Xi Jinping frente a la “Segunda Generación de Políticas Étnicas” ¿continuidad o cambio?*

Rubèn Llorens Poblador

Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, España**

Recibido: 20/03/2024

Aprobado: 11/09/2024

Resumen

Este trabajo ofrece una aproximación a las políticas étnicas de la República Popular China y, más concretamente, a su desarrollo bajo el mandato de Xi Jinping. Particularmente, el objetivo de esta investigación es entender hasta qué punto Xi ha alterado la relación de la RPC y sus distintas minorías étnicas reconocidas, sobre todo, desde que se empezara a expandir entre la intelectualidad china la idea de que una “segunda generación” de políticas étnicas era necesaria. Así pues, el artículo analiza los cambios acaecidos en este ámbito desde 2013 y, a su vez, trata de evaluar en qué medida las nuevas políticas étnicas se inscriben en una lógica continuista o, por el contrario, suponen un verdadero cambio.

        Palabras clave: República Popular China, Xi Jinping, políticas étnicas, minorías étnicas, asimilación.

Abstract

This work offers an overview of China’s ethnic policies, specifically focusing on their development under the leadership of Xi Jinping. The primary objective of this research is to understand the extent to which Xi has altered the relationship between the People’s Republic of China (PRC) and its various recognized ethnic minorities, especially, since some Chinese intellectuals began to advocate for a “second generation” of ethnic policies. The article analyses the changes that have occurred in this domain since 2013 and aims to evaluate whether the new ethnic policies represent a continuation of existing patterns or signify a genuine transformation.

        Keywords: People’s Republic of China, Xi Jinping, ethnic policies, ethnic minorities, assimilation.

Introducción

La República Popular China (RPC) es un Estado multiétnico y, de acuerdo con su Constitución de 1982, es un “Estado unitario multinacional, fundado conjuntamente por el pueblo de todas sus nacionalidades.”1 (China (People’s Republic of) 1982 (rev. 2018), 2018). Cuenta, de hecho, con 56 grupos étnicos reconocidos oficialmente (Escalante, 2022). Estos se dividen entre la etnia mayoritaria, la han2, que agrupa al 92% de la población de China, y el resto de 55 minorías étnicas o nacionales (Leibold, 2013), cuyas poblaciones varían entre los pocos miles de la etnia lhoba y los casi 20 millones de los zhuang (Hein y Usi, 2009).

Sin embargo, se debe recalcar también que la mayoría de estas etnias se hallan en un estado de integración o incluso asimilación que no les permite ser percibidas como verdaderos desafíos para el Estado chino (Escalante, 2022). Otras, sin embargo, no se han visto tan concernidas por el sentimiento de pertenencia nacional chino (Leibold, 2013) por variopintas razones (lingüísticas, religiosas, geográficas y económicas, entre otras), llegando a suponer verdaderos obstáculos para la “armonía nacional” (Escalante, 2022). Tales serían los casos de las minorías uigur y tibetana, así como, en menor medida, de los hui y los mongoles, e incluso de los kazajos (Escalante, 2022; Hein y Usi, 2009; Leibold, 2013).

Hablar de multietnicidad en China no es, sin embargo, limitarse necesariamente a las últimas décadas; al contrario, se trata de un “desafío constante para los responsables políticos chinos”3 (Leibold, 2013, p. 1). De hecho, el propio Confucio defendía ya, como poco, 2000 años antes de que se pudiera empezar a hablar de Estado-nación, la necesidad de incluir y asimilar pacíficamente a los “bárbaros” (manzu) de acuerdo con las costumbres y tradiciones de la cultura de las tribus y clanes “iniciales” que se tornarían en lo que es actualmente la etnia han (Escalante, 2022).

Sin embargo, será el momento de la transición de Imperio a Estado-nación, a principios del siglo XX, el que determine la construcción de una nación moderna reconocidamente multiétnica. Así pues, el fin del Imperio no pudo justificar una desintegración de la unidad territorial, al ser sucedido por la “República de las Cinco Razas”, que situaría “la integridad territorial y la unidad como uno de los intereses nacionales más altos.” (Escalante, 2022, p. 104). En aquel momento, la armonía de las cinco “razas” (manchú, han, mongola, hui y tibetana) consiguió erigirse en principio hegemónico de todas las facciones de poder de la época.

No obstante, el descuido de lo étnico por parte de los nacionalistas del Kuomintang4, quienes aspiraban a una homogeneidad subordinada al reconocimiento de la superioridad han, algo que les acabaría generando una crisis identitaria por su incapacidad integradora con respecto a las minorías, fue una valiosa lección para el Partido Comunista de China (PCCh). El PCCh, el actor político que se encuentra detrás de todas las políticas públicas –y, por ende, también las étnicas– llevadas a cabo en China desde la creación de la República Popular en 1949, ha sabido mantener en su discurso el reconocimiento de la pluralidad étnica y/o nacional del Estado de acuerdo con un principio de “unidad en la diversidad”. De hecho, el propio nombre de la RPC, en mandarín Zhonghua Renmin Gongheguo se vale del concepto Zhonghua, que da una definición multiétnicamente inclusiva de la nación china (Escalante, 2022).

De este modo, las políticas étnicas modernas de la RPC, enraizadas en la tradición marxista-leninista, promueven, al menos, teóricamente, la preservación de la diversidad étnica y el avance de cada grupo minoritario hacia la modernidad socialista, en sus propios términos y ritmos, bajo la guía del Estado (Leibold, 2013). Pero todo esto no está reñido con la pervivencia del llamado chovinismo5 han, contra el cual el preámbulo de la Constitución de 1982 llama a combatir, sin olvidarse tampoco de otros “chovinismos” locales (China (People’s Republic of) 1982 (rev. 2018), 2018).

