El trabajador de la salud en tiempos de covid-19

 

Para el trabajador de la salud, habrá un “antes” y un “después” del covid-19. La emergencia sanitaria expuso la fragilidad de los sistemas de salud y su falta de preparación para hacer frente a semejante crisis, y se hizo visible el papel primordial de los trabajadores de la salud para enfrentar este desafío.

Antes de la pandemia, en la mayoría de los países, tanto ricos como pobres, había deficiencias en el mercado laboral del área de la salud, como recortes de personal -en ocasiones debidos a pérdidas por emigración-, desequilibrios en la composición profesional, inequidad en la distribución geográfica, programas educativos que no estaban alineados con las necesidades de los servicios, y deficiencias en la administración, la regulación y el manejo. Al menos desde el año 2004, ha habido conocimiento de la crisis en el ámbito del recurso humano en salud [1,2] y, sin embargo, los gobernantes decidieron hacer caso omiso, aun sabiendo que sus países adquirieron el compromiso formal de una salud con cobertura universal. La pandemia del 2020 ha sido un llamado de atención y aseguró que nadie olvide que la capacidad y el desempeño de los sistemas de salud depende principalmente de sus trabajadores.

Desde el inicio de la crisis, los trabajadores de la salud de diferentes partes del mundo han mostrado una dedicación excepcional y una capacidad de adaptación a una situación sin precedentes. Los que están en la primera línea de batalla en las unidades de cuidado intensivo han sido los más visibles; pero aquellos que prestan servicios menos impresionantes, aunque esenciales, como el mantenimiento de los ambientes asistenciales libres de patógenos o el transporte de pacientes, también respondieron de manera admirable. Muchos pagaron un alto precio poniendo su salud y, en algunos casos, sus vidas en peligro. La población y las autoridades políticas los aplaudieron de manera virtual y literal. Esta es una forma de reconocimiento merecida y apreciada, pero lo que los trabajadores necesitan realmente es el abordaje de temas como las pesadas cargas laborales, la baja remuneración, las pocas posibilidades de ascenso y las difíciles condiciones laborales.

Ya hay señales de que el trabajo en salud pos-covid va a ser diferente. Por ejemplo, las consultas virtuales han aumentado de modo significativo a medida que la crisis avanza, y los profesionales de la salud y los pacientes se han adaptado bien a esta nueva forma de interacción. Es posible que la teleconsulta y la telemedicina se vuelvan frecuentes para la prestación de servicios como consultas de seguimiento, orientación a pacientes sobre el manejo y monitoreo de la adherencia a la medicación. Esto implica la necesidad de capacitar a los profesionales de la salud, actuales y futuros, en el uso adecuado de estas herramientas. Es posible que aparezcan nuevos roles que asumir, relacionados con funciones que aún no están establecidas. Otro cambio puede resultar de la preferencia de los adultos mayores por evitar residencias geriátricas, las cuales son el epicentro de la pandemia en casi todos los países; por lo tanto, la demanda de cuidados domiciliarios aumentará y serán necesarios trabajadores entrenados específicamente para la prestación de dichos servicios.

La crisis también demostró que las definiciones rígidas de funciones no son adecuadas en este contexto. Se requiere la flexibilidad y el aprovechamiento de todo el potencial de los trabajadores en todas las categorías. Ya existe presión para que se revise la regulación sobre el alcance de las funciones en la práctica de las enfermeras, los farmacéuticos, entre otros, y la posibilidad de la expansión de las mismas, como ha ocurrido en otros países [3]. En consecuencia, la división de tareas entre las diferentes profesiones de la salud puede variar significativamente en el futuro cercano.

Los gobernantes y los líderes enfrentan ahora el desafío de decidir cómo asegurar que el trabajador de la salud de su país esté alineado con las necesidades de servicio futuras de la población. Para este fin, deberán tener una visión clara del sistema de salud futuro que desean y los valores fundamentales que guiarán su organización y funcionamiento. Por ejemplo, la búsqueda de la cobertura universal en salud implica el fortalecimiento de la equidad en el acceso y la protección al riesgo financiero, para abordar las inequidades considerables reveladas por la crisis. Hay equidad cuando toda la población tiene acceso a los profesionales de la salud, independientemente de su capacidad de pago y sin ningún tipo de discriminación (clase social, origen étnico, religión, orientación sexual, etc.). Equidad también significa tener acceso a los profesionales de la salud en función de la importancia de la necesidad, es decir, la misma calidad del servicio para el tipo de urgencia o gravedad del problema de salud. Por consiguiente, los servicios de atención primaria sólidos y accesibles, y el trabajo calificado son el camino más firme hacia la cobertura universal [4].

