ARTÍCULOS

Doi: 10.17533/udea.ef.n52a09

 

Una introducción a la recepción y adaptación de la estética romántica en el Ecuador decimonónico: la influencia de Herder y la estética romántica de lo sublime en la literatura y la pintura de paisaje*

 

An introduction to the reception and adaptation of the romantic aesthetic in the nineteenth-century Ecuador: the influence of Herder and the romantic aesthetic of the sublime in the literature and landscape painting

 

 

Xavier Puig Peñalosa

Facultad de Filosofía y CC.EE Universidad del País Vasco País Vasco, España E-mail: xavier.puig@ehu.eus

 

Fecha de recepción: 6 de noviembre de 2014
Fecha de aprobación: 4 de mayo de 2015

 


Resumen

Las nuevas propuestas románticas aportadas sobre todo por los numerosos viajeros (científicos, exploradores, artistas, técnicos, hombres de negocios, etc.) que arribaron al Ecuador –principalmente a partir del primer tercio del siglo XIX– mediante textos (teóricos y/o literarios posteriormente algunos traducidos al español), láminas, fotografías, etc., supusieron un paulatino cambio en el gusto estético-artístico neoclásico vigente. Al tiempo, hubo una adaptación sincrética entre aquellos postulados y las propias idiosincrasias locales (cos- tumbres, creencias, tradiciones, formas vida, etc.) que hallará su mayor concreción en las ideas de Herder y su, en parte, ulterior aplicación al tema de la naturaleza y, más particularmente, en la representación plástica y literaria del paisaje autóctono desde las categorías estéticas de lo sublime romántico. Así mismo, dichas formas de representación servirán simbólicamente para afirmar y construir el proyecto unitario de nación (ecuatoriana). Por ello y desde esa óptica, se abordará, en este ensayo, su repercusión en los campos de la pintura y la literatura.

Palabras clave: Herder; Estética Romántica; Paisaje; Literatura; Ecuador; siglo XIX


Abstract New romantic proposals made above all by numerous travelers (scientists, explorers, artists, technicians, businessmen, etc.) who arrived to Ecuador - mainly from the first third of the 19th century - through text (theoretical or literary subsequently some translated to the Spanish), films, photographs, etc., accounted for a gradual change in the existing neoclassical esthetic-artistic taste. At the time, there was a syncretic adaptation among those postulates and the local idiosyncrasies (customs, beliefs, traditions, forms life, etc.) that found its greatest specificity in the ideas of Herder and in part, its implementation of the themes of nature and, more particularly, in the plastic and literary representation of the romantic native landscape from the aesthetic cat- egories of the sublime. Likewise, these forms of representation would symbolically affirm and build the unitary project of nation (in Ecuador). Therefore, and from that standpoint, its impact mainly in the fields of painting and literature will be addressed in this essay.

Keywords: Herder; Romantic aesthetics; landscape; Literature; Ecuador; 19th century


 

 

Los rígidos cánones y normativas que el neoclasicismo estético –de raíz ilustrada– había impuesto en la creación artística (predominio de la razón/idea/ verdad sobre las meras apariencias, jerarquización de los géneros, observancia de las reglas, estimación de la ''claridad'' y la ''simplicidad'' como expresión del ''buen gusto'', etc.) como alternativa a los excesos barrocos, serán fuertemente cuestionados a mediados del siglo XIX por las nuevas propuestas románticas. Éstas, aportadas sobre todo por los numerosos viajeros (científicos, exploradores, artistas, técnicos, hombres de negocios, etc.) que arribaron al Ecuador –principalmente a partir del primer tercio de dicho siglo– mediante textos (teóricos y/o literarios posteriormente algunos traducidos al español), láminas, fotografías, etc., supusieron un paulatino cambio en el gusto estético-artístico neoclásico vigente, en favor del romántico.1

Y a este respecto, conviene aclarar varias cuestiones. En primer lugar, la recepción en el Ecuador del Romanticismo fue bastante tardía, pues este movimiento ya estaba periclitando en Europa (se comenzaba a imponer con fuerza el impresionismo y, un poco más tarde, el realismo y/o naturalismo), cuando arribó al país. En segundo lugar y muy fundamentalmente, el Romanticismo halló su mayor implantación en la literatura, ya que en el propio terreno del pensamiento y/o de las ideas, la escolástica seguía muy vigente y ello condicionó y determinó sobremanera los propios conceptos originales del movimiento; no obstante y como enseguida se verá:

El movimiento romántico en el Ecuador puso al descubierto sus implicaciones no sólo literarias sino también políticas, al establecer contacto con problemáticas de corte nacionalista que entendieron al pueblo como un organismo vivo, animado por una especie de espíritu peculiar, que se expresaba a través del idioma, las costumbres, la religión, el derecho, las instituciones y la literatura de un pueblo (Paladines, 1990: 146).

Al tiempo, otros aspectos del neoclasicismo siguieron vigentes y se hibridaron con los del romanticismo. Y en tercer lugar, hubo una adaptación sincrética entre aquellos postulados y las propias idiosincrasias locales (costumbres, creencias, tradiciones, formas vida, etc.), resultando de ello una muy peculiar forma ''romántica'' como enseguida se comentará. Además, cabe añadir que en esta recepción,2 se solapan tanto algunas ideas correspondientes al primer romanticismo como a las del segundo, así como a las marcadas diferencias según países (Inglaterra, Alemania, Francia, Italia y España) aunque, cabría matizar, que muy principalmente se conoce en Latinoamérica y el Ecuador al romanticismo europeo –sobre todo el literario– mediante el pensamiento y traducción francesa, bien por la llegada de numerosas publicaciones, bien por los viajes que realizaron a Francia diversos intelectuales y/o artistas de la época.

Si líneas arriba apuntaba el peculiar sincretismo de la recepción romántica en el Ecuador, ésta hallará en sus diversas facetas (pensamiento, pintura y literatura) su mayor concreción en las ideas de Herder y su, en parte, ulterior aplicación al tema de la naturaleza y, más particularmente, en la representación plástica y literaria del paisaje autóctono desde las categorías estéticas de lo sublime romántico.