En efecto, a pesar de que las condiciones puedan exigir una coexistencia –o aun una segregación– pacífica, los han se autoperciben, por lo general, como una raza-nación a cuyas normas deberían adaptarse en última instancia los demás pueblos de China (Leibold, 2013). Por esta razón, en la práctica, la situación multiétnica genera tensiones que, de hecho, han llegado a manifestarse de forma particularmente violenta durante las primeras décadas del siglo XXI (Hein y Usi, 2009). Por este motivo la intelligentsia del país comenzó a inquietarse acerca del desmembramiento de la RPC, generando una suerte de consenso en la inquietud entre la izquierda y la derecha. Esta agitación se tradujo en una potente crítica a las políticas públicas étnicas del PCCh, que fueron consideradas como fallidas u obsoletas por una serie de intelectuales que pusieron el grito en el cielo haciendo una llamada a una “segunda generación de políticas étnicas” (Leibold, 2013).

Ahora, una década después de la llegada de Xi Jinping al Secretariado General del Comité Central del PCCh y a la Presidencia de la RPC, ya tenemos perspectiva suficiente como para responder a toda una serie de cuestiones. ¿Responde la política étnica de Xi a las demandas formuladas por los defensores de la llamada Segunda generación de las políticas étnicas? ¿La política étnica de Xi representa un viraje con respecto a la de Hu Jintao y sus predecesores? ¿Qué continuidades encontramos en la política étnica de Xi y su sueño chino?

Metodología

El desarrollo de este estudio se plantea a partir de la siguiente hipótesis de trabajo: la supremacía de la etnia han sobre las demás, aunada a los proyectos unificadores de los anteriores gobiernos y a la aparición de la Política Étnica de Segunda Generación en la academia, hace que la política étnica de Xi Jinping sea de carácter continuista incremental y no de cambio. De este modo, la variable dependiente que se estudiará es la continuidad incremental o el cambio en la política étnica de la RPC. Asimismo, las variables independientes con las que se trabajará son: el chovinismo han, el proyecto de unificación étnica de los gobiernos anteriores a Xi y la aparición de la llamada Segunda generación de políticas étnicas.

En segundo plano, me fijaré también en la diferencia entre lo formal y lo fáctico. Significa esto que prestaré asimismo atención a la continuidad y cambio en lo anunciado formal y discursivamente por Xi.

Los métodos de investigación que se usan en el presente trabajo son de tipo cualitativo comparativo y se basan en la revisión de literatura especializada, particularmente ensayos, investigaciones y estudios realizados por otros autores, si bien se recurre a algún texto jurídico. Las fuentes utilizadas son escritos tanto de autores chinos como de otras nacionalidades, aunque, de entre todos ellos, tal vez destaque una figura en cuyos trabajos me he apoyado especialmente: James Leibold.

Es importante precisar que esto no es un trabajo de investigación en Derecho y que, por lo tanto, si necesariamente recurre a ciertas leyes y artículos o principios constitucionales, el contenido de estos no va a ser el objeto central de esta investigación. Son, más bien, los outputs y los outcomes de las políticas públicas aquello que me interesa.

La realidad de la política étnica del PCCh antes de Xi Jinping (1976 – 2012)

Al menos sobre el papel, las minorías étnicas de la RPC tienen amplios derechos. Así lo reconoce la Ley de Autonomía Regional Étnica de 1984 y, por supuesto, la Constitución de 1982 (Leibold, 2013) cuyo artículo cuarto establece la igualdad de todas las nacionalidades del país (Escalante, 2022). Sin embargo, bastaría con consultar artículos de prensa de, por ejemplo, la década del 2000 para darnos cuenta de que el cumplimiento real de estos compromisos, a priori, conciliadores y respetuosos con la diversidad, se ponía ya en tela de juicio (Hein y Usi, 2009).

La política étnica “tradicional” o de “primera generación” de la RPC encuentra sus bases en el marxismo-leninismo y, por ende, en la Unión Soviética (Leibold, 2013), pero se trata de una adaptación de esta teoría a las “características chinas” y, por ello, se ha rechazado un formato federal para la República Popular. Además, tampoco deberíamos creer que se ha mantenido estable a lo largo del tiempo. Más bien al contrario, pues ha habido períodos de alternancia entre una doctrina basada en la acomodación y la protección de la diferencia y otra basada en la centralización y el integracionismo (Leibold, 2015). Pero, en general, siempre se ha entendido, desde una óptica leninista, que los distintos grupos étnicos o nacionales deben avanzar a su propio ritmo hacia la consecución de la meta compartida del “socialismo y la armonía” y que deben hacerlo con el apoyo y el liderazgo de la mayoría han, considerada como más avanzada, y del PCCh, quien debería dar espacio y tratos preferenciales a las minorías para fomentar la confianza y el entendimiento mutuo necesario para llegar a la integración nacional (Leibold, 2019).

Esta visión particular explicaría los tres pilares interconectados que identifica Leibold (2013) en materia de políticas públicas de etnicidad: identificación y clasificación de los grupos étnicos; sistema de autonomía regional étnica; trato preferencial. Si bien el mismo autor reconoce que, seguramente, estos pilares nunca han contado con un nivel de implementación total, también dice que, tras la muerte de Mao en 1976, su cumplimiento sí se ha visto reforzado.

Así pues, existen en la RPC una serie de políticas de acceso preferencial para minorías al empleo, a la educación superior y a ciertos cargos políticos. Del mismo modo, se reconoce a estos grupos el derecho de preservar sus culturas, lenguas y religiones, sin olvidarnos de las excepciones de las que disfrutan estas minorías a la hora de cumplir algunas restricciones legales o en el pago de impuestos. Además, también se ha puesto el foco en la necesidad de potenciar el desarrollo económico de las regiones pobladas por minorías6 (Leibold, 2013).