De manera más general, la educación y las condiciones laborales del trabajador de la salud del futuro necesitan transformarse, en respuesta a los cambios demográficos, epidemiológicos y tecnológicos, y a las expectativas y demandas de la población para el acceso a servicios de calidad. Además, los líderes necesitan comprender y tener en cuenta el comportamiento de los nuevos trabajadores en la elección del área laboral, al lugar para trabajar, a la carga laboral que están preparados para aceptar y a un mercado laboral global en aumento.

En el continente americano, muchos países han empezado a moverse en la dirección correcta como respuesta a la epidemia del covid-19, por ejemplo, mejorando la remuneración y las condiciones laborales, incluyendo seguridad y protección en el trabajo, y el acceso a entrenamiento adicional, y facilitando la integración de los nuevos trabajadores al mercado laboral, principalmente en el nivel de atención primaria [5]. Iniciativas similares están teniendo lugar en el resto del mundo. Aunque esto debe ser elogiado, los gobiernos deben continuar el progreso en esta dirección. Su labor es trabajar hacia la construcción de una conformación más eficiente de la fuerza de trabajo, concretamente, mediante el balance de la proporción entre enfermeras y médicos, y promoviendo la colaboración entre los trabajadores de los diferentes niveles de atención. Se debe asegurar la calidad de la educación y la práctica, a través de mecanismos como la acreditación independiente y organizaciones como los consejos de profesionales. Para lograr esto, los gobernantes deben fortalecer su capacidad para regular, planificar y gestionar el personal de la salud, con una visión que asegure la prestación de un servicio que cumpla con las necesidades y las expectativas de la población.

Las probabilidades de lograrlo aumentarán si los líderes tienen acceso a la información de bases de datos confiables, como la plataforma de cuentas del personal de salud (National Health Workforce Accounts) de la Organización Mundial de la Salud [6], si hay suficiente apoyo de los principales inversionistas y si hay suficientes recursos disponibles, los cuales requieren del apoyo gubernamental. En los últimos años, se ha promovido una mayor inversión en el trabajador de la salud, argumentando que se si realiza de manera adecuada, esto no será simplemente un gasto, sino una inversión sólida [7].

Es probable que ahora que la crisis del covid-19 y las deficiencias en el trabajo en salud han amplificado una crisis económica global, los gobernantes sí escuchen este mensaje.

Traducción:

Agencia de Traducción UdeA - Escuela de Idiomas, Universidad de Antioquia

También disponible en inglés

Referencias

1. Chen L, Evans T, Anand S, et al. Human resources for health: Overcoming the crisis. The Lancet; 2004:364(9449):1984-1990. doi: https://doi.org/10.1016/S0140-6736(04)17482-5

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2. World Health Organization. The World Health Report 2006: Working together for Health. Geneva: World Health Organization; 2006.

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3. Maier C. Nurse prescribing of medicines in 13 European countries. Hum Resour Health. 2019;17(95). doi: https://doi.org/10.1186/s12960-019-0429-6

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4. Dussault G, Kawar R, et al. Building the primary health care workforce of the 21st century. Geneva: World Health Organization [internet]; 2018. Disponible en: https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/328072/WHO-HIS-SDS-2018.48-eng.pdf?sequence=1&isAllowed=y

G Dussault R Kawar Building the primary health care workforce of the 21st centuryGenevaWorld Health Organization2018https://apps.who.int/iris/bitstream/handle/10665/328072/WHO-HIS-SDS-2018.48-eng.pdf?sequence=1&isAllowed=y

5. Organización Panamericana de la Salud. Experiencias para destacar en gestión de recursos humanos para la salud en países de América del Sur en el contexto de covid-19[internet]; 2019. Disponible en: https://www.paho.org/es/noticias/27-5-2020-experiencias-para-destacar-gestion-recursos-humanos-para-salud-paises-america

Organización Panamericana de la Salud Experiencias para destacar en gestión de recursos humanos para la salud en países de América del Sur en el contexto de covid-192019https://www.paho.org/es/noticias/27-5-2020-experiencias-para-destacar-gestion-recursos-humanos-para-salud-paises-america

6. World Health Organization. National health workforce accounts: Implementation guide [internet]; 2018. Disponible en: https://apps.who.int/iris/handle/10665/275473

World Health Organization National health workforce accounts: Implementation guide2018https://apps.who.int/iris/handle/10665/275473

7. World Health Organization. High-Level Commission on Health Employment and Economic Growth [internet]; 2016. Disponible en: https://www.who.int/hrh/com-heeg/en/

World Health Organization High-Level Commission on Health Employment and Economic Growth2016https://www.who.int/hrh/com-heeg/en/


The health workforce in times of Covid-19

DussaultGilles1

[1] Global Health and Tropical Medicine Instituto de Higiene e Medicina Tropical Universidade Nova de Lisboa


There will be a “before” and an “after” Covid-19 for the health workforce. The sanitary crisis exposed the fragility of health care systems and their lack of preparedness to cope with such a shock. It made visible the critical role of health workers in addressing such a challenge.