Efectivamente y siguiendo los postulados más historicistas del alemán J. G. Herder,3 a saber, la determinación del espíritu de los pueblos (Volksgeist) como verdadero forjador de la(s) Historia(s), se valorará a la naturaleza autóctona, a su extrema variedad y riqueza (climatológica, geológica, botánica, zoológica, etc.) como una recuperación de lo propio y, por tanto, de afirmación de lo nacional. Y en el mismo sentido, también se valorará la variedad de usos y costumbres, tradiciones, lenguajes, razas, etc. como parte forjadora de la (propia) historia y, por tanto y así mismo, de la fundamentación –diacrónica y sincrónica– y reconocimiento del hecho nacional. En consecuencia:

''No pertenecemos a la Nación por un acto político de libre elección, sino siempre por algunas de esas determinaciones históricas [climatología, lenguajes, usos y costumbres, etc.]; no ingresamos a ella, sino que la integramos y, además (...), no como individuos singulares, sino como seres sociales, como miembros de una estructura mediadora que es la sociedad civil. La Nación es una configuración orgánica emergente de la sociedad, pero más amplia y compleja que ésta, porque reúne otros valores y principios (Agoglia, 1988: 45).

Y ello, qué duda cabe, entronca y refuerza, tanto la conciencia como la perspectiva constructiva del estado nacional garciano.

Así, la vivencia y el sentimiento estético de la naturaleza y dada su intrínseca especificidad, tanto histórica como formal, no podrá ser representada bajo los cánones europeos, si no que buscará unas formas propias en su plasmación artística. Por ello, se puede afirmar que por primera vez en el Ecuador, asistimos a la fundamentación de unas poéticas nacionales que buscan, a partir de los modelos románticos europeos, sus propios caminos de expresión para, además, poder proyectarse como cultura propia en el ámbito universal.

Autores como Juan León Mera, Juan Montalvo, Elías Laso, Federico González Suárez, Remigio Crespo Toral, Luis A. Martínez, Jesús Quijada, César Alfonso Pástor, Angel Modesto Paredes, Ricardo Larraín y Bravo, Anastasio Viteri, Aurelio Espinosa Pólit y José María Vargas,4 comparten en sus escritos, más allá de los lógicos matices propios, la mayoría de las propuestas herderianas sobre su visión de la historia universal, los pueblos y sus razas o, el paisaje propio como forjador de las naciones, el carácter de éstas y, por tanto, sus propias historias, aunque y como también señalaba líneas arriba, tamizadas por una profunda fe católica que, en última instancia y a través de su escolasticismo y dogmática, trascendentalizaba teológica y/o providencialistamente sus respectivos pensamientos en la mayoría de ellos.5

En los anteriores términos y por su importancia e influencia en toda una generación de literatos ecuatorianos, cabe destacar el ensayo de Juan León Mera ¿Es posible dar un carácter nuevo y original a la poesía sudamericana?, perteneciente a su libro ''Ojeada Histórico Crítica sobre la poesía ecuatoriana'' de 1868.6 En este ensayo, Mera hace suyos los postulados herderianos sobre la organicidad relacional entre el ser humano y las leyes de la naturaleza/universo:

El poder del ingenio, de las ciencias y de la ambición humana, escolla y se rompe al tropezar con las leyes superiores que reglan y gobiernan las infinitas partes del universo: leyes ocultas y misteriosas, y que están por lo mismo lejos de la comprensión y del poder del hombre, por más que la sabiduría le eleve sobre sus semejantes y éstos le proclamen semidiós... (pág. 69).

Al tiempo, también señalará la decisiva importancia de los ''localismos'' geográficos para justificar el determinismo que éstos ejercen en la diversidad cultural y racial humana, eso sí, en clave teológica:

En la variedad de la naturaleza está la variedad del hombre. Este, llamado rey de la creación, es a su vez esclavo de cierta fuerza oculta que hay en la misma creación y que le gobierna de manera absoluta e irresistible. Si él abate las selvas, aplana los montes y se burla de las ondas del océano, las selvas, los montes y los mares le dan ideas, caracterizan su índole, forman su vida, y éste es la fuerza a que no puede resistir, y le obliga a ocupar un punto determinado y fijo en el mundo (pág. 70).

Y a aquéllos determinismos, se sumarán como factores secundarios que inciden en la constitución de sus irreductibles especificidades, los plurales usos y costumbres, tradiciones, creencias, etc. de los diferentes pueblos: ''otras causas (...) que contribuyen a establecer la variedad entre los hombres considerados como seres racionales y pensadores. Tales causas son las religiones, las historias y las costumbres'' (pág. 70).

No obstante y para Mera, serán las costumbres el factor más importante en la fundamentación de la identidad de los pueblos, ya que aquellas y en definitiva, se constituyen en su moral y, lo que es más importante para un romántico, en su espíritu:

Las costumbres son los rasgos típicos de los pueblos y forman su aspecto material y moral; son una especie de espíritu, si se me permite la expresión, que pone en movimiento todos los resortes del organismo individual y social con tal fuerza y poder que su operación, si alguna vez se modifica, es sólo por el constante trabajo de los siglos que ruedan sobre las naciones (pág. 72).

A tenor de lo citado y una vez enunciadas esas irreductibles especificidades de los pueblos, y en la reivindicación de una literatura verdaderamente autóctona (''americana'' y, por ende, ecuatoriana) y que prescinda de las influencias foráneas (europeas principalmente), Mera afirmará que ''la literatura es el pueblo; si en el estilo se refleja el carácter íntimo del individuo, en la literatura aparece entera el alma de la sociedad'' (pág. 73).

