Sebastián Miranda Valencia
Universidad EAFIT, Medellín, Colombia**
Recibido: 14/06/2025
Aprobado: 21/08/2025
La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior reunificación alemana marcaron un hito que transformó el mapa político de Europa y alteró profundamente las estructuras sociales y culturales de Alemania. Este proceso, celebrado como un triunfo de la democracia liberal, supuso una transición abrupta que reconfiguró la vida cotidiana de millones de personas. La película Good Bye, Lenin! (2003), dirigida por Wolfgang Becker, recoge esa complejidad al narrar la historia de un joven que, para proteger a su madre —enferma y leal a la extinta República Democrática Alemana (RDA)—, reconstruye una versión ficticia del país que ya no existe. La cinta pone en evidencia una paradoja fundamental: aunque el Estado socialista desaparece formalmente, su presencia persiste en las prácticas, afectos y subjetividades de quienes lo habitaron.
En paralelo a estos cambios, durante las décadas de 1970 y 1980, se produjo en las ciencias sociales un giro teórico que cuestionó las nociones tradicionales de “Estado”. En medio de la crisis del bienestar, el agotamiento del socialismo real y el avance del neoliberalismo, comenzaron a surgir enfoques que desafiaron tanto las lecturas funcionalistas como las interpretaciones marxistas ortodoxas. Entre ellos, destacan los trabajos de Philip Abrams (1988) y Timothy Mitchell (1999), quienes plantearon que el Estado no debe entenderse como una entidad fija o un simple instrumento de clase, sino como un efecto producido por prácticas sociales, rutinas institucionales y representaciones simbólicas.
Estas ideas, reunidas más tarde en la compilación Antropología del Estado (2015), contribuyeron a renovar el debate sobre la estatalidad, especialmente en América Latina. Su principal aporte consiste en desnaturalizar la idea del Estado como algo dado, y en mostrar cómo su apariencia coherente y autónoma se construye y reproduce en lo cotidiano. Este enfoque permite entender la estatalidad no como un hecho ontológico, sino como una construcción contingente, afectiva y performativa.
A partir de estas premisas, este ensayo sostiene que Good Bye, Lenin! revela cómo el estado1 puede persistir como ilusión ideológica y efecto estructural incluso después de su desaparición institucional. Para desarrollar esta idea, el análisis se organiza en cuatro secciones: el estado como ilusión ideológica; la materialidad y reproducción cotidiana de la RDA; la sujeción, disciplina e internalización del estado; y finalmente, la representación simbólica, la nostalgia y la performatividad.
Antes de desarrollar los argumentos sobre Good Bye, Lenin! (2003), es pertinente situar brevemente la obra. La historia transcurre en Alemania Oriental durante el colapso del bloque socialista, justo cuando la Guerra Fría llega a su fin. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó dividida entre dos proyectos ideológicos enfrentados: el capitalismo liberal, liderado por Estados Unidos, y el socialismo soviético, encabezado por la URSS. Alemania se convirtió en campo de disputa directa y fue dividida en dos Estados: la República Federal de Alemania (RFA) al oeste y la República Democrática Alemana (RDA) al este. El Muro de Berlín, levantado en 1961, cristalizó esa división. Su caída en 1989 marcó el derrumbe del socialismo real, el inicio de la reunificación alemana y una reconfiguración del mapa político europeo. En ese contexto se sitúa la historia de Alex, un joven de Berlín Oriental cuya madre, Christiane, ferviente militante del régimen socialista entra en coma poco antes de la caída del muro. Al despertar ocho meses después, el país ha cambiado por completo. Para protegerla de un posible choque emocional, Alex decide ocultarle la nueva realidad y reconstruir, con creatividad e insistencia, una versión ficticia del mundo en la que la RDA aún existe.
En Good Bye, Lenin!, la reconstrucción que Alex hace de la República Democrática Alemana para su madre, gravemente enferma, no es solo un acto de amor filial, sino una representación minuciosa del estado como ficción ideológica. A lo largo del filme, vemos cómo Alex rearma fragmentos dispersos —envases reciclados, mobiliario antiguo, uniformes, noticieros falsos— para mantener en pie la apariencia de una estructura estatal ya extinta. La efectividad de esta reconstrucción no depende de su exactitud histórica, sino de su capacidad para producir la sensación de continuidad. La RDA que Alex escenifica no existe como institución, pero sobrevive como efecto: como una imagen cohesionada, evocadora y performativa de lo que fue el estado.
