Una escritura poética en duelo con la muerte

Autores/as

  • Nelson Romero Guzmán Universidad del Tolima, IDEAD

DOI:

https://doi.org/10.17533/udea.lyl.n88a15

Palabras clave:

Albañil, Alfonso Rubio, poesía colombiana, Duelo, muerte

Resumen

Reseña del poemario Albañil (2004) del colombiano, Alfonso Rubio.

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Citas

Bachelard, G. (1997). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica

Blanchot, M. (2002). El espacio literario. Editora Nacional

Lezama L., J. (1992). Imagen y posibilidad. Editorial Letras Cubanas.

Paz, O. (1998). El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica

Rubio, A. (2024). Albañil. Programa Editorial Universidad del Valle.

Publicado

2025-06-25

Cómo citar

Romero Guzmán, N. (2025). Una escritura poética en duelo con la muerte. Lingüística Y Literatura, 46(88), 286–291. https://doi.org/10.17533/udea.lyl.n88a15

Alfonso Rubio es autor de varios libros de poesía, entre ellos Corazón cargado (1994), Liebres (2003). El poemario titulado Albañil (Programa Editorial Universidad del Valle, 2023), del cual me ocuparé en esta reseña crítica, el autor recurre a poema en prosa, todos de extensión breve donde su producción creativa se densifican con el recurso del símbolo que permite abrir múltiples sentidos de lectura, de ahí que este poemario sea rico en la elaboración de un arte poética y ahí resida su mayor fuerza creativa.

El título de este libro alude al albañil como el oficial de obras de construcción de viviendas, que también las reforma o las repara, lo cual es un anuncio clave para su recepción. Por lo menos, en mi lectura personal, esta clave se despliega en dos momentos: por una parte, la escritura en duelo con la muerte como resurrección del padre a través de la imagen poética; por otro lado, la presencia de un arte poética que Alfonso Rubio construye a partir de la reflexión sobre la escritura en la escritura, una tendencia fuerte que hoy sigue la poesía como herencia de la modernidad. Son estos dos tópicos bien interesantes del libro que me propongo resaltar dentro de las posibles lecturas que despliega su obra.

Albañil, desde su nombre directo y sencillo, es un poemario estructurado en dos partes: Oxígeno y Se morirán lejos de ti jardines; es una producción de 52 poemas en prosa, cuyo inicio con las voces a modo de epígrafe de William Blake y Giorgio Caproni auguran una evocación al padre, al hombre solitario y a la muerte. Con base en lo anterior, en este libro se alude al difunto padre del poeta; desde el primer sustantivo puesto en el título se encarga de desplegar todo el sentido de lectura, como metaforización de la resurrección y el retorno a la casa familiar del padre ausente, gracias a la función de la memoria que reordena los signos en una poética del espacio que juega con la belleza y el vacío, pero también con la escritura paradójica de afirmación de la vida y negación de la muerte, en una suerte de lucha de contrarios, donde se establece un diálogo dual en que el poeta combate para levantar el milagro poético entrevisto como resurrección. Bien lo dice José Lezama Lima (1992), en su ensayo Del aprovechamiento poético, que la poesía es lo inanimado entrecruzado con lo orgánico, pues lo inanimado es «levantado por el milagro de la poesía» (p. 193). El mismo Lezama (1992), retoma en otro de sus lúcidos ensayos, el trabajo de resurrección de la poesía: «La resurrección: se siembra en un cuerpo material, pero se renace en un cuerpo espiritual», ya que el poeta «es el ser que crea la nueva causalidad de la resurrección» (p. 135). Toda esta evocación de Lezama para decir que, en primera instancia, Albañil de Alfonso Rubio es la resurrección del padre albañil por la palabra del hijo poeta, en el terreno de la imagen, para retornar a ese diálogo de mundos paralelos del cual se refirió anteriormente: La vida y la muerte, la escritura y la resurrección por el milagro de la poesía. Para lograrlo, el poeta crea en el libro, casi de manera inconsciente, su propia fórmula poética, tal como en su poema «Orientación»: «Un tipo de escritura para un espacio que se evapora» (Rubio, 2024, p. 54), que alude al espacio habitado por quien ya no es y que el poema hace retornar.