En definitiva, el autor entiende que –como otros literatos y pensadores de su generación–, la literatura y además de creativa, debe ser ante todo ''pedagógica'', es decir, servir a través de sus propuestas artísticas, a la concienciación en la (necesaria) construcción de la nación –identidad– ecuatoriana.7

También abordarán muchos de los autores anteriormente reseñados y desde esa óptica religiosa citada, otros temas importantes como las relaciones entre belleza y verdad, el arte y la filosofía, el sentimiento y conocimiento estético, lo moral y lo religioso, etc. Y, siquiera apuntar, la importancia que por vez primera adquiere en el Ecuador (y en el resto de Latinoamérica) el género del ensayo, ya que éste facilitaba un tipo de escritura mucho más personal y/o subjetiva, a la vez que no sujeta a determinados cánones narrativos, permitiendo así poder abordar con una mayor amplitud uno de sus principalísimos temas: el ser del ser humano.8

Igualmente constatar que surgen a partir de esta época y por primera vez en el país, numerosos estudios referidos casi exclusivamente a la historiografía autóctona y, siendo obra cumbre, la magna Historia General de la República del Ecuador (1890-1903) en siete volúmenes de Federico González Suárez.9

En esta reivindicación del paisaje autóctono,10 merece destacarse el ámbito de la creación literaria –prosa y poesía– ya que, su alto y cuidado valor descriptivo- visual de la naturaleza (''ekfrático'', diría), conectaba con el (nuevo) gusto romántico-nacionalista imperante, procurándole así una muy amplia difusión entre el público de la época. Además y particularmente la literatura, gozaba de mucha demanda entre las clases ''ilustradas'' del segundo tercio del siglo XIX en el país.11

Efectivamente, una de las novelas más famosas en su época –y aún mucho después– fue Cumandá (1879 en su primera edición) de Juan León Mera,12 colaborador del Presidente Gabriel García Moreno tras un inicial rechazo a su gobierno. En ella y además de la pareja protagonista (Carlos y Cumandá), cobra especialísima importancia y en el sentido herderiano ya descrito (conformación de caracteres propios de los pueblos, etc.), el paisaje selvático. Además, éste se convierte en modelo a imitar (mímesis) por las artes:

En este laberinto de la vegetación más gigante de la tierra, en esta especie de regiones suboceánicas, donde por maravilla penetran los rayos del sol, y donde sólo por las aberturas de los grandes ríos se alcanza a ver en largas fajas el azul del cielo, se hallan maravillosos dechados en que pudieran buscar su perfección las artes que constituyen el orgullo de los pueblos cultos (1985: 47).13

Y es que para Mera, esa naturaleza es intrínsecamente armónica, idealmente bella y solo es alterada esa armonía por la presencia colonizadora del ser humano (''salvaje'' u occidental). Al tiempo, su percepción sentimental procura una vivencia de sublimidad contemplativa, mística, ya que es la vía más pura para el encuentro con Dios:

Y cierto, una vez coronada la cima, se escapa de lo íntimo del alma un grito de asombro: allí está otro mundo; allí la naturaleza muestra con ostentación una de sus fases más sublimes: es la inmensidad de un mar de vegetación prodigiosa bajo la azul inmensidad del cielo [...] en la que se mueve el espíritu de Dios (1985: 44).14

En un contexto político distinto (la revolución liberal de Eloy Alfaro en 1895)15 y cronológicamente más tardío, conviene resaltar la figura del político, escritor, pintor y senderista Luis. A. Martínez Holguín por su conocida y divulgada única novela impresa A la costa (1904),16 además de algunos de sus escritos recogidos en Andinismo, Arte y Literatura17 dada su visión preeminentemente romántica de la naturaleza en estos últimos.

Así y en la primera, sería erróneo calificar de romántica a esta obra a pesar de numerosos atisbos en ese aspecto, sino más bien como la primera novela realista en la historia de la literatura ecuatoriana. No obstante, tanto por su extraordinaria calidad literaria como y en lo que respecta particularmente a su narrativa sobre la naturaleza, entiendo que algunos comentarios al respecto, pueden resultar útiles en este apartado.

Luis A. Martínez establece una clara dicotomía (no solo física, si no fuertemente simbólica) entre el paisaje andino, el de la meseta andina y el de la costa. El primero es presentado así: ''Atrás dejaba la bruma plomiza, el cierzo destemplado, la desnuda y triste cordillera, el gemido melancólico del viento entre rocas peladas o en las gramíneas marchitas del páramo'' (1989: 175). Al tiempo, este paisaje corresponde simbólicamente y en función de la trama narrativa de la obra, a un pasado descorazonador y sin esperanza de futuro, regido por el reaccionarismo político, la hipocresía clerical, la determinante moral católico-conservadora y la extendida y provocada pobreza –cuando no, miseria– en un amplio sector de la población.

Por el contrario, la meseta andina es descrita en su transición geográfica y simbólica hacia la costa, como un lugar de sosiego y de reencuentro con la naturaleza (y con uno mismo). Y a este respecto, notorio es el capítulo XVI de la novela; por ejemplo y entre otros, se lee:

Los campos de la admirable meseta andina, estaban entonces cubiertos de tiernas mieses. Las abundantes lluvias de abril habían dado un nuevo impulso a la fertilidad de la incansable tierra (...) El verde pálido de la cebada en flor, ondeando a la brisa de la mañana, formaba el cinturón alegre de los cerros, coronados de paja, ora aceitunada, ora gris, ora amarillenta. Allá en un oscuro barranco boscoso, escarmenado jirón de nieblas blancas, se desvanecía lento al beso del sol matutino, y de las chozas y caseríos que animan el inmenso territorio, se levantaban ligeras columnas de humo que se evaporaban y confundían en el cielo azul y profundo de la mañana (1989: 130).18

Finalmente y a partir de la segunda parte de la novela, el paisaje de la costa desde su inicial descubrimiento por el protagonista en Babahoyo, su descenso por el río Guayas en un vapor fluvial hasta su arribo a Guayaquil, el fuerte calor húmedo y el incesante tráfago de la ciudad y, posteriormente la selva tropical (y sus virulentas tormentas), son descritos no solo con una espléndida profusión de detalles, sino que, simbólicamente, representan la esperanza en una nueva vida para aquél mediante la intensa y profunda experiencia estética que le proporciona la contemplación de ese nuevo paisaje:

