure, José Manuel Restrepo, José María Samper, y poetas como José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob, escritores como Hernando Téllez, José Antonio Osorio Lizarazo, José Eustasio Rivera, Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio… Todos están íntimamente ligados a esa historia. Y entendí que lo que ocurrió en latitudes muy lejanas a nuestro país también ocurrió aquí: los géneros literarios crecieron de una manera muy cercana a los formatos del periodismo narrativo, y muchos de nuestros escritores se formaron en ese oficio, que paralelamente fueron involucrando en sus vidas, e incluso el oficio del periodismo les permitió convertirse en escritores.

Usted ha insistido en que para el periodista es importante la formación como lector de literatura.

Sí, creo que esta es otra parte muy importante para la formación de un periodista, sobre todo de un periodista narrativo: la lectura. El que no es un buen lector es muy difícil que sea un buen escritor. La formación de un periodista en muchos aspectos se parece a la formación del escritor. Yo siempre leo, todos los días tengo que leer literatura.

¿Cómo ve el panorama de la literatura contemporánea en Colombia?

No soy un gran lector de literatura colombiana contemporánea. Yo crecí leyendo el boom latinoamericano, y en un momento dado de mi vida me di cuenta de que ese fenómeno tan importante para nosotros, que nos reveló a algunos de nuestros grandes escritores, también había dejado a otros muy grandes en la sombra, como Onetti, Borges, Leopoldo Marechal y Felisberto Hernández, por ejemplo. Gran parte de mi generación creció leyendo mucho por la moda que imponían las editoriales, el fenómeno editorial y propagandístico de ese llamado boom. Me di cuenta de que tenía grandes lagunas y empecé a leer hacia atrás con el fin de llenarlas. Me puse a leer a Onetti, a Marechal, a Roberto Arlt… Recuerdo que leía mucho las entrevistas a los grandes escritores del boom, como Vargas Llosa, Cortázar, que era tan pulcro y tan honesto. Recuerdo que siempre le ponía mucho cuidado cuando mencionaba con cuáles escritores se habían formado, y yo me iba a leer a esos escritores. Tenía una lista larga. Yo veía que García Márquez hablaba de un gran escritor de cuentos que no conocemos mucho, José Félix Fuenmayor, y me iba a leerlo. Teníamos otro gran escritor al que no le prestábamos mucha atención, aunque se había ganado el premio de novela Esso, Héctor Rojas Herazo, que tiene dos novelas fundamentales en la formación de García Márquez: Respirando el verano y En noviembre llega el arzobispo. Para llenar esas lagunas me puse a leer clásicos, y luego, cuando me salí de El Tiempo, hice un curso propio de “clásicos” de la novela: me puse a leer todos los novelistas importantes del siglo xix. Y me desconecté mucho de los autores contemporáneos. Ahí me di cuenta de algo muy importante: que hay autores vivos muy importantes, pero que hay que leer a los muertos primero, a esos de los que los vivos aprendieron: este es un consejo que les daba a mis estudiantes. De los contemporáneos hay dos autores que me gustan mucho: Luis Fayad y Andrés Caicedo.

A propósito de su recuento, en mis indagaciones llegué a la conclusión de que Cepeda Samudio también fue muy influyente en la formación de García Márquez.

Hablando de eso, tengo una crónica por escribir relacionada con Tita Manotas, la viuda de Cepeda: aunque ella ya casi no sale, fue a la presentación de mi libro La pasión de contar, en Barranquilla. Esa noche llegó allá a La Cueva y llevaba el libro bajo el brazo para que se lo firmara, porque, según ella, yo era uno de los pocos que había comprendido el valor que tiene Álvaro Cepeda Samudio para la literatura colombiana. Me pareció hermoso ese gesto. Y después me invitó a la casa, a la biblioteca de Cepeda. Y allá estaba el sillón en el que se echaba García Márquez a leer, y empezó a mostrarme los libros que ellos leían y cómo leían. Ahí me di cuenta de que hay dos tipos muy importantes en la formación de García Márquez. Uno de ellos fue Álvaro Cepeda Samudio, con los libros que traía de Estados Unidos y que le prestaba; ellos leyeron juntos a los griegos, sobre todo a Homero, a Sófocles; leyeron juntos a Faulkner; Cepeda fue un gran lector de la Biblia, tenía como diez o quince ediciones de la Biblia en inglés, y leía a Joyce en inglés: ahí estaba por ejemplo Finnegans Wake. El otro tipo que influyó mucho en García Márquez fue otro gran periodista, que incluso trabajó como secretario de Rafael Uribe Uribe: hablo de Clemente Manuel Zabala, el editor de García Márquez en El Universal, el hombre del lápiz rojo. Él le ayudó mucho, corrigiéndolo y corrigiéndolo. García Márquez alguna vez dijo que él era producto del lápiz rojo de Clemente Manuel Zabala. De El Universal salió convertido en un buen escritor, luego se terminó de pulir en El Heraldo y con el Grupo de Barranquilla, y después en El Espectador con José Salgar y el maestro Eduardo Zalamea.