Esto último es algo que se ha tenido muy en cuenta desde el PCCh, ya que, desde antes de la fundación de la RPC, estos territorios eran los más subdesarrollados y desiguales. Es por ello que, más allá de las medidas administrativas, se ha promovido este desarrollo económico y la implantación de un discurso oficial que, cautelosamente, gira en torno a la idea de la unidad nacional y la equidad de todas las etnias. Se trata de un discurso nacionalista particularmente interesante porque conjuga la equidad y el reconocimiento a la diversidad. Ciertamente, en mayor o menor medida, tanto el discurso nacionalista como el desarrollo socioeconómico tienen que haber contribuido al aumento del orgullo nacional chino entre la población perteneciente a minorías étnicas (80% entre 1989 y 1993, contra 91% entre 2017 y 2020) (Escalante, 2022).

Sin embargo, como se puede entrever al calificar de “cauteloso” al discurso nacionalista, este siempre ha tratado de proyectarse de manera tal que no pareciera preconizar una asimilación cultural de las minorías. Ahora bien, la idea firme de cohesión nacional ha estado presente en el discurso de líderes como Jiang Zemin o Hu Jintao, y, naturalmente, ha habido interpretaciones de estos discursos que los han visto como instigadores de una “asimilación negativa”7. Entre otros aspectos que propician esta interpretación, se podría argüir la aspiración integracionista que subyace en la idea de potenciar el aprendizaje del mandarín; si bien este se suele justificar con el fin de que las minorías participen más activamente del desarrollo económico y la modernización, en teoría, no debería contradecirse con la preservación de las demás lenguas y costumbres (Escalante, 2022).

Más allá de las continuidades que presente en el tiempo el discurso nacionalista del PCCh, podemos identificar dos fases en lo que a política étnica se refiere en el intervalo temporal entre el mandato de Mao y el de Xi. La primera, compuesta por la era Deng (1978-1989), se caracterizó por ciertas mejoras en las relaciones entre las minorías y los han. Es reseñable la aprobación de la Ley de Autonomía Regional Étnica (1984) y la mayor tolerancia que hubo en esos tiempos hacia los grupos étnicos minoritarios y el respeto hacia sus tradiciones religiosas y culturales. Todo esto se tradujo en la reapertura de templos y monasterios que habían sido reprimidos y en la inclusión del pluralismo lingüístico en el sistema educativo.

Después, en la segunda fase, llegaría primero la era Jiang (1989-2002), que sería dominada por una figura, Jiang Zemin, que no destacaba por sus principios ideológicos en lo referido a la cuestión étnica, sino más bien por su interés en mantener la estabilidad política y el desarrollo económico. Sin embargo, el estallido de unos disturbios religiosos en Sinkiang en 1990, interpretados por el Partido como un intento de instaurar un estado uigur independiente, supuso una presión añadida por parte de las élites del PCCh hacia Jiang, la cual se tradujo en niveles de represión étnica muy considerables (en términos de movilidad, por ejemplo) y en el incremento de funcionarios han en la administración regional. En la misma segunda fase se inscribe la era Hu (2002-2012), de la que tampoco se esperaban muchos cambios y que, al persistir las tensiones étnicas durante sus dos mandatos, así como la presión interna en el PCCh, y al aumentar el chauvinismo han entre la opinión pública, mantuvo la lógica asimilatoria de la era precedente (Jamel y Lena, 2021).

A la vista de toda esta información, es difícil negar que la cuestión étnica es de alta importancia para la RPC y para el partido-Estado. De hecho, los residentes de China deben dar cuenta de su categoría étnica en todos los documentos oficiales y esta figura incluso en su carné de identidad. Ahora bien, tampoco debemos confundir la existencia de políticas étnicas de discriminación positiva y desarrollo económico con el hecho de que exista una igualdad interétnica efectiva. Lo cierto es que las minorías étnicas –particularmente las comunidades rurales de uigures y tibetanos, las etnias más “conflictivas”– siguen estando significativamente por debajo de la mayoría han en prácticamente todos los estándares de desarrollo y bienestar. Esto podría explicar la menor afinidad que sienten con los han las comunidades más afectadas. Y, por supuesto, conociendo los violentos disturbios étnicos que se produjeron en Lhasa (Tíbet) y en Urumqi, en 2008 y 2009 respectivamente, parece obvio que la política del PCCh no ha sido generalmente apaciguadora de estas tensiones (Leibold, 2013).

Los alegatos a favor de la “Segunda Generación de Políticas Étnicas”

A mediados de la década de los 2000 empezaron a levantarse una serie de voces que pretendían poner de manifiesto la obsolescencia de las políticas étnicas del PCCh. Académicos, legisladores y pensadores influyentes empezaron a generar una controversia sin precedentes en torno a la falta de unidad nacional y cohesión interétnica, la cual se atribuyó a la política imperante, que habría dado demasiada fuerza a los derechos y a la autonomía de las minorías (Elliott, 2015; Leibold, 2013). La voz más importante y pionera sería la de Ma Rong, profesor de sociología en la Universidad de Pekín al que se suele identificar como neoconservador, aunque sus opiniones en temas de identidad se adscribirían más al pensamiento liberal clásico.

Ma, temeroso acerca de un posible desmembramiento de China al más puro estilo soviético o yugoslavo, fue de los primeros en reclamar ajustes urgentes que pudieran evitar un final fatal para la RPC. Mostrándose muy crítico con las políticas que se estaban llevando a cabo desde varias décadas, denunció la fragmentación que estas habrían potenciado a través de su idea de que existen dos Chinas: una con escuelas “ordinarias” en mandarín y otra con escuelas minzu en los idiomas locales, algo que, si bien ayuda a proteger estas lenguas, aísla a las minorías del común de la sociedad y del desarrollo moderno. Se esgrimieron también argumentos demográficos para defender esta idea de la división, poniendo de manifiesto el reducido número de matrimonios interétnicos (Leibold, 2013).

