Donde nadie me espere. Piedad Bonnett1 Alfaguara, Bogotá, 2018, 205 p.

 

Leí la más reciente obra de Piedad Bonnett, una novela que estuvo cinco años en el taller de la escritora y que a finales del año pasado salió para el deleite de los lectores que hemos seguido atentamente su trabajo de corte novelesco. Seguida de Lo que no tiene nombre (2013), la nueva obra es una continuación directa de los temas que la autora presenta en aquella novela. Si bien las obras no son secuelas en sentido estricto, los contenidos temáticos dan pie a encontrar una secuencia entre ambas novelas y presentan al lector un trabajo sobre el duelo y la soledad que se encuentran en los espacios cotidianos en los que convivimos.

Cabe agregar que no es el primer escrito publicado por Bonnett después de Lo que no tiene nombre, pues su Poesía reunida (2015) y Los habitantes (2017) se encuentran en el historial de esta nueva etapa escritural tras lo desgarrador y personal que quedó plasmado en su escrito del 2013. Con todo, Donde nadie me espere (2018) exhibe al lector los temas inconclusos de su novela pasada desde una nueva mirada y contemplación. El trabajo ficcional dota a este texto de un sentido especial que le permite narrar los conflictos de su protagonista, Gabriel, desde una humanidad de la cual todos somos partícipes cuando leemos las páginas de Bonnett.

La obra se destaca, además, por su capacidad de generar empatía al momento de ser leída. Si bien Lo que no tiene nombre es igualmente hábil en su potencia respecto a las emociones que puede causar en el lector, se ve corta debido a lo íntimamente personal del trabajo de la autora. La diferencia entre ambas novelas se destaca en la forma de narrar de cada una, siendo, en el primer caso, la mirada de la propia Bonnett la que nos presenta los distintos momentos que se atraviesan en el escrito, mientras que en Donde nadie me espere conocemos la profundidad de los personajes, su fragilidad, su vulnerabilidad y las crisis que los atraviesan, desde la distancia de la ficción, puesto que es el protagonista quien narra al lector todo lo sucedido.

Es meritorio traer a colación algunos elementos que se encuentran dentro de la novela. Inicialmente, el lector puede hallar en sus páginas un trabajo, como ya lo mencioné antes, sobre la soledad, pero cabe ahondar más en este apartado. Dicho fenómeno se presenta desde la propia desesperanza de Gabriel hacia el mundo en el que, no teniendo más opción, ha decidido vivir. Víctima de sus propias decisiones, la figura principal de la obra es un profesional en filosofía que, luchando contra la fatalidad de ser normal (conseguir un trabajo, tener pareja, casarse, tener hijos, etc.), renuncia a la comodidad obtenida en cierto punto de su vida para lanzarse al devenir mismo de la existencia; sin embargo, lo que le espera más allá de la seguridad de la academia y de los hábitos cotidianos es un lugar hostil donde nadie que no hubiese nacido allí es bienvenido.

Además, la historia presenta al lector los constantes recuerdos que acechan a Gabriel, todos de la mano de decisiones tomadas por él mismo y con las cuales debe aprender a vivir, pero que siempre están presentes en la mente del protagonista a modo de tortura por no haber actuado de forma diferente. Todo esto lleva a pensar que la disputa con la cual debe lidiar el protagonista no se encuentra en el exterior, por más que las experiencias que vive fuera de su cabeza lo marquen poco a poco. Gabriel va narrando al lector su travesía por múltiples situaciones críticas hasta el punto donde se encuentra al momento de empezar a escribir sus memorias, un escenario que permite deducir que al final la relación entre la experiencia y el recuerdo solamente se ve enriquecida cuando se da una complementación entre ambas.

Las experiencias vividas solo toman importancia y sentido para el protagonista hasta que son puestas a modo de recuerdo en las memorias que él mismo escribe, a través de las cuales el lector va descubriendo la historia de Gabriel, y en la medida en que se debe afrontar un duelo con las decisiones que ya se han tomado. La soledad autoimpuesta que enfrenta el protagonista es resultado de su propia incapacidad de recordar no como mero acto biológico, sino como un trabajo del espíritu humano que busca reconciliarse consigo mismo y con el mundo.

La obra de Bonnett tiene la capacidad de exponer al lector un mundo cotidiano plagado de humanidad y fragilidad. Sus personajes son seres que luchan constantemente con su propia debilidad, la cual nace desde el pasado y se extiende hasta el presente, para poder sentirse bienvenidos de alguna forma en el mundo. Decidir se vuelve una fatalidad cuando los conflictos pasados están siempre presentes debido a su falta de confrontación, y es por medio del arduo y constante esfuerzo por autoconocerse que debe de emprenderse dicho proceso interno.

Sin embargo, si algo deja la obra es un análisis de la importancia de los otros en el proceso introspectivo. Rompiendo el solipsismo cartesiano, la novela incita al lector a cuestionarse por la forma en la que se entiende a sí mismo en relación con los otros o, lo que es lo mismo, la manera en la que los otros atraviesan mi proceso de autoconocimiento para hacer parte de mí del mismo modo en que yo formo parte de ellos. El sufrimiento constante del protagonista debido a su incapacidad de relacionarse con los demás de modo significativo afecta directamente la asimilación de su propio pasado.

Al final, el trabajo de Bonnett pone al lector en una posición en la cual debe afrontar una realidad olvidada en tiempos de relaciones humanas líquidas y de capitalismo tardío; los otros forman parte de mí tanto como yo de ellos; por consiguiente, el trabajo de permitir a otros entrar en mi vulnerabilidad es igual de vital como el de complementar yo mismo la vida de los demás. Tras el doloroso proceso del recuerdo en soledad, el trabajo solipsista del protagonista deriva en el reconocimiento de una verdad que siempre estuvo presente en sus recuerdos, y que solo tras entender esta comprende tanto el valor como la responsabilidad que conllevan las decisiones tomadas y los sucesos ocurridos en su vida.

La obra es un trabajo que propone una reflexión sobre el duelo y la soledad, además de la forma en la cual estos dos conceptos pueden sobrellevarse cuando se atraviesan con la compañía de otros seres humanos con los que uno se interrelaciona. Un trabajo que por medio de la literatura interpela al lector con un análisis de los procesos humanos cotidianos, recordar y experimentar, frente a una realidad que para cada sujeto se presenta de forma distinta. Es un ejercicio de contemplación de ese mundo que tiene la capacidad de absorber en su totalidad a los seres humanos, quienes en su propia fragilidad encuentran conveniente la soledad y el enclaustramiento contra la complementariedad del habitar con otros.

Donde nadie me espere es una novela que le propone al lector una delicada contemplación y experimentación de las fisuras de la vida humana. A partir de la literatura, se plantea una reflexión en torno a los problemas invisibles presentes en la vida diaria de los habitantes de las ciudades, y que repercuten en los conflictos emocionales y personales que se encierran en los recuerdos olvidados.

[1] Cómo citar esta reseña: Almeyda Sarmiento, J. D. (2020). Reseña del libro Donde nadie me espere de Piedad Bonnett. Estudios de Literatura Colombiana 46, pp. 273-276. DOI: doi.org/10.17533/udea.elc.n46a17

[2]Cómo citar esta reseña: Almeyda Sarmiento, J. D. (2020). Reseña del libro Donde nadie me espere de Piedad Bonnett. Estudios de Literatura Colombiana 46, pp. 273-276. DOI: doi.org/10.17533/udea.elc.n46a17