La imaginación, cuando es herida por lo bello, deja de cavilar en las tenebrosas cavidades del odio o del escepticismo, y goza con un rayo de sol hiriendo una nube, con una gramínea nacida al pie de una roca, con una gota de agua que centellea suspendida en una hoja, o con el murmullo de un torrente, o el lamento de la brisa entre las selvas [...] Salvador [el protagonista de la novela] tenía la intuición de haber vivido, no sabía decir cuándo, en ese paisaje, de haber formado parte de esa naturaleza, de haber sido parte de esa vida [...]. En todo el organismo sentía un bienestar indefinido, inexplicable, algo como el principio de la embriaguez de vinos generosos. El calor tórrido del medio día, en vez de causarle mortificación, causábale placer intenso, la sangre circulaba más ardiente, el cerebro era un mar de ideas nuevas; y un loco deseo de moverse, de gritar, de agitarse, invadió todo su ser (1989:174-175).19

Luis A. Martínez, Babahoyo (s/f) Óleo/lienzo, 108 x 171 cm. Museo Provincial Casa del Portal, Ambato.

 

En definitiva, el inusitado protagonismo –físico/geográfico, simbólico y hasta ''moral''– que la naturaleza adquiere en numerosas y prolijas partes de la novela, la erigen así y a pesar de su marcada influencia en el ser humano, en protagonista mudo e indiferente de los avatares de aquél; su reino es –literalmente– otro, aunque parece presidir el destino de los humanos...

Dicho lo anterior, sin embargo y en algunos de los escritos recopilados en la publicación antológica Andinismo, Arte y Literatura ya citada, el autor muestra netamente su romanticismo frente/con la naturaleza a partir del sentimiento sublime que ésta le procura. Así y en Ascensión a la cima del Tungurahua –el 6 de febrero de 1900– se lee:

Difícil es describir lo indescriptible, y lo es más cuando no se encuentran términos para la comparación. La primera sensación que mi alma experimentó al presentarme delante del enorme abismo, fue la del completo estupor y asombro. Una mezcla de admiración sin límites, de entusiasmo, y, ¿por qué no decirlo?, de impotencia. Mi paleta de artista era inútil delante de esa manifestación sublime de las fuerzas de la creación. Mi pluma era más deficiente aún para describir lo informe y caótico de esa resurrección del mundo primero (1994: 28).20

Para concluir dicho escrito con las siguientes palabras: ''y bueno es aspirar, mediante la contemplación de lo sublime y lo bello, a subir a las regiones de ideal'' (1994: 32)

Pero donde será más patente su romanticismo, es en su creación pictórica ya que –y a pesar de que él considera que ''el paisaje no debe ser solo una obra de arte, sino un documento pictórico-científico''21– su representación del paisaje obedece a las pautas de lo sublime romántico; es decir, a partir de una esmerada descriptiva realista-científica de los macizos, nevados, rocas, árboles, plantas, celaje, etc. y que tan bien conocía por sus múltiples y constantes ascensiones, proyecta ese peculiar sentimiento sobre la naturaleza (las grandes vistas panorámicas en profundidad, el punto de vista elevado, el protagonismo de los ingentes macizos, la composición de la obra en suma, más el uso de la luz y de los tonos cromáticos, etc.),22 constituyendo así una obra profundamente sublime y que apela constantemente a la experiencia estética de lo Absoluto (Dios), tal y como su coetáneo Rafael Troya hará en muchas de sus obras paisajísticas.

La sensación que produce la costa es indefinible: da la idea de la inmensidad; y el hombre se ve chico, miserable, al lado de esa naturaleza tan potente... [...]. Es necesario ver el objeto para comprender lo grande, lo bello, lo magnífico, lo rico de esta maravilla que Dios ha colocado en los trópicos... La selva cansa pronto, porque uno se siente como aplastado por ella (1994: 41).

Luis A. Martínez, A la costa (1904) Óleo/lienzo, 48 x 88 cm. Col. María Luis Quevedo Fuente: Kennedy-Troya, A. (coord.) (2008:87)

 

Luis A. Martínez, Chimborazo desde Occidente Óleo/lienzo, 98 x 68 cm. Museo Provincial Casa del Portal, Ambato.

 

 

''...y mi alma se despertaba entonces a las sublimes emociones que brotan de los grandes espectáculos de la naturaleza'' (1994: 43).

Luis A. Martínez, El réquiem (1908) Óleo/lienzo, 79 x 105 cm. Museo Nacional del Banco Central del Ecuador, Quito. Comentario: esta obra fue realizada tras el fallecimiento de la esposa del artista y muy poco antes de su propio deceso.

 

Llegué a la roca, testigo mudo de mis ilusiones antiguas, tan puras y tan ricas; y de allí, cansado, triste, preocupado, tendí mi vista por el inmenso panorama [...]. Pero en vez del entusiasmo enloquecedor de antes, solo encontré en mi alma el vacío, mezclado a una profunda tristeza [...]. El fuego de artista, de poeta, de soñador, estaba apagado, y al revolver las cenizas no encontraba nada, a no ser hastío de vivir una vida vacía y miserable (1994: 46).