No sería fácil decir hasta qué punto lo que propugna Ma Rong, quien ni siquiera es de etnia han, sino de etnia hui, es un modelo de asimilación étnica, pero el formato que defiende es el de un melting pot al estilo estadounidense (Ma, 2017). Ciertamente, ha insistido en la preservación de la herencia cultural de China (Leibold, 2013), pero, al fin y al cabo, defiende una integración de todas las etnias en una Zhonghua minzu8 compuesta por un “pueblo chino” indivisible y no compuesto por decenas de grupos diferenciados (Elliott, 2015). Sin embargo, como diría Beltrán Antolín (2021, p.24): “resulta complicado diferenciar la identidad nacional china de la identidad del grupo mayoritario y dominante (Han), a la que, a menudo se la suele asociar”.

Asimismo, según Leibold (2013, p. 14), “para Ma Rong, sin embargo, lo que para otros se llama hanificación es simplemente el inexorable proceso de modernización”9. Por otra parte, el discurso de Ma ha permeado todo el espectro político10, de modo que sus ideas han sido retomadas por figuras tales como Hu Angang, un nacionalista de centroizquierda que dirige uno de los think tanks más importantes del país y que es un reconocido e influyente consejero de políticas públicas (Leibold, 2013). Hu Angang, conocido en este campo por su trabajo con Hu Lianhe, junto al cual creó el concepto de “segunda generación de política étnica”, sí que parece abogar directamente por una asimilación rápida de las minorías étnicas en una Zhonghua minzu que sería, a la práctica, el sinónimo de la Han minzu (Elliott, 2015).

Hu y Hu (2011) también se han inspirado en el modelo del melting pot estadounidense, pero se han fijado igualmente en Brasil, "paraíso para la integración étnica […] que aboga más claramente por la asimilación”11 (Hu y Hu, 2011, p. 2) y en la India, país que, según ellos, no se ha involucrado en la identificación étnica, sino en enfatizar la existencia de una única nación y en promover la identidad de esta a través de políticas lingüísticas y demás medidas de asimilación cultural.

De este modo, si la radicalidad o la prisa de Ma Rong es moderadamente discutible, Hu Angang y Hu Lianhe proponen directamente lo siguiente: la eliminación de todos los derechos y obligaciones basados en criterios étnicos (en pro de criterios individuales de ingresos); la implementación de medidas que favorezcan los lazos y las interacciones económicas entre las minorías étnicas y el resto de la ciudadanía; focalizarse en integrar a las distintas tradiciones étnicas dentro de una identidad y de una cultura cívica colectivas; y favorecer la movilidad y potenciar la llegada de población extranjera que permitan forjar una identidad menos centrada en aquello han para la RPC (Leibold, 2013).

Podemos ver, entonces, que ellos tampoco perciben, al menos de cara al público, la asimilación como el triunfo definitivo de los han sobre los demás. Tal vez esta elección discursiva se deba a la mala prensa que tiene el chovinismo han, condenado tanto por la Constitución de 1982, como por Mao Zedong, Deng Xiaoping, Hu Yaobang, e incluso Xi Jinping (Beltrán Antolín, 2021). Sin embargo, a la práctica, cuando se defiende una unificación nacional, todo parece conducir a una imposición de lo han sobre lo “minoritario”. Así, cuando Zhu Weiqun advoca por una “fusión” que no debiera ser confundida con una “asimilación”, no deja de promover también una substitución lingüística a favor del mandarín (Elliott, 2015) que, a la hora de la verdad, recuerda más a un proceso de asimilación que a cualquier otra cosa.

Como hemos podido ver, el temor de una desintegración estatal siempre subyace en esta crítica y se pretende pasar de una conciencia minzu-zuqun a un sentimiento de pertenencia nacional (Leibold, 2013). Ciertamente habría sido difícil afirmar que todo funcionaba perfectamente en la política étnica de la RPC, sin embargo, esto es precisamente lo que, al menos públicamente, hizo el PCCh (Elliott, 2015). De este modo, las tensiones étnicas se “vendieron” desde el Partido como la consecuencia directa de interferencias extranjeras que han auspiciado a grupos separatistas (Leibold, 2013) y extremistas religiosos (Elliott, 2015) para dividir y frenar el avance de China. Sin embargo, esta idea no ha tenido en ningún momento demasiado recorrido más allá de las élites del partido-Estado e, incluso dentro de estas, se empezaron a oír voces individuales que defendían la necesidad de adoptar un nuevo rumbo en las políticas étnicas del país.

Al mismo tiempo, parecía bastante claro que el que fuera a suceder a Hu Jintao no lo tendría todo de su parte para introducir grandes cambios, puesto que las políticas de Hu serían defendidas por sus protegidos de la sección Tuanpai y por el establishment minzu, que cuenta con unos 5 millones de miembros del Partido y se ha mostrado siempre muy reticente a estos posibles cambios (Leibold, 2013). Cuenta, además, –el establishment– con el apoyo de académicos (algunos de los cuales son de origen no han y, por ende, temen el fin de las demás identidades) (Elliott, 2015) que se oponen a las aspiraciones asimilatorias de los reformistas. Aunque también se debe mencionar la existencia de opiniones más moderadas o intermedias que defienden ciertas reformas que permitan seguir manteniendo el sistema étnico, pero con la corrección de sus fallos más flagrantes (Leibold, 2013).

Más allá del debate político, las ideas de Ma Rong también han sido criticadas por académicos internacionales, no tanto en el fondo sino más en la forma, puesto que la comparación con Estados Unidos no parece del todo apropiada para la RPC, cuya multiculturalidad no es, en ningún caso, el producto de procesos migratorios, como sí que sucede, por el contrario, en Norteamérica12 (Elliott, 2015).

La política étnica de Xi Jinping: entre la continuidad y la ruptura

Llegamos ahora a la parte crucial de este análisis, en la que abordaré directamente la pregunta capital de esta investigación: ¿en qué medida la política étnica de Xi Jinping representa una continuidad o un cambio con respecto a la precedente? De este modo, en los próximos párrafos pondré a prueba mi hipótesis.

