La forma de las cosas. Rafael Reyes-Ruiz*..Sevilla, Ediciones Alfar, 2016, 224 p.

 

Hay una nueva voz en la literatura colombiana para tener en cuenta. Se trata de Rafael Reyes-Ruiz, un antropólogo colombo-americano, especialista en Japón, que acaba de publicar su primera trilogía: El cruce de Roppongi, en español y en inglés. Esta trilogía no es solo una serie de libros conectados por un tema: el encuentro de latinoamericanos en Japón, sino que se convierte en un compendio complejo de reflexiones sobre la identidad, la globalización y la memoria histórica y universal. La segunda novela de la trilogía, La forma de las cosas (Ediciones Alfar) fue publicada un año después de su primera novela Las ruinas (Alfar, 2015), de la cual salió este año su segunda edición en inglés. El samurái completó la trilogía en 2018 publicada por la editorial La pereza.

Desde el primer párrafo de la novela, nos vemos confrontados por los conceptos de transitoriedad y búsqueda que continuarán a lo largo de toda la historia. Nos encontramos en este párrafo con el personaje principal, Javier Pinto, un joven de unos 25 años en una casa de huéspedes acabado de llegar a Tailandia con planes de estar allí por seis meses para iniciar su carrera de escritor y dejar atrás la de traductor. Javier se dispone a dar un paseo por la ciudad, lo que repetirá varias veces en la historia, como metáfora del recorrido existencial que hará el personaje a través del libro. En dichos paseos, empezarán a aparecer los personajes que van a tejer la trama de la novela: un enigmático empresario japonés, una mujer alemana de origen iraní, y otra colección de personajes de diferentes partes del mundo que convergen en un momento dado en Bangkok.

La novela es a su vez una minuciosa cartografía de las ciudades, Bangkok en la primera parte de la historia, Tokio en la segunda. Javier va recorriendo los lugares, generalmente a pie, mientras el autor los describe al detalle. Las calles, las esquinas y los bares se convierten en el mapa de los encuentros entre los personajes de la novela y en testigos, a su vez, de encuentros históricos. Igual que en su primera novela, Las ruinas, y haciendo un guiño al escritor italiano Antonio Tabucchi, los lugares descritos han sido recorridos también por el autor y van dejando huella en la Historia y en la vida de los personajes. El trasegar por esos lugares físicos, trazando el mapa de la ciudad, va paralelo a un viaje de autodescubrimiento del protagonista y a un recorrido a través de encuentros entre distintas culturas en diferentes momentos históricos.

La historia se va armando lentamente a través de pistas, algunas de ellas falsas, que vamos descubriendo con el protagonista. Javier pasa de ser un muchacho ingenuo, aunque intuitivo, a un observador maduro, que descubre al final lo que antes no había podido/querido ver. Al agudizar los sentidos, el protagonista descubre, a la par de los lectores, las marañas de las mafias internacionales y la trata de mujeres, entre otros asuntos, solo esbozados desde el comienzo de la historia. La novela está llena de fragmentos/piezas de un rompecabezas, formas que engañan, que van cambiando, hasta mostrar una realidad diferente, la totalidad. Como se sugiere al protagonista en el cuento “La forma de las cosas”, dentro de la novela misma: “…allí estaba todo, y que, si aún no entendía que tuviera paciencia que todo lo entendería con el tiempo” (p. 138).

Todo se desdobla en la novela, lo que comienza como un desdoblamiento binario: lo antiguo y lo moderno, la ficción y la realidad, la verdad y la mentira, el bilingüismo, las dobles nacionalidades, se convierten a través de la historia en una fragmentación cada vez más compleja. El libro es un caleidoscopio de diferentes piezas que conforman una realidad, o diferentes realidades, según se muevan las piezas. La misma vida del protagonista se mezcla con la novela que está escribiendo. Es imposible vislumbrar la línea entre la realidad y la ficción en sus diarios. Y en un desdoblamiento más, un cuento, con el mismo título de la novela, aparece en la segunda parte de la historia.

Todo aquello está mediado por el lenguaje, que se convierte en un eje temático más de la novela. Desde el comienzo nos encontramos con personajes que no se pueden comunicar bien, que se traducen, se corrigen, se aman o se pelean en lenguas extrañas para todos, como una profunda reflexión sobre la comunicación. Por otro lado, está latente la pregunta de la lengua como parte de la identidad. Javier Pinto deja de escribir en inglés en la segunda parte de la novela y empieza a escribir en español como consecuencia de su evolución existencial. Y finalmente, en todo el texto existe un cuestionamiento sobre la traducción. ¿Es esta solo copia de otra lengua o implica una creación?

La formación de Reyes-Ruiz como antropólogo y escritor, pero sobre todo como un observador agudo y compasivo de los emigrantes transnacionales, se refleja en la novela. Sus obras son el punto de encuentros y desencuentros de personajes perdidos entre múltiples lenguas y nacionalidades que buscan sentido a su vida en un mundo cada vez más complejo. No es esta una realidad nueva, como el autor lo hace notar con referencias históricas a encuentros entre diferentes países y culturas a través de los siglos, pero cobra una nueva perspectiva en el mundo de hoy: hiperconectado por las comunicaciones y las redes sociales. Sus personajes están expuestos a una nueva realidad, perplejos ante las posibilidades de un mundo entero a su disposición, buscando asideros en la historia y en la literatura. Javier Pinto se aferra a la escritura para dar forma a esa desazón existencial, para calmar en algo el nuevo/eterno horror vacui.

[1] mo citar esta reseña: Mejía Trujillo, C. (2020). Reseña del libro La forma de las cosas de Rafael Reyes-Ruiz. Estudios de Literatura Colombiana 47, pp. 237-239. DOI: doi.org/10.17533/udea.elc.n47a13