Como ejercicio didáctico, le propongo que nos diga qué es periodismo literario.

Yo no diría periodismo literario. A esto le ponen muchos nombres: yo prefiero hablar de periodismo narrativo. Lo literario lo asociamos mucho con la tradición literaria en nuestro país, que ha sido demasiado retórica, sobre todo esas generaciones de los centenaristas y después los piedracielistas; aunque hay también grandes escritores, entre ellos hay demasiados retóricos, que piensan que escribir bien es adornarse. El buen periodismo narrativo es aquel que se cuenta como si fuera un cuento, pero donde todo lo que se narra realmente ocurrió.

Como lo que pretendía hacer Truman Capote con A sangre fría y Música para camaleones .

Sí, Truman Capote lo hizo en esas obras, pero ya lo había hecho antes con otros relatos menos conocidos; pero en Colombia también lo había hecho García Márquez; y lo había hecho José Eustasio Rivera con crónicas que publicó antes de La vorágine; y lo había hecho José Asunción Silva con pequeñas crónicas magistrales como “El paraguas del padre León”, y José María Cordovez Moure con sus historias cotidianas de Santafé de Bogotá. El periodismo narrativo es el que cuenta la pequeña novela diaria, como lo hizo Roberto Arlt.

Algunos periodistas ceden a la tentación de inventar cosas para adornar la historia. ¿Qué opina usted al respecto?

No. El buen periodismo narrativo no adorna la realidad ni se pone a forzarla para volverla artificialmente bella. El buen periodismo cuenta la verdad, y contando la verdad logra la belleza, y así es como se vuelve arte. Cuando el buen periodismo narrativo cuenta la verdad, y la cuenta bellamente pero sin faltar a la verdad, se vuelve literatura. Esa es la tesis que sostengo en La pasión de contar, y en Escribiendo historias.

Entre sus obras literarias, periodísticas y de investigación, ¿hay alguna que sea su preferida?

Es difícil decir eso. Uno quiere cada obra por ciertas cosas. Pero una obra que quiero mucho es El oro y la sangre, aunque en otra época no me sentía tan a gusto con esa historia, porque sentía que era demasiado brusca; pero después me di cuenta de que la realidad era así, y que así la conté. En El cielo que perdimos, yo hice lo mejor que pude para contar esa historia de mi generación de periodistas frente a la realidad del país, y frente al amor… En fin, una generación a la que no nos tocó fácil. También me siento muy contento con este libro. Y con la novela Tuyo es mi corazón me han pasado cosas curiosas. Esta semana, por ejemplo, me llegó una carta de una muchacha de diecinueve años de un colegio, en la que muestra que, aunque han pasado treinta años desde su publicación, ella se identifica con la historia como si fuera su propia vida. Dice que ella hubiera querido vivir en las páginas del libro y me muestra ángulos de la novela que yo había olvidado. Eso también me da alegría. Otros dicen que es un libro sensiblero… Yo digo que es un libro muy trágico.

Tuyo es mi corazón es el libro que más reconocimiento le dio en esa época. ¿Tuvo algún efecto la adaptación de la novela a la televisión?

El único efecto que tuvo es que mucha gente que no lee hablaba del libro. De resto no, en absoluto.

¿Cómo fue la experiencia para usted, que en esa época era un escritor tan joven, ver a algunas de las estrellas de la televisión colombiana interpretando a sus personajes?