La idea de que Xi Jinping pudiese realmente implementar un cambio importante en el rumbo de la política étnica era algo poco imaginable, puesto que hacerlo sería, en cierto modo, “repudiar” a Hu Jintao y a Hu Yaobang y a sus políticas (Leibold, 2013), e incluso al trabajo llevado a cabo por su propio padre13 (Leibold, 2015). Pero, aparte de esto, hay más factores, entre los cuales se encuentra la fuerza del establishment minzu. Sin embargo, la llegada de Xi Jinping al poder también fue percibida por los reformistas como una oportunidad, dado que ciertos cargos importantes del PCCh y de las fuerzas de seguridad se habían posicionado relativamente a favor de ciertas reformas (Leibold, 2013) y que el propio Xi había hecho varias declaraciones a favor de la unidad nacional y de su defensa frente a los ataques del terrorismo separatista (Elliott, 2015).

Sin embargo, el hecho de que varios miembros de la facción Tuanpai, de donde proviene Hu Jintao, fuesen a ocupar cargos de alta responsabilidad en asuntos de la cuestión étnica y la innegable influencia de Jiang Zemin tampoco permitían esperar diferencias muy significativas (Leibold, 2013, 2015). Recordemos también que, a diferencia de su padre, Xi Jinping nunca ha tenido mucha relación directa con las minorías étnicas, ni ha producido muchos textos al respecto. Ahora bien, su deseo de acabar con el establishment minzu ya era bastante claro durante sus primeros años en el liderato de la RPC (Leibold, 2015).

El proyecto del “sueño chino” de Xi Jinping es, en gran medida, un conjunto de iniciativas que persiguen la meta de una mayor unidad nacional e identitaria para China. Pero, aun teniendo en cuenta las leyes y los principios formales que promueven el respeto a la diferencia, sería incorrecto identificar esta estrategia con una senda rupturista. Más bien, al contrario: el discurso nacionalista chino es muy antiguo e ideas como estas eran ya claramente visibles en la empresa del “gran rejuvenecimiento de la nación” de los años noventa; si bien la insistencia de Xi en el discurso nacionalista es de una gran vehemencia (Escalante, 2022).

Así pues, el perfil alto de Xi Jinping se acompaña de una retórica que recurre a la recuperación del orgullo nacional, al patriotismo y a la férrea defensa de la integridad territorial de la RPC (D’Onofrio, 2022). Pero, como es habitual y lógico, teniendo en cuenta que Xi llegó al poder para ser un líder fuerte con “perfil alto”, la parte económica o desarrollista de la cuestión étnica no ha sido dejada de lado en la última década. Tanto es así que una de las mayores prioridades del Gobierno central ha sido la reducción de las desigualdades, históricamente arraigadas, entre la periferia y las regiones centrales o costeras. Y no se podría achacar falta de éxito a la administración de Xi Jinping en este aspecto, puesto que, entre 2016 y 2020, el número de pobres disminuyó en más de 15 millones entre las cinco Regiones Autónomas y las provincias con mayor población multiétnica del país. Pero la combinación de un potente discurso nacionalista con políticas de desarrollo económico no es, para nada, algo que Xi Jinping haya inventado (Escalante, 2022).

A decir verdad, la estrategia seguida por Xi Jinping, a nivel técnico, a la hora de gestionar la cuestión étnica no se distingue mucho del procedimiento que ha llevado a cabo con otros asuntos de la agenda política. De este modo, ha optado por una reconcentración del poder en su figura para poder luchar contra los grupos de interés étnicos –algunos de los cuales tienen mucho peso, si consideramos las dimensiones del establishment minzu– e imponer su propia visión (Leibold, 2015). Esta sentida necesidad de cambio puede deberse al contexto concreto en el que a Xi Jinping le ha tocado ponerse al mando de la RPC, es decir, durante un periodo en el que ha habido fuertes tensiones en Tíbet y Sinkiang (Elliott, 2015). Recordemos que la existencia de un autoritarismo fragmentado no está reñida con la posibilidad de que, en tiempos de crisis o de reorientaciones estratégicas de gran nivel, se puedan producir recentralizaciones personalistas del poder político (Rozengardt, 2019); aunque es igualmente cierto que Xi ha transformado el funcionamiento del régimen político en una autocracia a casi todos los niveles (Jamel y Lena, 2021).

En la acción de Xi Jinping al respecto de la cuestión étnica-nacional, es muy significativa la importancia creciente que ha ido adquiriendo el Departamento de Trabajo del Frente Unido (UFWD, por sus siglas en inglés), dependiente del Comité Central del PCCh, frente a la Comisión Estatal de Asuntos Étnicos (SEAC, por sus siglas en inglés), dependiente, a su vez, del Consejo de Estado de la RPC. Bien es cierto que el crecimiento del UFWD en detrimento de la SEAC es un proceso que se empezó a dar a comienzos de siglo, pero no es menos verdad que el cambio de roles empezó a hacerse mucho más evidente a partir del año 2012. Además, yendo este proceso todavía más lejos, en 2018 se aprobó oficialmente que el UFWD supervisara directamente a la SEAC, así como a la Administración Estatal de Asuntos Religiosos y a la Oficina de Asuntos Chinos de Ultramar, también del Consejo de Estado.

Esto es muy importante, sobre todo, por dos cuestiones. Por una parte, como ya se ha dicho, refleja, una vez más, la intención de Xi de tomar el control, a través del Partido, de los distintos ámbitos de la agenda pública, la cuestión étnica siendo uno más de estos. Pero, por otra parte, es muy importante tener en cuenta que las orientaciones políticas y culturales de ambos departamentos son diametralmente opuestas. Mientras que la SEAC tiene el mandato de promover y proteger los intereses y los derechos de las minorías étnicas, el UFWD tiene una voluntad clara de fortalecer la “cohesión nacional” y de reforzar el control ejercido por el PCCh en las zonas pobladas por minorías.