Conclusivamente y en este estudio introductorio que únicamente pretende aportar algunas claves interpretativas en la recepción del Romanticismo en el Ecuador, cabría afirmar la importancia para la creación –sobre todo simbólica– de una conciencia unitaria y diferenciada de nación, del fundamental rol que el pensamiento herderiano ejerce al respecto, así como su plasmación plástica y literaria en una estética de lo sublime (romántica), tamizada en ambos casos por los propios formalismos y/o idiosincrasias locales. Así y en esas dos manifestaciones artísticas, los conceptos y formas representacionales que el nuevo gusto emergente propicia y constituye, hallan sus fundamentos en la necesidad de visualizar un marco propio y común y, por tanto, peculiar a la par que homogéneo de lo nacional (''patria''); y es en este sentido que serán propiciadas e instrumentalizadas por el poder político. Esta apropiación supondrá, históricamente y entre otras cuestiones, la invisibilización de cualquier problemática social (explotación laboral y de género, discriminación y/o exclusión del corpus social de los indígenas, etc.) o política (corrupción institucional, elecciones restringidas y/o amañadas, rol de ejército en la vida política, etc.), a la par que la hegemonía de una nueva mentalidad ascendente, a saber, aquella que define a la burguesía liberal (agroexportadora y financiera principalmente) bajo la retórica de las ideas/fuerza de civilización, progreso y libertad. Por ello, el nuevo ''artista romántico'' y que en principio suponía la liberación de un pasado colonial y/o neocolonial (éste último entendido como modelo europeo a seguir) en la búsqueda de un arte nacional propio, será mostrado –salvo contadísimas excepciones– como vehículo creador, representacional y simbólico, del ''paisaje patrio'', es decir, de una exclusiva y excluyente ''forma de vida'' (valores, ideas, cosmovisión, lenguaje, status, etc.) ligada a la nueva clase emergente.

 


NOTAS

Cómo citar este artículo:

MLA: Puig, Xavier. ''Una introducción a la recepción y adaptación de la estética romántica en el Ecuador decimonónico''. Estudios de Filosofía, 52 (2015): 161-180.

APA: Puig, X. (2015). Una introducción a la recepción y adaptación de la estética romántica en el Ecuador decimonónico. Estudios de Filosofía, 52 (2015): 161-180.

Chicago: Puig, Xavier. ''Una introducción a la recepción y adaptación de la estética romántica en el Ecuador decimonónico,'' Estudios de Filosofía, 52 (2015): 161-180.

 

* El artículo hace parte de la investigación titulada: ''Rafael Troya: estética y pintura de paisaje''. Universidad Técnica Particular de Loja, en Loja (Ecuador).

1 Ingente es el número de publicaciones actuales y que bajo diversos formatos (estudios científicos, memoria de viajes, diarios, informes diplomáticos, militares o económicos, relatos, etc.) realizaron en su día los numerosísimos extranjeros que a partir de ese período –y antes–, arribaron, tanto a Latinoamérica como especialmente al Ecuador. Así, referido al Ecuador y exclusivamente en el ámbito histórico-cultural y especialmente en el de la memorialística, muy seleccionadamente y por su indudable interés, véase Toscano, Humberto. El Ecuador visto por los extranjeros: viajeros de los siglos XVIII y XIX, Cajica, Puebla (México), 1960; Lara, Darío. Viajeros franceses al Ecuador en el siglo XIX, Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito, 1972; Lisboa, Miguel María. [1843-44/1852-54]. Relación de un viaje a Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1992; MacFarlane, Thomas. Hacia los Andes: notas de viaje a América del Sur (1876), Abya-Yala, Quito, 1994; Spruce, Richard. [1908]. Notas de un botánico sobre el Amazonas y los Andes: apuntes de los viajes por el Amazonas y sus tributarios, el Trombetas, Río Negro, Usupés, Casiquiari, Pacimoni, Huallaga y Pastaza: también por las cataratas del Orinoco, a lo largo de la cordillera de los Andes ecuatorianos y peruanos y por las costas del Pacífico durante los años 1849-1864, Abya-Yala, Quito, 1996; Whymper, Edward. [1893]. Viajes a través de los majestuosos Andes del Ecuador, Abya-Yala, Quito, 1994, 2a. edición; Hassaurek, Friedrich. [1867]. Cuatro años entre los ecuatorianos, Abya- Yala, Quito, 1997, 3a. edición; Avendaño, Joaquín de. [1859 y 1861]. Imagen del Ecuador: economía y sociedad, vistas por un viajero del siglo XIX, Introducción y organización documental de Leoncio López-Ocón Cabrera, Corporación Editora Nacional, Quito, 1985; Terry, Adrian R. [1834]. Viajes por la región ecuatorial de América del Sur, 1832, Abya-Yala, Quito, 1994; Simson, Alfred. [1877]. Viajes por las selvas del Ecuador y exploración del río Putumayo, Abya-Yala, Quito, 1993; Kolberg, Joseph. [1897]. Hacia el Ecuador. Relatos de viaje, Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Quito, 1977; Pierre Francois, Padre. Viaje de exploración al oriente ecuatoriano 1887, Abya-Yala, Quito, 1998; Osculati, Gaetano. [1854]. Exploraciones de las regiones ecuatoriales. A través del Napo y de los Ríos de las Amazonas. Fragmento de un viaje realizado en las dos Américas en 1846-47-48, Abya-Yala, Quito, 2000 (consúltese la web –en italiano-: http://www.codazzi.mitreum.net/es/figura/gaetano.php); Botasso, Juan (compilador). Los Salesianos y la Amazonia (Relatos de Viajes, 1893-1909), Tomo I, Abya Yala, Quito, 1993; Espada Marcos, Jiménez de la, Martínez, Francisco de Paula, Almagro, Manuel y Isern, Juan [1928] El Gran Viaje [Comisión Científica del Pacífico –española–, 1862-65], Abya-Yala/ Agencia Española de Cooperación. Internacional, Quito, 1998 (consúltese las web: www.csic.es/cbic/BGH/espada/pagina.htm y www.pacifico.csic.es.).

2 Para una Estética de la recepción, véase la compilación de ensayos del mismo título de Warning, Rainer (ed.). La Balsa de la Medusa, Visor, Madrid, 1989; el clásico trabajo de Jauss, Hans Robert. Experiencia estética y hermenéutica literaria: ensayos en el campo de la experiencia estética, Taurus, Madrid, 1986 [traducción parcial del original alemán] e, Iser, Wolfgagng. El acto de leer, Taurus, Madrid, 1987.