Esta operación ilustra con fuerza la tesis de Philip Abrams (2015): “El estado no es la realidad que yace detrás de la máscara de la práctica política. Es, más bien, la máscara que impide ver que esa práctica es una forma de dominación” (p. 63). En el caso de Alex, la dominación ha cesado, pero la máscara persiste. El socialismo de cartón que él crea es pura forma sin contenido, pero sigue operando sobre su madre como si tuviera existencia real. La creencia en el estado se mantiene porque los signos que lo representan siguen ahí.
La ficción ideológica de la estatalidad, que se presenta en el largometraje, no se mantiene de forma abstracta, sino que se manifiesta concretamente en la forma en que Alex reconfigura los objetos y rituales propios de la RDA para conservar la ilusión de su existencia. Así, este acto se convierte en una forma de reproducción cotidiana del Estado socialista. Objetos aparentemente triviales —como los frascos de Spreewaldgurken2 o los muebles anticuados— adquieren una enorme carga simbólica, pues funcionan como vehículos a través de los cuales la ilusión del estado se materializa y se sostiene. En este contexto, cobra pleno sentido la afirmación de Mitchell (2015): “un constructo como el estado no ocurre simplemente como una creencia subjetiva, sino como una representación que se reproduce en formas cotidianas visibles” (p. 155).
La película lleva esta idea un paso más allá al mostrar cómo Alex no solo reproduce el aparato del estado a través de objetos materiales, sino que lo hace también mediante su propia práctica cotidiana. Es decir, no basta con reconstruir el pasado a través de signos; el propio cuerpo de Alex se convierte en un canal a través del cual se restituye la estructura del estado. Cada acto de Alex—ya sea grabar un noticiero falso o vestir ropa de la RDA— es una acción performativa que recrea el Estado socialista. Esta repetición de rituales cotidianos es una manifestación de lo que Abrams describe como el estado: “un proyecto ideológico que se materializa en instituciones concretas” (Abrams, 2015, p. 53). En el caso de Alex, las instituciones que reproduce no son oficiales ni cuentan con reconocimiento externo, pero su acción cotidiana les confiere una forma de existencia, no necesariamente material, pero sí simbólica.
Bajo esta perspectiva, la película ilustra cómo la existencia del estado no depende de su materialidad institucional, sino de prácticas que lo hacen aparecer como si aún persistiera. Esto se conecta directamente con la afirmación de Mitchell (2015): “El estado debe analizarse como efecto estructural; es decir, no como una estructura real, sino como el poderoso y aparentemente metafísico efecto de las prácticas que hacen que dichas estructuras parezcan existir” (p. 172). La escena del cumpleaños de la madre de Alex encarna esta idea: en ella, el protagonista organiza una puesta en escena en la que un supuesto miembro del partido entrega un obsequio y los vecinos entonan himnos socialistas. Estos gestos —aparentemente anecdóticos— recrean, a través de la acción, la ilusión de una RDA todavía viva. “Yo me esforzaba como un héroe, para resucitar en el cuarto de mamá una RDA desplegada en todos sus aspectos” (Wolfgang, 2003, 52:46), dice Alex, evidenciando que el estado, más que una entidad institucional, sobrevive como efecto de prácticas que lo representan y lo performan. En ese cuarto, el socialismo no retorna como estructura, sino como apariencia sostenida en el hacer cotidiano.
El efecto de las prácticas cotidianas que aluden a la RDA no se reduce al mero acto de fe en su existencia, sino que se expresa como una forma activa de legitimación, como se evidencia en la escena en que Christiane dicta una Eingabe, mientras su vecina la transcribe (Imagen 1). En la RDA, los Eingaben eran comunicaciones formales mediante las cuales los ciudadanos podían presentar quejas, sugerencias o solicitudes a las autoridades del estado. Aunque el sistema político no permitía una participación democrática plena, estos escritos funcionaban como un canal controlado de retroalimentación, en el que los sujetos se involucraban dentro de los márgenes permitidos por el régimen. Christiane, al dictar la carta con tono serio y final ideológicamente alineado —“con saludos socialistas”—, no solo mantiene viva la ficción de que el estado aún existe, sino que actúa como una ciudadana comprometida que reafirma la legitimidad del orden socialista a través de los medios institucionales disponibles. Antes de retirarse, la vecina le dice a Alex: “Es bonito hablar con tu madre, es como si las cosas fueran igual que antes” (Wolfgang, 2003, 1:51:50), frase que expresa cómo esas prácticas no solo sostienen una ficción política, sino también una continuidad emocional y simbólica frente al quiebre que representa la reunificación.