Before the epidemics came, in most countries, rich and poor, there were deficiencies in the health labour market, such as worker shortages -in some cases due to losses to emigration-, occupational-mix imbalances, geographical inequitable distribution, education programs not well aligned with the needs of services, and weak governance, regulation and management. At least since 2004, there have been alerts to the existence of a human resources for health crisis[1,2], and yet, decision-makers generally gave it little attention, even though their country had formally committed to universal health coverage. The 2020 pandemic has been a wake-up call and ensured that now no one ignores that the capacity and performance of healthcare systems depend primarily on their workforce.

Since the beginning of the crisis, health workers, everywhere, showed an exceptional dedication and capacity of adaptation to the unprecedented context. Those on the front line in intensive care units were more in view, but those who provide less spectacular, but essential, services, such as maintaining the care environment free of pathogens or simply transporting patients, also responded admirably. Many paid a heavy price, putting their health and, in some cases, their life at risk. The population and political authorities applauded, virtually and literally. It is a much deserved and appreciated form of recognition, but what workers really need is action to address issues of heavy workloads, low remuneration, poor career prospects, and of difficult working conditions.

There are already signs that the post-Covid health workforce will be different. For example, remote consultations increased noticeably as the crisis evolved, and practitioners and patients adapted well to this new way of interacting. It is conceivable that teleconsulting, ehealth and mhealth will become standard for the provision of services such as follow-up consultations, alerts to patients for therapeutic guidance, or monitoring medication adherence. This implies that the need for training current and future health care providers to use these tools competently. New roles are likely to appear to assume related functions still not yet known. Another change may result from the preference of older persons to avoid nursing homes, which were the epicenter of the epidemics almost everywhere. Demand for domiciliary care will therefore augment and, so will demand for workers specifically trained to provide these services.

The crisis also showed that rigid definitions of roles were not appropriate in a crisis context. Flexibility and the use of the full potential of all categories of workers are required. There is already pressure to revise the regulation of scopes of practice and to allow for the expansion of the functions of nurses, pharmacists and others, as has already occurred in a number of countries[3]. In consequence, the division of tasks between the various health occupations may significantly change in the near future.

Policy-makers and planners face the challenge to decide now how to ensure that their country’s health workforce aligns with the future service needs of the population. To that end, they must have a clear vision of the desired future health care system and of the founding values that will guide its organization and functioning. For instance, the pursuit of universal health coverage implies the strengthening of equity of access and financial risk protection, to tackle the sysable inequities that the crisis has revealed. There is equity when all members of a population have access to health workers, irrespective of capacity to pay and without any form of discrimination (social status, ethnic origins, religion, sexual orientation, etc.). Equity also means access to health workers modulated in function of the importance of the need, e.g. urgency of the need or the gravity of the health problem and to the same quality of service for the same type of need. Strong and accessible primary care services, and the right kind of workforce to provide them are the surest path to universal coverage[4].

More generally, the education and the work conditions of the health workforce of the future need to change, in response to demographic, epidemiological and technological change, and to the expectations and demand of populations for better access to quality services. In addition, planners need to understand and take into account how new workers will behave in terms of choice of area of work, of practice location, of workload they are prepared to accept, in an increasingly global health labour market.

In the Americas, many countries have started moving in the right direction in reaction to the Covid-19 epidemics, for instance by improving remuneration, working conditions, including safety and protection and access to additional training, and by facilitating the integration of new workers in the labour market, notably at primary care level[5]. Similar initiatives have taken place in the rest of the world. While this should be commended, governments must continue to progress in that direction. Their task is to work towards building a more efficient composition of the workforce, namely by balancing the proportion of nurses to physicians and fostering collaboration between workers at different levels of care. It is to ensure the quality of education and practice, through mechanism like independent accreditation and organizations like effective professional councils. To do so, they must strengthen their capacity to regulate, plan and manage the health workforce, with a view to ensure it provides the services that meet the needs and expectations of the population.

The probability of succeeding will augment if planners have access to reliable information databases, such as National Health Workforce Accounts[6], if there is support from the main stakeholders, and if there are sufficient resources available, all of which require string political commitment at the whole government level. In recent years, there has been advocacy in favor of spending more on the health workforce, by arguing that if is done wisely, it is not a mere cost, but a sound investment[7].

Now that the Covid-19 crisis, amplified by the health workforce deficiencies, has generated a global economic crisis, decision-makers may be more likely to listen to this message.