También se trata de la muerte, su vacío o su evaporación trasvasado en el tiempo de la memoria, con resonancia semántica a lo largo de los poemas del libro. Aparece, entonces, una imagen tensionada: la escritura en duelo con la muerte, pues sabemos que la presencia del padre es la del difunto que se sobrepone a lo imposible para retornar a la casa, al hijo, a sus labores, a través de la escritura como resurrección. De esta manera, en el poema «Sueños», el poeta acepta con recelo la cercanía del padre ausente: «Acércate a mí, pero no vuelvas al mundo» (Rubio, 2024, p. 37). Valga aludir a Maurice Blanchot (2002), quien, en algún lugar de su obra El espacio literario, expresa: «Quien muere no puede quedarse» (p. 228). Es la conciencia de la pérdida, en el caso del libro Albañil, recuperada por la resurrección como vuelta o retorno gracias a la imagen (del padre), al mundo donde la casa vuelve a abrir sus puertas, esta vez, para la escritura.

Ese trabajo de la poesía en Albañil, vela para que la albañilería se labre dentro de la metáfora y a su vez logre encargarse de trasladar el despojo de la imagen a los lugares evocados del entorno familiar afectivo y espacial. Sin más, el poeta Alfonso Rubio con Albañil (2024) enfatiza en ese vaso comunicante que es la escritura con la muerte, ya no como medio para la pura designación del nombre, sino para hacer aparecer el espacio vivo del hombre: «Un tipo de escritura para un espacio que se evapora» (p.12), es decir, que solidifica la ausencia, la retrotrae a la presencia haciendo vivo lo que dice, ¿no es una de las afrentas de la poesía disolver el vacío hasta hacerlo visto, palpable en la escritura?

Para mostrar la elaboración poética del libro Albañil, cualquiera de sus textos nos pone en relación con el espacio abolido de la muerte y a su vez rescatado por la imagen. Por ejemplo, cito el siguiente poema:

Duraznos

Lejos, la misteriosa debilidad de los rostros, lejos. Una parcela sin rosas, un arroyo muerto, el miedo de los cangrejos a la sombra que se acerca. Adiós, hermosos duraznos de primavera de tu santuario de mármol; adiós, hermosa razón de tu ser, ahínco de la pequeña tierra

(Rubio, 2024, p. 15).

A través del símbolo de los duraznos, el poeta evoca analógicamente el despojo del padre y el jardín que sustentó al árbol frutal de su vida. Por eso el poema titulado «Duraznos», resulta bello por su tono fúnebre que retoma la forma del treno con el uso de la anáfora, para designar el espacio baldío de la muerte; de esta manera, el poema en su lamentar resucita en el lugar donde el ser del padre estuvo y ahora se hace lejanía: «una parcela sin rosas, un arroyo muerto», que fuera «ahínco de la pequeña tierra». El padre da voz a la poesía a través del hijo para despedirse de la vida metaforizada en los duraznos.

Albañil nos remite a una poesía íntimamente laboriosa, que se realiza no por la pulsión de la metáfora suelta, no por el asombro chispeante de la línea del poema, sino en el reposo y la espera que exige la escritura, como en el poema «Furtivos»: «Esos días se adaptaban al ámbito de un lector que pisa tierras ajenas, un nómada que caza furtivamente sobre campos y lomas que no se han escrito» (Rubio, 2024, p. 20). La del lector como nómada de un lugar no escrito, es una referencia clave al poema como obra para ser completada por el lector, quien la habita a su manera. Por eso invito a los lectores a detenerse más en el todo del libro que en la parte o poema suelto a la hora de abordar Albañil.

Por otra parte, el libro de Alfonso Rubio reconstruye el lugar de enunciación como morada familiar en el que la escritura revive al padre, quien finalmente representa la voz mayor del libro, tanto que esa voz de la escritura en duelo con la muerte, resucita el tiempo y el espacio anulados. En contraste con el vacío, cada texto devuelve imágenes bellas y duraderas, como la pincelada de la siguiente línea del poema «Patio»: «Alguien empuja el tiempo y hay pétalos blancos en el aire que descubren tus sueños» (Rubio, 2024, p. 46). Queda en la memoria del lector, el aroma de la imagen simbólica del tiempo, esparciendo en el aire pétalos blancos, que a su vez nos remite a Octavio Paz (1998), quien al final de su ensayo «Imagen», afirma: «La poesía es entrar en el ser» (p. 113). En el caso del libro Albañil, la poesía entra en el ser del otro, del lenguaje, de la vida y de la muerte, donde el hijo presta su cuerpo al padre para ser apenas albergue de lo transitorio.