Nota. Madre de Alex le dicta una Eingabe a su vecina. Tomada de Wolfgang, 2003, 1:10:56
La figura de Christiane permite profundizar en la comprensión de cómo el estado no solo opera mediante normas externas o coerción explícita, sino que se internaliza y reproduce a través de la subjetividad de los individuos. Su relación con la RDA se extiende más allá de una simple adhesión ideológica o de una obediencia institucional; refleja una devoción profunda, casi ritualizada, hacia las prácticas y valores del Estado socialista. Desde el inicio del filme, se puede identificar en ella la formación de un “sujeto obediente”, fruto del “encauzamiento de la conducta por el pleno empleo del tiempo, la adquisición de hábitos y las coacciones del cuerpo” (Foucault, 2002, p. 121). En este proceso, la disciplina estatal no se limita a regular sus actos explícitos, sino que se infiltra en su cuerpo, en sus rutinas diarias y en sus pensamientos.
La disciplina estatal se configura como un marco de sentido para el individuo, en el cual la identidad de este ya no le pertenece exclusivamente, sino que se integra y se moldea como parte de la identidad del estado. No resulta sorprendente, entonces, que “la disciplina, en contraste, no funciona desde fuera sino desde dentro, no al nivel de una sociedad entera, sino en los detalles, y no restringiendo a los individuos y sus acciones, sino produciéndolas” (Mitchell, 2015, p. 166). Así, la madre de Alex, por ejemplo, ha interiorizado los valores del régimen hasta el punto de reprimir hechos cruciales —como la deserción de su esposo— para proteger la imagen del estado como ente moral superior. Esta censura, lejos de ser impuesta, es autoimpuesta, y revela una forma de sujeción que opera desde el interior, mediante la conformación de sujetos que internalizan y reproducen los valores del régimen.
En esa línea, Christiane no necesita órdenes externas para seguir actuando como una ciudadana ejemplar de un régimen ya extinto. Incluso en su lecho de enfermedad, su comportamiento refleja una fidelidad profunda a la estructura política que la formó, proyectando al estado como “un triunfo del ocultamiento, que esconde la historia y las relaciones de sujeción reales tras una máscara ahistórica de legitimidad ilusoria” (Abrams, 2015, p. 55). Esta internalización de la ideología estatal revela cómo los individuos, aunque liberados de las coerciones directas, pueden seguir siendo prisioneros de una narrativa construida por el poder. En el caso de la madre de Alex, la enfermedad no actúa como un agente de rebelión o cuestionamiento, sino como un último refugio de su conformidad, donde la docilidad de su cuerpo se convierte en una manifestación de la persistencia de un régimen que ya no existe, pero cuya huella aún marca profundamente su vida. Además, cuando la nueva realidad la confronta —como ocurre con la llegada de Coca-Cola a lo que alguna vez fue la RDA, símbolo evidente de la reunificación y de la expansión del capitalismo occidental—, ella elige no reconocerla (Imagen 2). Antes que enfrentarse a la disolución del orden que internalizó durante décadas, prefiere sostener la ficción de que nada ha cambiado.
Nota. Alex sonríe con nerviosismo mientras una cortina se abre y deja ver un cartel de Coca-Cola, un símbolo del capitalismo occidental que intenta ocultar a su madre para mantener viva la ilusión de la RDA. Extraída de Wolfgang, 2003, 1:02:56
¿Hasta qué punto es posible sostener la falsedad sobre la existencia de la RDA frente a las constantes confrontaciones con la realidad circundante? A lo largo de Good Bye, Lenin!, la ilusión de que la Alemania Oriental sigue existiendo es una construcción emocional que Alex trata de mantener a toda costa. Desde el comienzo, su objetivo es preservar la memoria de la RDA y la de su madre en un mundo que ya ha cambiado irremediablemente. Sin embargo, llega un punto en que esa mentira se enfrenta a la dura realidad que no puede ser ignorada: la caída del régimen socialista, el paso del tiempo y los cambios que se dan en la sociedad alemana reunificada. Aunque en un principio Alex logra crear una versión ficticia del régimen para proteger a su madre, la realidad que lo rodea se va colapsando sobre la mentira que intenta sostener.