3 El movimiento romántico (Sturm und Drang –''Tormenta e ímpetu''–) en el último cuarto del siglo XVIII, reivindicará una nueva filosofía de la historia que, en contra de los postulados ilustrados al respecto (historia universal basada en la idea de progreso y a partir de criterios absolutos y evolutivos de carácter netamente eurocéntrico –escala comparativa entre pueblos, culturas y/o naciones– y, en relación a ello, la creencia en el concepto de ''hombre en general'', hallará su sentido en función del conocimiento particular de cada pueblo y/o cultura en cada período específico de su propia historia y basado en sus respectivos parámetros. Por ello, no puede hablarse de una Historia Universal de la Humanidad (ni de ''hombre en general''), si no de múltiples ''historias'', diferentes y, fundamentalmente, inconmensurables entre sí. A su vez, la autonomía de cada ''historia'', está determinada por factores netamente intrínsecos y entre los que destaca muy especialmente el entorno geográfico de cada uno de ellos que, en la constante interrelación evolutiva de aquélla(s) mediante un principio vital que se modifica internamente a sí mismo –autorregulación– para una mejor adecuación a las circunstancias exteriores, constituye así su propio ''carácter nacional'' (Herder denomina ''fuerza genética'' a la causa de la diversidad humana dependiente del clima); es decir y en palabras del propio autor, el ''espíritu de los pueblos'' (Volksgeist). De ello se deduce, la profunda simbiosis entre el contexto geofísico (por ejemplo, el sentimiento ante el paisaje propio) y el particular ''carácter nacional'' y, en consecuencia, la historia de cada pueblo y/o cultura. Y a su vez, aquéllas ''historias'' se interrelacionan orgánicamente con la Naturaleza mediante cada pueblo particular, ahora entendida ésta como natura naturans, es decir, como principio generador de todo lo existente. Finalmente y en relación a este último concepto añadir que, aunque en un principio Herder lo asociaba con Dios, paulatinamente lo irá reemplazando por una suerte de panteísmo naturalista.

Véase de Herder, Johann Gottfried von. [1774]. Otra filosofía de la historia para la educación de la humanidad. Contribución a otras muchas contribuciones del siglo, en Obra Selecta, Traducción y notas de Pedro Ribas, Ediciones Alfaguara, Madrid, 1982, pp. 273-367 y, muy especialmente, [1784-1791] Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad, Editorial Losada, Buenos Aires, 1959.

Finalmente, señalar que el libro Ideas para una filosofía de la historia de la humanidad citado, llegó al Ecuador en traducción francesa y prologado por Edgar Quinet que incidía sobremanera en el determinismo humano por el medio físico, ''preludiando una interpretación generalizada de las culturas y de los ''genios'' nacionales [...] a partir del clima y el ambiente geográfico'', en Agoglia, Rodolfo. Pensamiento Romántico Ecuatoriano, Banco Central del Ecuador-Corporación Editora Nacional, Quito, 1988, 2a. ed., pág. 39.

4 No todos los autores citados se corresponden con la época descrita pues, en algunos casos, se prolonga hasta entrado el siglo XX; no obstante, he valorado la pertinencia de su inclusión porque y además de su incuestionable importancia, suponen la diacronía histórica del pensamiento romántico ecuatoriano. Así y en el caso de los seis primeros autores, se hallará una interesante antología de textos, así como una brillante introducción tanto al Romanticismo en general como al Romanticismo ecuatoriano en particular, en Agoglia, Op. cit. En el mismo sentido y para los siete autores restantes, véase Prieto Castillo, Daniel, Estudio Introductorio y Selección, Pensamiento Estético Ecuatoriano, Banco Central del Ecuador-Corporación Editora Nacional, Quito, 1986. Y también y en el mismo sentido, puede consultarse la antología Teoría del Arte en el Ecuador, Estudio Introductorio de Edmundo Ribadeneira, Banco Central del Ecuador-Corporación Editora Nacional, Quito, 1987; no obstante dicho título, conviene precisar que más que una teoría del arte al uso, se trata, más bien, de diversos cortos artículos referidos a poesía, música, arquitectura, pintura e historia del arte –principalmente– y escritos por una serie de autores del siglo XIX y XX (por ejemplo, Juan León Mera, Honorato Vázquez, Remigio Crespo Toral, Quintiliano Sánchez, Manuel J. Proaño y un largo etcétera), pero que no llegan a desarrollar en ningún caso, un corpus teórico y/o un desarrollo conceptual sistemático que pueda abocar a una(s) teoría(s) artística(s). En definitiva, resultan más bien pensamientos sueltos sobre diversos aspectos y/o cuestiones artísticas.

5 Por ejemplo, será el escrito apologético El genio del Cristianismo [1802] del francés Francois-René de Chateaubriand, uno de los libros más leídos y referenciados por los escritores románticos ecuatorianos; véase el estudio que le dedica Federico González Suárez Chateaubriand (Cf. Agoglia, 1988: 321-335). Sobre la citada obra de Chateaubriand, véase la edición El genio del cristianismo, Traducción de M. M. Flammant. Ciudadela Libros, Madrid, 2008 (varias edit.).

6 Las referencias (citas y paginación al final de éstas) a este ensayo de Juan León Mera se encuentran en la antología de Agoglia (1988: 68-80). La importancia de Juan León Mera en la construcción de ''lo nacional'' desde una perspectiva romántico-herderiana y mediante la literatura (especialmente de la poesía, tan cara a los románticos europeos), ha sido acentuada por Paladines (1990:227-232): ''En 1868 se editó Ojeada Histórico Crítica sobre la poesía ecuatoriana, obra de Juan León Mera (1832- 1894), en la cual quedaron grabadas las claves que sobre lo ''americano'' y lo ''nacional'', no sólo él, sino toda una corriente habría de nutrirse, al compartir sus planteamientos a lo largo del país y del siglo XIX, Remigio Crespo Toral, González Suárez, Julio Zaldumbide, Miguel Riofrío...'' (pág. 228); en definitiva, esta obra supuso un cambio absolutamente radical en la literatura ecuatoriana de su tiempo.