El poeta y crítico chileno Pedro Lastra, escribió en el año 1983 un artículo interesante que propone varias características tendenciales de la poesía hispanoamericana del momento, con vigencia hasta hoy. Dentro de esas características, destaca «la reflexión de la literatura dentro de la literatura» que corresponde a las llamadas «Artes poéticas». Pensar la poesía dentro del poema, es una actitud frecuente del poeta de hoy. Alfonso Rubio no escapa a esta tendencia, bien pronunciada en su libro Albañil; por eso mi interés en explorarla. Todo este libro, si se quiere, construye un arte poética del escribir y el leer. Rubio aprovecha la evocación del padre y su oficio de albañil, para aproximar al poeta como hacedor de una obra por el lenguaje. Esta propuesta de lectura resulta rica y variada, porque cumple con la función de la poesía de decir lo otro, más allá de la designación real del mundo. Para la elaboración de un arte poética, Rubio se vale de la analogía como recurso de la imagen para reconciliar los contrarios, según el principio de semejanza. Escribir equivale a construir, levantar una casa de palabras para convocar a sus moradores ausentes; se trata de una casa poética vuelta a la vida por el lenguaje.

En este sentido, el poema titulado «Mapa» es contundente: se construye una poética del espacio, del «espacio feliz» (p.21) como diría Gaston Bachelard (1997). La casa figura como el mapa del «hábil cartógrafo», hecha de «un código de signos hospitalarios» (p. 36); entonces, la casa funda la escritura. En esa casa de signos, aparece el lector: «Sigo mirando el mapa para entenderlo» (Rubio, 2024, p. 36). En ese espacio, todo lo embellece la imagen simbólica: la luna que se mueve, el olor de los geranios, la rosa del viento entre las manos, la visión aérea. Por eso, el libro de Rubio no es un simple homenaje al padre albañil, sino que traspasa esta labor cotidiana al oficio del poeta y del lector. La escritura funda la casa y la casa es elevada a un espacio cósmico.

El mapa

La casa es el mapa de un hábil cartógrafo con ventanas transparentes al mundo. Un código de signos hospitalario. Un espacio confiable donde las noches, cuando las puertas se abren y un olor a geranios. Un espacio vacío donde las almas no pueden ser el tiempo; la luna se mueve, no hay espera posible que mida su recuerdo y el silencio, cuando tus sentidos ocultan las palabras. No dices nada y estás ahí, con la rosa del viento en las manos. Sigo mirando el mapa para entenderlo. Mi pensamiento ahora, tal vez desde una distancia que se hace visión aérea, solo busca silencios

(Rubio, 2024, p. 36).

La misma metamorfosis del espacio del constructor al espacio poético del cosmos ocurre en el poema titulado «Constelación», donde «la palabra fija sostiene la lluvia y nos cobija» (Rubio, 2024 p. 18). Así, el padre evocado da forma a la casa, como el poeta da forma al poema, marcando de esta manera una constante reiteración del ars poética como reflexión de la literatura dentro de la literatura. Alfonso Rubio, en otro aliento de su escritura, hace referencia al padre albañil con relación al oficio visceral del poeta, su entrega, esfuerzo espiritual y hasta sacrificio corporal para hacer la obra con humildad. El trabajo más la inspiración dan como resultado la obra. El poema «Añoranza» muestra al poeta laborioso, como el albañil luchando con los materiales de la construcción, entregado a su obra: «Unas manos curtidas, signos de la materia y la herramienta; el trazo de la sabiduría, genio y firmeza para no hundirte en miserias, rumiando palabras y propósitos que edificaban una conciencia indestructible y equilibrada de obras ásperas y hermosas» (Rubio, 2024, p. 60).

La casa, el padre, el hijo, la muerte, el jardín, el vacío, el silencio, etc., van dando forma a su semántica plural y enigmática, elaborando imágenes bellas, para entregarnos un libro de lenguaje erguido: «la muerte es reincidencia de un diario sin hojas», dice en el poema «La flor del espliego» (Rubio, 2024, p. 64). En fin, este comentario apenas abre el libro como una provocación para lecturas que lo irán enriqueciendo en el transcurso del tiempo.

Referencias

  1. (). . . Fondo de Cultura Económica. .
  2. (). . . Editora Nacional. .
  3. (). . . Editorial Letras Cubanas. .
  4. (). . . Fondo de Cultura Económica. .
  5. (). . . Programa Editorial Universidad del Valle. .