Por consiguiente, este cambio acelerado, lejos de ser inocente, refleja una clara intencionalidad política: aumentar el control sobre las etnias no han y, ulteriormente, “fusionar” todas las etnias en el gran proyecto de una sola Zhonghua minzu. De tal forma, Xi Jinping ha allanado el camino para una reforma, probablemente, en su vertiente más asimilatoria (Zhao y Leibold, 2020). Además, estas medidas parecen ir en perfecta consonancia con todos los recortes de libertades civiles (expresión, religión, movimiento, prensa…) que ha impulsado Xi Jinping (Jamel y Lena, 2021) y son una respuesta a las crisis de Sinkiang y Tíbet, que están lejos de ser zanjadas, pero también a los disturbios de Hong Kong que acaecieron entre 2019 y 2021 (Leibold, 2019).

Por otra parte, es cierto que Xi, al menos, formalmente, dijo en 2014 que debería dejar de sugerirse la abolición del sistema de autonomía étnica. Asimismo, ha criticado el modelo de la “idealización de Estados Unidos” de Hu Angang y Ma Rong (Leibold, 2015). Como vemos, en el plano discursivo, no se podría afirmar decididamente que Xi Jinping haya tomado partido por ninguno de los dos bandos en el conflicto acerca de la “segunda generación de política étnica”, un debate que, aparentemente, sigue abierto (Beltrán Antolín, 2021). También hay que reconocer que esto podría ser más cierto con respecto a sus primeros años, cuando la ambigüedad era tanta que ni las propias partes del debate étnico, más divididas y enfrentadas que antes, tenían claro de qué lado estaba Xi (Leibold, 2015).

La política étnica de Xi Jinping: ¿un avance hacia la asimilación forzada?

Si en el anterior apartado se ha podido ver la continuidad en términos de discurso nacionalista y de políticas de desarrollo económico de las Regiones Autónomas, ahora entraremos más en detalle en la parte meramente integracionista de la acción política de Xi Jinping. ¿Es el séptimo presidente de la RPC la figura preeminente de un avance a pasos agigantados hacia la, por algunos, tan anhelada integración de todas las etnias en una Zhonghua minzu?

Más allá de lo que Xi pudiera decir en algunos discursos, sus aspiraciones asimilatorias parecen haber sido bastante evidentes desde los comienzos, si bien, como ya se ha explicado, había dudas acerca de su autoridad y capital político para emprender esta dirección. De hecho, es cierto que, no hace aún diez años, Leibold (2015) señalaba al Presidente como el responsable de una “parálisis de las políticas” que habría dejado a los funcionarios locales en la situación de tener que interpretar ellos mismos los “mensajes contradictorios” que llegaban de Pequín. Pero su habitual silencio, por aquel entonces, en lo referido a autonomía étnica, plurilingüismo y multiculturalismo, y su exacerbado discurso nacionalista del “sueño chino” permitían ya imaginar las simpatías del nuevo líder por las propuestas integracionistas (Leibold, 2015).

Ahora bien, ¿hasta qué punto promover la asimilación sería realmente un cambio de rumbo? Creer que los principios constitucionales vigentes o la Ley de Autonomía Regional Étnica de 1984 han impedido la existencia de un plan integracionista en las últimas décadas de la historia de China sería pecar de irrealismo. Como hemos visto, los líderes de la RPC desde Jiang Zemin han acabado lidiando mediante la fuerza con las tensiones étnicas. Pero lo cierto es que también durante el período maoísta, si bien Mao, como tantos otros, condenaba el “chauvinismo han”, la definición que se impuso de la nacionalidad china, aunque pretendiese incluir a todos, legitimaba un plan de asimilación a largo plazo que pudiera salvaguardar la integridad territorial de China frente a las “amenazas exteriores” y a las tensiones secesionistas (Jamel y Lena, 2021).

Algo en lo que Xi ha puesto el foco de cara a lograr la unidad nacional y el sentido de pertenencia común a una misma entidad nacional ha sido la enseñanza del idioma mandarín14 y la “educación patriótica” en las regiones fronterizas (Leibold, 2015). Esta “educación patriótica”, que ya se había implantado en cierto modo en 1994 por Jiang, (Leibold, 2019) consta de actividades tales como el “turismo rojo”, actos de izado de bandera y conmemoraciones y festivales de exaltación de la cultura zhonghua (que no es, en los hechos, sino la cultura han) (Beltrán Antolín, 2021). Efectivamente, el Gobierno parece tener claro el papel primordial de la escuela (Leibold, 2019). Esto es algo que se ha demostrado fundamental en muchos procesos modernos de construcción nacional, como en el paradigmático caso francés (Thiesse, 2006). Recordemos las palabras, a propósito del Estado-nación, de Gellner:

Generalmente cada uno de estos estados preside, mantiene y se identifica con un tipo de cultura, una forma de comunicación, que predomina dentro de sus fronteras y depende para su perpetuación de un sistema educativo centralizado supervisado, y muchas veces dirigido, por el estado en cuestión, que monopoliza la cultura legítima casi tanto como la violencia legítima, si no más (1988, pp. 178-179).

Las palabras de Gellner parecen ser de rabiosa actualidad en la RPC de hoy, puesto que los esfuerzos del Estado por devenir un verdadero Estado-Nación constan, entre otras medidas, de una combinación de homogeneización cultural hecha en base a la única cultura considerada legítima –que, por lo que vemos, es, al fin y al cabo, la han– y al uso de la violencia de Estado. Efectivamente, más allá de la violencia simbólica e institucional de la escuela, el pretexto de la “lucha contra el terrorismo” en Sinkiang ha llevado a la imposición de una vigilancia masiva e incluso a la creación de “campos de reeducación” para la represión de los uigures15, aunque se han tenido indicios de que otras etnias podrían empezar a correr una suerte similar.