Fue algo bonito. Lo más bonito fue notar que esa historia que yo pensaba que a nadie le interesaba, porque era una historia muy cercana a mi vida, a mi barrio, a mi ciudad, de pronto le interesaba a mucha otra gente, que le veía sentido. Me emocionó ver cómo el arte, al tratar una historia muy particular, puede volverla más universal. Esa es otra de las paradojas bonitas del arte. Esa es otra faceta del periodismo: una historia mal contada no dura más de un día, como lo demuestra la canción de Héctor Lavoe cuando dice que “Tu amor es un periódico de ayer”. Y una historia, aunque sea igual de breve, pero contada con toda su verdad y toda su belleza, se vuelve universal y sobrepasa la época y la geografía. De todos modos, al pensar en la adaptación a la televisión hay que tener en cuenta que la novela es una obra de arte, y la telenovela es un producto comercial.

Recuerdo que uno de los autores que más nos recalcaba a los estudiantes del seminario de periodismo y literatura era John Reed, del cual todavía recuerdo ese bello relato “Casi treinta”.

John Reed es otro caso muy paradójico, muy bello y muy cercano a mi vida. Yo empecé a leerlo cuando todavía estaba muy jovencito, cuando era estudiante de periodismo. Descubrí que era un gran escritor y un gran periodista. En él encontré esos dos oficios fundidos en la misma persona. Reed estudió en la Universidad de Harvard, en la escuela de humanidades; tomó cursos relacionados con la composición literaria, y recibió toda la formación humanística que da una gran universidad como aquella y como debería ofrecerla cualquier universidad en cualquier parte del mundo. John Reed empieza a trabajar, en medio de la bohemia neoyorquina y de la agitación social que se vivía en Estados Unidos en esa época, como hijo de una familia adinerada, pero hijo también de un hombre honesto, vinculado a la política, que tuvo que enfrentar la corrupción en Oregón, el estado natal de Reed. Gracias a un amigo de su padre fue a trabajar en algunas publicaciones radicales estadounidenses. Como corresponsal, primero fue a cubrir una gran huelga y después fue a cubrir la Revolución mexicana. Para mí fue como un regalo de la vida encontrar dos grandes libros de él: Diez días que estremecieron al mundo, de gran calidad literaria y de un gran rigor histórico, con el que me di cuenta de que ese gran periodismo de Reed era mucho más que periodismo, y esto lo comprobé después al leer su otro libro, México insurgente; frente a este quedé mudo al ver la manera como él representaba la realidad de un país tan parecido al nuestro, y la manera como buscaba entender un fenómeno tan complejo como el de la revolución, todo ello a partir de sus relatos. Así, con el caso de John Reed queda bien ilustrado cómo un buen periodista es también un escritor. En obras como las de Reed se funden el periodismo y la literatura.

Para finalizar, quisiera preguntarle cómo ve el protagonismo que ha ganado el periodismo narrativo en los últimos años, con la amplia difusión de algunas obras de periodismo literario, incluyendo un premio Nobel de literatura para la periodista Svetlana Aleksiévich…

El periodismo narrativo ha ganado tanta fuerza que son muchos los periodistas cuyas obras se leen hoy como si fueran literatura. De hecho, son literatura sin ficción. Pienso, por ejemplo, en el periodista polaco Ryszard Kapuscinki y en sus libros Viajes con Heródoto o Lapidarium. También pienso en escritores como el argentino Rodolfo Walsh, el estadounidense Gay Talese o el británico Bruce Chatwin. De la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich solo he leído su primer libro, La guerra no tiene rostro de mujer. Me impresionó tanto que casi no logro leerlo hasta el final. Por momentos me parecía estar leyendo pasajes de una novela de León Tolstoi, con la diferencia de que en este libro todas las historias eran contadas por mujeres que estuvieron en la guerra, la mayoría de ellas como combatientes voluntarias, y todo lo que contaban había sucedido así, como ellas lo decían: los lugares, las fechas y los nombres de las personas eran reales… Lo mismo las batallas y las tragedias familiares. Me cuentan mis amigos que han leído todos sus libros que ella se formó en Bielorrusia ―en Rusia, las escuelas de periodismo están donde deben estar: junto a las escuelas de letras― con un maestro que proponía nuevos formatos narrativos en la novela, como la llamada “novela oratorio” o “novela coral”, una especie de coro trágico en el que la historia está contada por muchas voces… Aleksiévich ha usado esos formatos en sus libros… por eso están escritos con la fuerza avasalladora del testimonio ―puro periodismo― y la hondura y la belleza de la literatura.

Notes

* Cómo citar esta entrevista: Vergara Aguirre, A. (2018). Juan José Hoyos. La pasión por el periodismo y por la literatura. Estudios de Literatura Colombiana 43, pp. 187-198. DOI: 10.17533/udea.elc.n43a11