Así, las contradicciones derivadas de la mentira van in crescendo, hasta alcanzar un punto clave cuando, en una de sus primeras salidas al exterior tras despertar del coma, la madre se topa con una grúa que transporta el busto de Lenin (Imagen 3). En ese momento, numerosos monumentos de la Alemania del Este estaban siendo desmontados como parte del proceso de reunificación, lo que permite comprender mejor el peso simbólico de la escena: la figura de la líder comunista suspendida en el aire, con la mirada dirigida hacia ella, encarna el enfrentamiento entre una realidad que se desintegra y una memoria que se rehúsa a desaparecer. Lenin, desplazado físicamente pero aún presente simbólicamente, encarna “el estado [...] como recuento ilusorio de la práctica” (Abrams, 2015, p. 63): una presencia fantasmal que persiste en la subjetividad de quienes se niegan a aceptar su desaparición.
Nota. Christiane observa cómo una estatua de Lenin es retirada con una grúa, sin darse cuenta de que representa un cambio político que ignora por completo. Escena extraída de Wolfgang, 2003, 1:23:12
Más allá de convencer a Christiane, Alex acaba por autoconvencerse. Su adhesión a la RDA no nace de una lealtad ideológica ni de una nostalgia genuina por el sistema, sino de un acto profundamente emocional: proteger a su madre. Lo que comienza como una puesta en escena para evitarle un choque traumático con la nueva realidad, se convierte poco a poco en una construcción que él mismo necesita habitar. La RDA que recrea no es la real, sino una versión idealizada, moldeada por el afecto, la culpa y el miedo a perder definitivamente el vínculo con su madre. En el fondo, Alex no está reconstruyendo el país que ella conoció; está inventando uno propio, un refugio afectivo donde aún puede sostener lo que queda de su relación con ella.
Autoconvencerse, entonces, es un acto de fe. En este sentido, la reflexión de Abrams (2015) adquiere relevancia: “intenten sustituir la palabra ‘estado’ por la palabra ‘dios’” (p. 58). Así, el estado, más allá de su dimensión política tangible, se convierte en una creencia que trasciende lo material. Piénsese, entonces, en la escena de la película en la que la madre de Alex sufre una recaída tras una aparente mejoría; Alex se ve obligado a hacer un último noticiario, que funciona como una suerte de obituario de la RDA, una despedida simbólica no solo del régimen, sino también de la ficción que él mismo había construido para sostener su vínculo con ella. En este noticiario, reafirma, a su manera, la apropiación de esa RDA que lo hacía sentirse incluido, con su héroe de infancia, Sigmund Jähn —el primer alemán en viajar al espacio— como oficiante (Imagen 4). El anuncio del fin de lo que alguna vez fue la RDA se presenta entonces con un discurso cargado de emotividad, que busca dignificar su recuerdo:
Sabemos que nuestro país no es perfecto, pero todo en lo que creemos entusiasmaba a mucha gente de todo el mundo. Tal vez hemos perdido de vista nuestros objetivos, pero hemos reflexionado: el socialismo significa no amurallarse, sino acercarse y convivir con los demás (Wolfgang, 2003, 1:52:20).

Nota. Alex observa el discurso de Sigmund Jähn, quien despide el proyecto de la RDA, marcando el fin de una era. Obtenida de Wolfgang, 2003, 1:52:20
Este último noticiero, en paralelo, marcará el fin de la vida de Christiane, aludiendo a cómo “el estado es el símbolo unificado de desunión real” (Abrams, 2015, p. 58). Aunque la ficción construida por su hijo no le era ajena, su aceptación de la realidad y muerte no se deben a la incomodidad de la verdad, sino al reconocimiento de que la narrativa que Alex había creado ya no tiene lugar en un mundo donde la RDA ha dejado de existir. Su muerte simboliza el cierre de esa ficción, un vestigio del pasado que pierde sentido sin su madre para sostenerlo. La RDA, por tanto, no es un dios solitario, sino una construcción que dependía de la fe para existir, y al desaparecer esa fe, la narrativa colapsa. Más aún, el desvanecimiento de esta ficción de la RDA, a diferencia de su colapso real y abrupto, estuvo acompañado por un acto ceremonial de despedida —si es que puede llamársele así— que canaliza una forma de nostalgia. No se trata de una añoranza por el régimen en términos ideológicos, sino por los afectos, las rutinas y los símbolos que estructuraban la vida cotidiana bajo él. Esta nostalgia encuentra su expresión más elocuente en la última escena, cuando Alex deposita las cenizas de su madre en un pequeño cohete decorado con el emblema de la RDA (Imagen 5) y lo lanza al cielo. Es un gesto íntimo y profundamente simbólico: con ese acto no solo despide a su madre, sino también a la RDA que él había recreado para protegerla. En ese momento se desvela “la no existencia del estado” (Abrams, 2015, p. 55).