7 O como escribe Paladines (1990: 132): ''La identificación romántica del tercer estado y en general de todos los grupos y estamentos sociales en la categoría ''pueblo'' y esta a su vez en la de ''nación'', universal integrador, formado y articulado ya no a partir de grupos opuestos sino más bien unificados bajo un solo gobierno, una sola constitución y un solo derecho y administración comunes. La unidad indiferenciada reemplazó de este modo a la desintegración diferenciada de tiempos de la ilustración y asumió dentro sí, según su criterio, las múltiples divergencias existentes''.

8 Para estas cuestiones, véase Paladines (1990: 322-331).

9 Además, González Suárez fundó la ''Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos'' (1909) que, en 1920, devendría en la ''Academia Nacional de Historia''. Idem nota anterior y con abundantes reseñas bibliográficas, pp. 343-368.

10 Por ejemplo y todavía tardíamente (1908), en el divulgado ensayo de Federico González Suárez Hermosura de la Naturaleza y sentimiento estético de ella, leemos: ''No sólo curioso, sino interesante, sería un estudio acerca de los poetas y prosadores americanos que en sus producciones literarias se han manifestado verdaderamente americanos, mediante la genuina expresión del sentimiento de la Naturaleza propia y característica del Nuevo Mundo en que cada autor haya vivido. ¡Qué chocante es el empleo de la mitología greco-latina en las poesías americanas!... Si describen sitios, lugares, paisajes americanos, deben describirlos con sus rasgos propios, con sus colores naturales, para que la poesía sea nacional, y no exótica y ficticia'', Est. Tipográfico ''Sucesores de Rivadeneyra'', Madrid, 1908, pp. 61-62. Destacar que en el último capítulo (Cap. IV) de dicha publicación y titulado ''Descripciones naturales'', pp.99- 132, el uso de los términos pintoresco (variedad, cambio, novedad, abundancia, encanto, etc.) y sublime (grandioso, grandeza, solemne, aterrador, terrorífico, inmensidad, etc.) a propósito de las descripciones geológico-geográficas y de la fauna y flora del Ecuador, son constantes. Finalmente, informar que existen ediciones más contemporáneas de esta obra en –entre otras– Prieto Castillo (1986: 191-242) y Agoglia (1988: 265-319); en esta última edición con más escritos antologizados de González Suárez. Para las relaciones entre arte, literatura e identidad nacional, véase Kennedy-Troya, A. Paisajes Patrios. Arte y literatura ecuatorianos de los siglos XIX y XX, en Idem (coord.), (2008: 83-107).

11 Los literatos románticos españoles (Zorrilla, Espronceda, Bécquer, Larra, Campoamor, etc.) y franceses (Víctor Hugo, Chateaubriand, etc.) fueron profusamente leídos en el Ecuador; véanse los diversos ensayos de otros tantos autores que componen el volumen coordinado por Araujo Sánchez, Diego. Historia de las literaturas del Ecuador, Literatura de la República, Volumen III, 1830-1895, Universidad Andina Simón Bolívar-Corporación Editora Nacional, Quito, 1987/2002, especialmente pp.55-124.

12 Cumandá [1879], edición preparada por Diego Araujo Sánchez (con importante bibliografía al respecto), LIBRESA, Quito, 1985 y, el interesante estudio de Raúl Vallejo, Juan León Mera en Araujo Sánchez, Diego (1987/2002:207-254). Sobre sus pensamientos acerca de las artes, véase Conceptos sobre las artes [1894] en Ribadeneira (1987:291-321). Una antología de textos en Juan León Mera, Pensamiento Fundamental, Estudio, Selección y Notas de Vallejo Corral, Raúl, Corporación Editora Nacional, Quito, 2006. Una visión ''cartográfica'' de las diversas facetas de Juan León Mera –escritor, ensayista, periodista, etc.– en la publicación colectiva correspondiente al congreso ''La producción de Juan León Mera: una visión actual'' en Pazos Barrera, Julio (editor), Juan León Mera. Una visión actual, Pontificia Universidad Católica del Ecuador/Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador/ Corporación Editora Nacional, Quito, 1995. También puede consultarse de León Pesántez, Catalina. Hispanoamérica y sus paradojas en el ideario filosófico de Juan León Mera, Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador/Abya-Yala/Corporación Editora Nacional, Quito, 2001. Para la polémica que sostuvo Mera con el Presidente José María Plácido Caamaño en 1886 y otras cuestiones, véase de Barrera-Agarwal, María Helena. León americano. La última gran polémica de Juan León Mera, Casa de la Cultura Ecuatoriana ''Benjamín Carrión'' Núcleo del Tungurahua, Ambato/Sur Editores, 2013 y, Vega y Vega, Wilson C. Juan León Mera íntimo. Correspondencia familiar del autor del himno nacional 1848-1889, Edit. Nuestro Guayaquil, Quito, 2007. Finalmente, señalar que las citas reproducidas en el texto y con fecha y paginación al final, son las correspondientes a esta edición de la novela.

13 Me permito señalar que en la página anterior –la 46– de esta edición y en un largo párrafo, Mera describe pormenorizadamente y casi en los mismos términos, la fundamentación del sujeto moral kantiano (en la Analítica de lo sublime de éste –ver apartados 25, 26 y 27, y especialmente 28 y 29 en la ''Crítica del Juicio'', 1989:149-169) merced al apriorismo que como idea de la razón supone nuestra conciencia suprasensible.

14 Siquiera señalar que, a lo largo de la novela, las descripciones que sobre la naturaleza realiza Mera son numerosísimas, tanto en lo que respecta al mundo vegetal como al animal, además del geológico y de determinados fenómenos metereológicos y atmosféricos. Además y en todas ellas, cabe resaltar el alto valor ekfrático desarrollado.