El que se haya llegado a tal extremo sí que supone un cambio paradigmático con respecto a los tiempos de Hu Jintao y Jiang Zemin. Con todo, tampoco debemos olvidar que, muy probablemente, existen otras minorías étnicas no censadas oficialmente, ya que, si bien se identifica a 56 de manera oficial, fueron unos 400 grupos los que solicitaron este reconocimiento. Ni que decir tiene, todos los “descartados” se encuentran tan a merced (o más) de la asimilación como los demás (Jamel y Lena, 2021).

Es muy importante insistir en el hecho de que la idea de una nación china no étnica es, in fine, el sinónimo perfecto de una nación china han. Por mucho que se hable de una “gran fusión minzu”, o se defienda la mezcla interétnica como principio rector, (Leibold, 2015) la conciencia común está basada en la exaltación de aquello que es han. Así, en los festivales propios de la “educación patriótica” se producen actos tales como la obligación para los uigures (de religión musulmana) de comer cerdo o la insistencia para que los tibetanos se vistan de un modo “más han” (Leibold, 2019). Naturalmente, esta insistencia asimilatoria y este control desmesurado se localizan con particular insistencia en las regiones menos “sinizadas”16 y, por el contexto actual, sobre todo en Sinkiang (Elliott, 2015; Jamel y Lena, 2021).

Sin embargo, aunque su discurso sea marcadamente nacionalista, Xi Jinping sigue defendiendo el respeto y la tolerancia interétnica y el sistema de autonomía étnica regional, como lo hizo en sus intervenciones durante el Segundo Foro de Trabajo Central de Sinkiang, celebrado en mayo de 2014. En las mismas intervenciones también se defendía el fortalecimiento de la unidad étnica, los intercambios y mezclas étnicas, la educación bilingüe y la necesidad de guiar activamente a la religión (Wang, 2020).

También ha reivindicado la necesidad de que todos sean iguales ante la ley (Leibold, 2015), lo cual podría recordar a una cierta voluntad de desmantelar el sistema de trato preferencial para con las minorías étnicas. Efectivamente, los puntos extra que reciben los alumnos miembros de minorías étnicas en el examen de selectividad se han reducido significativamente o incluso se han llegado a eliminar en algunas regiones. Vemos, consiguientemente, que, en cierta medida, lo defendido por los partidarios de una “segunda generación” sí se estaría empezando a implementar.

Pero ¿aspiraban los reformistas a que se llevasen a cabo persecuciones religiosas tan radicales como las que se han producido en los últimos años, con quemas de libros religiosos y aumento del control en regiones de tradición más bien pacífica, bajo el pretexto de combatir “el salafismo, el arabismo y el islamismo”? (Leibold, 2019), ¿La “segunda generación de política étnica” tenía que llegar de la mano de una narrativa de, no sólo modernización, sino también de “lucha contra el terror” que justificara la asimilación? (Jamel y Lena, 2021). Zhu Weiqun o Ma Rong no parecen realmente preocupados por estas cuestiones y más bien animan al Gobierno a seguir desmantelando lo poco que queda del sistema étnico preferencial, es decir, a abolir la Ley de Autonomía Regional de 1984, “la última piedra angular” de la “primera generación de políticas étnicas” (Leibold, 2019).

En resumidas cuentas: Xi Jinping parece haber desmantelado gran parte del sistema que dirigía la relación entre el Estado y las minorías étnicas, dando espacio a lo que sería, de facto, la “segunda generación de política étnica” y planificando una asimilación forzada de los que no se consideran “suficientemente chinos”; algo que, si bien no es una idea del todo nueva, sí que representa un cambio importante por el énfasis que pone el PCCh en tratar de definir la “normalidad cultural” en términos de “chinidad” o de “hanidad”. Lo que Xi Jinping ha aportado, sin tal vez inventar nada nuevo, han sido grandes dosis de radicalidad: vigilancia masiva y campos de reeducación (Jamel y Lena, 2021), así como un desplazamiento total de idiomas que, como el mongol o el uigur, están quedando desterrados de las escuelas (Haro Navejas, 2021).

Queda por ver, sin embargo, a qué niveles de éxito podrá llegar finalmente una política de asimilación y de nation-building tan agresiva y fundamentada en la militarización de regiones (Leibold, 2015) y el control social y de la cual se sospecha que, por el resentimiento y la desconfianza que genera entre segmentos considerables de la población, pudiera llegar a ser contraproducente para los fines con los cuales fue concebida (Leibold, 2019).

Conclusiones

Se ha podido comprobar que el liderazgo de Xi Jinping tiene como principal objetivo en materia de política étnica el avance forzoso hacia la unidad nacional. Como era previsible, más allá de cómo se quiera promocionar el advenimiento de una nación unida y supuestamente constituida por chinos que no serían propiamente han, el proyecto se fundamenta en la asimilación de las minorías a las tradiciones y normas de la cultura han y en la adopción del mandarín como –previsiblemente, única– lengua nacional. Esto no es del todo nuevo, ni sorprendente, puesto que es así como se suelen construir los Estados-nación y, teniendo en cuenta la demografía de la RPC, dónde 92 personas de cada 100 son de etnia han, todo apuntaría a un desenlace como el que preveo a raíz de mi trabajo de investigación.

Considero, consiguientemente, que mi hipótesis queda validada. En efecto, en vista de mi investigación, todo parece indicar que el chovinismo han, junto con los proyectos unificadores de los anteriores gobiernos y la llamada “segunda generación de políticas étnicas en la academia, ha propiciado que la política étnica de Xi Jinping sea continuista incremental y no de cambio.