Nota. Alex deposita las cenizas de su madre en un cohete decorado con el emblema de la RDA. Escena de Wolfgang, 2003, 1:55:01.
A lo largo de estas páginas, se ha argumentado que Good Bye, Lenin! ilustra cómo el estado, aunque formalmente desaparecido, sigue siendo una ilusión ideológica y un efecto estructural que persiste a través de prácticas cotidianas. De la mano de los planteamientos teóricos de Abrams (2015) y Mitchell (2015), se ha sostenido que en un evento como la reunificación alemana, la intimidad familiar no debe considerarse algo trivial. Por el contrario, la película muestra cómo la familia —en particular la relación entre Alex y su madre Christiane— se convierte en un microcosmos donde convergen las prácticas que sostienen al estado. Este no solo regula la esfera pública, sino que también penetra en lo íntimo, transformando la vida familiar en un espacio de reproducción ideológica, donde los miembros internalizan los valores y creencias del régimen.
El personaje de Christiane, quien representa el pasado comunista, y la figura de Alex, quien busca preservar la memoria de su madre y protegerla de la transición que ocurre fuera de su hogar, ilustran cómo las prácticas cotidianas siguen estando impregnadas de los valores y símbolos de un estado que ya no existe formalmente. En este sentido, el estado no desaparece simplemente con la caída de sus estructuras políticas; en la película, se mantiene como una ilusión ideológica que Alex intenta conservar mediante prácticas cotidianas —como el uso de envases reciclados, mobiliario antiguo, uniformes y noticieros falsos— para sostener la apariencia de una estructura estatal ya extinta. Así, el estado sigue funcionando como un marco de sentido que configura la identidad de los individuos, incluso cuando el régimen ha dejado de ejercer poder de forma explícita.
Este proceso de internalización de la ideología estatal demuestra cómo, incluso sin la coerción externa de un sistema político autoritario, los individuos pueden seguir reproduciendo los valores del régimen de manera autoimpuesta. De este modo, Good Bye, Lenin! pone de manifiesto la durabilidad de las estructuras de poder, no solo a nivel institucional, sino también en los aspectos más personales y emocionales de la vida cotidiana.
Abrams, P. (1988). Notes on the difficulty of studying the state (1977). Journal of Historical Sociology, 1(1), 58–89. https://doi.org/10.1111/j.1467-6443.1988.tb00004.x
Abrams, P. (2015). Notas sobre la dificultad de estudiar el estado. En Abrams, P., Gupta, A., & Mitchell, T. (Eds), Antropología del estado (pp. 17-66). Fondo de Cultura Económica.
Foucault, M. (2002). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. Siglo Veintiuno Editores.
Mitchell, T. (1999). Society, economy, and the state effect. En G. Steinmetz (Ed.), State/culture: State-formation after the cultural turn (pp. 76–97). Cornell University Press. http://www.jstor.org/stable/10.7591/j.ctv1nhjcg.7
Mitchell, T. (2015). Sociedad, economía y el efecto del Estado. En Abrams, P., Gupta, A., & Mitchell, T. (Eds), Antropología del estado (pp. 145-184). Fondo de Cultura Económica.
Wolfgang, B. (Director). (2003). Good Bye, Lenin! [Película].
* Ensayo elaborado en el marco del curso Sociología del Estado, impartido por el profesor Andrés Felipe Lopera Becerra para el pregrado en Ciencias Políticas de la Universidad EAFIT.
** Estudiante de tercer semestre del pregrado en Ciencias Políticas de la Universidad EAFIT. Correo institucional: [email protected].
1 A lo largo de este ensayo, se escribirá “estado” con minúscula inicial, siguiendo el uso conceptual adoptado por Abrams y Mitchell.
2 Los frascos de Spreewaldgurken contienen pepinillos encurtidos originarios del bosque de Spree, en la región de Brandeburgo, Alemania. Durante la existencia de la RDA, su producción fue ampliamente promovida como parte de la industria alimentaria estatal, y se volvieron un producto emblemático del consumo cotidiano en Alemania Oriental.