15 Para este período, véase el documentado estudio y con amplia bibliografía de Ayala Mora, Enrique. Historia de la Revolución Liberal Ecuatoriana, Corporación Editora Nacional, Quito, 2002, 2a. edición. Así mismo y del mismo autor como editor (volumen colectivo), Nueva Historia del Ecuador, Época Republicana III, Cacao, capitalismo y Revolución Liberal, Volumen 9, Corporación Editora Nacional, Quito, 1988. También resulta muy interesante el trabajo de Paz y Miño Cepeda, Juan José Eloy Alfaro. Políticas Económicas, Ministerio de Coordinación de la Política Económica, Quito, 2012; y también en relación a dicho período, el imprescindible trabajo de Ortiz Crespo, Gonzalo. La incorporación del Ecuador al mercado mundial. La coyuntura socioeconómica, 1875-1895, Corporación Editora Nacional, Quito, 1988. Más monográficamente, puede consultarse Castillo Illinworth, Santiago. La Iglesia y la Revolución Liberal. Las relaciones de la Iglesia y el Estado en la época del Liberalismo, Banco Central de Ecuador, Quito, 1995.

16 Luis A. Martínez. A la costa [1904], Edición preparada por Diego Araujo Sánchez, LIBRESA, Quito, 1989. En realidad, esta novela la dictó a su esposa un par de años antes de su primera edición, mientras estaba convaleciente en Piura (Perú) de una grave enfermedad (paleneuritis malaria). Los textos citados y su paginación corresponden a los de esta edición. Para el contexto histórico-artístico y la propia novela, puede consultarse al respecto, Historia de las literaturas del Ecuador, Literatura de la República, Volumen IV, 1895-1925, Julio Pazos Barrera coordinador del volumen, Universidad Andina Simón Bolívar/Corporación Editora Nacional, Quito, 1987/2002. También, el interesante artículo de Sinardet, Emmanuelle A la costa de Luis A. Martínez: ¿la defensa de un proyecto liberal para Ecuador? Bulletin de l'Institut Français d'Études Andines [en linea] 1998, 27 (Sin mes):[Fecha de consulta: 24 de abrilde2014]. Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=12627205 ISSN 0303-7495; Pachano Lalama, Rodrigo. El pintor de la soledad, Editorial Pío XII, Ambato, 1975; Jurado Noboa, Fernando Luis. A. Martínez, Banco Central del Ecuador, Quito, 2010; Balarezo D, Julio E. Conozcamos a Luis A. Martínez, Ilustre Municipalidad de Ambato, Ambato, 2009; Cobo Barona, Mario. Luis A. Martínez: el arte de vivir y morir, Quito, Imprenta Flores, Quito, 2003; Arias, Augusto. Luis A. Martínez, Imprenta del Ministerio de Gobierno, Quito, 1937 y, la sentida semblanza del gran escritor ecuatoriano Calle, Manuel J. [1917]. ''Don Luis A. Martínez'' en Biografías y semblanzas, Imprenta Nacional, Quito, 1921, pp. 227-257.

17 Luis A. Martínez. Andinismo, Arte y Literatura [1899, 1900 y 1906], Ediciones Abya-Yala/Agrupación Excursionista ''Nuevos Horizontes'', Quito, 1994.

18 Este mismo capítulo finaliza con el siguiente párrafo que recuerda muy vivamente los paseos pintorescos del siglo XVIII y su consiguiente goce estético como afirmación de la propia identidad: ''...recorría durante largas horas las soledades andinas. En estas alturas, rodeado de la inmensa poesía de los páramos, era otro hombre, otro ser diverso, más imaginativo, más valiente, si cabe, y más dueño de sí mismo. Nada le gustaba tanto como trepar a uno de esos picos resquebrajados por las intemperies de los siglos, y dominar desde allí, sobre un dosel de nieblas, la confusión sublime de cordilleras, valles solitarios y gigantes nevados. En cada lagunilla, en cada mancha de bosquecillos negros, en cada roca, en cada hilera encontraba la poesía de la verdad, la poesía de la naturaleza; y no está fingida y académica cantada por poetas enfermos de vaciedad e impotencia. Luciano tenía, ¡cosa rara! Para su organismo moral fuerte y atrevido, una innata afición a los paisajes solitarios y agrestes en medio de los cuales su imaginación encontraba goces múltiples y desconocidos'' (1989: 136).

19 Un poco más adelante y muy en consonancia con el pensamiento de Heráclito se lee: ''Sí, allí estaba la vida, esa exuberante vida, prodigiosa, mágica, nacida al beso amoroso del sol fecundo que incuba millones incontables de vegetales gigantes y de seres que se mueven por todas partes. Sí, allí estaba la vida, la creación incansable que no deja una pulgada de tierra abandonada por el hombre sin cubrirla con una planta, ni una hoja sin un insecto. Pero allí estaba también la muerte, que no es más que una transformación de la vida. La creación y la destrucción, la vida y la muerte activas, incansables, eternas'' (1989: 177-178). Para la cuestión heracliteana citada, véase de Pániker, Salvador. Filosofía y mística. Una lectura de los griegos, Anagrama, Barcelona, 1992, pp. 80-86.

20 Y en este mismo escrito y un poco más adelante (pág. 31) se lee: ''En estas alturas, y admirando las maravillas de la creación, se palpa la grandeza y poderío de Dios y la pequeñez de nuestras obras; la fuerza creadora sin límites, y lo vano y pequeño de nuestras filosofías...''.

21 Tomado de su cortísima y sucinta ''Autobiografía'' que escribió muy poco antes de su fallec- imiento. También y justo antes del párrafo citado en el texto, se lee: ''¿Algo sobre arte? No pertenezco a ninguna escuela; soy profundamente realista y pinto la naturaleza tal como es y no como enseñan los convencionalismos''; para ambas citas, 1994: 12.

22 En un artículo escrito en 1897 titulado ''La pintura de paisaje en el Ecuador'' y publicado en la Revista de Quito (1898), fundada por el mismo junto a su amigo el escritor y periodista Manuel J. Calle, leemos: ''El mérito de un cuadro de paisaje, consiste en la fiel y exacta reproducción de la naturaleza, pero con su misma alma (...) No es sólo una servil imitación, rasgo á rasgo, no es una fotografía; es un algo más, más libre; en las brochadas que llenan la tela hay un poco del alma del artista, un soplo divino, conservado y fijado por el lápiz y los colores'', Revista de Quito, Quito, Volumen I, 23 de Marzo de 1898, Núm. XII, pág. 389.


 

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