Ahora bien, yo esperaba identificar una diferencia apreciable entre lo formal o discursivo y lo informal o práctico. En cierto modo la hay, puesto que los planes de Xi no han sido anunciados de manera fiel a sus presumidas intenciones, así que –a mi parecer– este aspecto de mi hipótesis tampoco quedaría invalidado. Con todo, es cierto que, en sus comunicaciones, Xi Jinping ha puesto un mayor énfasis en la unidad y la cohesión nacional, y en la necesidad de controlar el territorio de las minorías, especialmente Sinkiang. En cierto modo, el discurso ultranacionalista del Presidente de la RPC presenta una visión moderada de lo que realmente se pretende hacer. Y, por otra parte, no deja de ser verdad que su discurso guarda ciertas continuidades con los que hemos podido ver, de manera bastante ininterrumpida, desde la década de 1990; si bien es cierto que Xi Jinping ha revestido sus palabras de una actitud mucho más beligerante.

En las políticas étnicas de Xi Jinping hay, tanto en la práctica como en el discurso, un incremento de la beligerancia y del uso de la violencia y de las violaciones de los DDHH de las minorías, pero no se podría decir que hasta 2012 las minorías viviesen en paz y armonía con el Estado Chino. Más bien al contrario, puesto que los tratos vejatorios y la discriminación que recibían, más allá de que las políticas desarrollistas y de trato preferencial fueran efectivas, ya estaban siendo denunciados mucho antes de que el mundo entero oyera hablar de Xi Jinping. Otra cosa que sí que podemos ver con claridad es que la política étnica es otro perfecto prisma que nos permite observar y estudiar la tendencia centralizadora y autocrática del vigente Secretario General del PCCh.

Finalmente, no podría olvidarme en estas conclusiones de uno de los temas centrales del trabajo. ¿Dónde queda, pues, la “segunda generación de políticas étnicas”? Lo cierto es que, probablemente, Xi Jinping nunca hablará de ella, pero todo parece indicar que los remanentes de trato preferencial hacia las minorías étnicas que todavía persisten en la RPC están siendo desmantelados, lo cual parece indicar que la asimilación cultural se pretende alcanzar mediante un proceso más bien forzoso y violento. En otras palabras, Xi Jinping, sin dejar de trabajar en la reducción de las desigualdades económicas, parece más dispuesto a dar “palos” que “zanahorias”, aunque ambos elementos siguen presentes.

Referencias

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Notas al pie de página

* Una versión más extensa de esta monografía fue elaborada como trabajo final de la asignatura de Política de Asia Oriental (China), como parte del programa del Grado en Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.

** Graduado en Ciencia Política por la Universidad Autónoma de Madrid y Sciences Po Bordeaux. Estudiante de Máster en Ciencia Política y Sociología Comparativas en Sciences Po Bordeaux. [email protected]

1 Traducción propia del inglés.

2 Siempre que la palabra han se refiera al grupo étnico, esta se hallará escrita en cursiva – incluso dentro de citas textuales - para tratar de evitar confusiones con la forma del verbo “haber”.

3 Traducción propia del inglés.

4 Partido Nacionalista Chino. Gobernó la República de China entre 1925 y 1949 hasta el triunfo del PCCh sobre este al término de la guerra civil, con la posterior proclamación de la RPC. Siguió gobernando en la República de China (Taiwán) hasta su democratización e incluso después ha sido su partido de gobierno en algunas ocasiones.

5 Creencia exacerbada en la superioridad de un grupo social, étnico o nacional sobre otros.

6 Esta idea está claramente presente en el pensamiento de Deng Xiaoping y de Jiang Zemin y, como veremos más adelante, si bien Xi Jinping reconoce la importancia del desarrollo económico de estas regiones, tiene también muy claro que no es suficiente para lograr la ansiada “unidad nacional” (Leibold, 2019).

7 Tipo de integración etnocultural en la que se persigue la desaparición forzada de las etnias asimiladas.

8 Término que hace referencia a una concepción supuestamente multiétnica de la nación china.

9 Traducción propia del inglés.

10 Así pues, voces liberales como la de Qin Hui también se dejaron oír. En este caso, Qin, absteniéndose de hacer recomendaciones específicas para China, manifestó creer más en la viabilidad de un proyecto federalista y democratizador a la estadounidense que en cualquier proyecto de “pluralismo étnico forzado” como el de Tito, que se desmoronó después de su propia muerte. Qin cree que la competición entre izquierda y derecha es capaz de frenar la disgregación nacional en Estados multiétnicos (Leibold, 2013).

11 Traducción propia del mandarín con la ayuda del Traductor de Google.

12 Naturalmente, sí que hay indígenas en los Estados Unidos de América, pero no es este el ejemplo al que recurren los dos Hu ni Ma Rong (Hu y Hu, 2011; Ma, 2017) y, de hecho, la RPC, estratégicamente, nunca ha reconocido a sus minorías como “aborígenes”. Por otra parte, sería difícil entender la etnicidad en Estados Unidos como algo despolitizado, que es a lo que aspira Ma (Elliott, 2015).

13 Xi Zhongxun, padre de Xi Jinping, trabajó junto a Hu Yaobang en la reconducción de la política étnica en el período post Revolución Cultural y su defensa del respeto a la identidad lingüística y cultural de las minorías culminó en la aprobación de la Ley de Autonomía Regional Étnica de 1984 (Leibold, 2015).

14 Se podrá argumentar que el aprendizaje del mandarín es necesario para acceder a la modernidad y a la vida laboral con plenitud, y sin duda esto es cierto (Haro Navejas, 2021). Sin embargo, no deja de ser un reflejo de un paradigma social donde el mandarín, asociado a la etnia han, goza de un estatus superior de hegemonía. Pero, claro está, no se decide luchar contra esta situación donde las demás lenguas y culturas se encuentran en segundo plano, sino que se opta por potenciar el aprendizaje del idioma dominante.

15 Los niveles de violencia llegan a la tortura física y mental, a la esterilización forzada de mujeres y a la desmembración de familias mediante la separación de los niños de sus padres y hermanos (Jamel y Lena, 2021).

16 Es decir, en los territorios menos asimilados a la idea hancéntrica de lo que es o debería ser China.