El colapso de un sistema cerrado: un análisis del Imperio Galáctico desde la teoría de sistemas de David Easton*

Leopoldo Castro Teresa

Universidad de Guadalajara, Guadalajara, México**

Recibido: 26/09/2025

Aprobado: 21/11/2025

Introducción

En años recientes, se ha observado el ascenso y consolidación de regímenes autoritarios en diversos países, como los de Nicolás Maduro en Venezuela, Viktor Orbán en Hungría o Nayib Bukele en El Salvador, los cuales podrían evolucionar hacia sociedades cerradas que amenazan la pluralidad. Entre estos, los regímenes totalitarios, caracterizados por su proyecto homogeneizador, representan la expresión más extrema de dicho fenómeno. Ejemplos históricos como la Alemania Nazi, la Unión Soviética estalinista y la Camboya de los Jemeres Rojos, junto con casos contemporáneos como Corea del Norte, han revelado la faceta más oscura y violenta de la humanidad. Por ello, comprender los procesos políticos que sostienen estos sistemas se vuelve una tarea relevante. Surge entonces la pregunta: ¿cómo logran perpetuarse estos sistemas y es posible su colapso?

En este contexto, para ejemplificar las características del totalitarismo, este ensayo sostiene que el Imperio Galáctico, representado en Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza (Kurtz & Lucas, 1977), puede interpretarse como un sistema político totalitario cuyo colapso puede explicarse a partir de la teoría de sistemas de David Easton. Partiendo de esta tesis, se analizan las características del totalitarismo, su funcionamiento y sus diferencias con el autoritarismo. La elección de este largometraje se debe a su marcado contenido político, que permite examinar las dinámicas de poder, dominación y resistencia, así como las relaciones entre diversos actores. Para ello, se expondrán de manera sucinta las características del totalitarismo según Hannah Arendt, con el fin de demostrar que el Imperio Galáctico constituye un régimen de este tipo.

Aunque el modelo de sistema político de Easton fue concebido para analizar democracias, su esquema —compuesto por ambiente, entradas, conversión, salida y retroalimentación— constituye una herramienta analítica potente para comprender los flujos de poder en cualquier régimen. La utilidad de aplicarlo a un sistema totalitario como el Imperio Galáctico reside en identificar sus anomalías, ya que se trata de un sistema cerrado que bloquea las demandas de su ambiente, suprime la comunicación con sus ciudadanos y, en lugar de producir consensos impone su voluntad mediante la fuerza. Esto impide que el sistema procese las perturbaciones internas y externas, lo vuelve rígido e incapaz de adaptarse, generando una retroalimentación perjudicial para su estabilidad. En consecuencia, el colapso del Imperio puede apreciarse como el resultado inevitable de un sistema que, al cerrarse a cierta información, garantiza su propia implosión, lo que se podría extrapolar a ejemplos históricos de regímenes totalitarios.

Régimen político

Un régimen político, de manera general, puede entenderse como el conjunto de mecanismos, instituciones y valores mediante los cuales se accede al poder, se ejerce la autoridad, y se establece la relación entre la sociedad y el Estado.  Vargas Velásquez (1998) señala que está constituido por:

[…] las instituciones estatales y su relacionamiento con la sociedad, pero, además, el sistema de partidos, el sistema de mediación entre sociedad y Estado; el sistema de toma de decisiones que, en términos prácticos, estaría comprendido por el sistema electoral, donde se expresa la cultura política, y su derivado más importante, el sistema de administración pública, donde se organiza la gestión estatal (pp.161-162).

El régimen político se compone de diversos elementos que, además de mediar entre la sociedad y el Estado, permiten establecer los parámetros que definen las características del poder político: si este se concentrará en un individuo o institución, o si estará disperso entre diversos actores. Entre los diferentes tipos de régimen político se encuentran la democracia, la autocracia y el totalitarismo, cada uno de los cuales instaura lógicas distintas que marcan la vida de los ciudadanos tanto en los ámbitos público y privado, como en el ejercicio y la administración del Estado.

Democracia

La vida y actividad del individuo adquieren sentido en lo colectivo, debido a que así ha logrado sobrevivir a lo largo de la historia.  El ser humano tiende a integrarse en organizaciones sociales que buscan mecanismos de convivencia. En muchos contextos, especialmente en aquellos en los que predominan los ideales liberal-occidentales como sistema de valores, tales mecanismos se inspiran en la democracia como ideal, sin embargo, su realización práctica ha sido desigual dependiendo las condiciones históricas, sociales y culturales.

Un ejemplo de esta tensión es el caso del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México, cuyas comunidades consideran que el modelo liberal de democracia no responde a sus necesidades, sus objetivos ni a sus formas tradicionales de autogobierno. De ahí la reivindicación del principio de “mandar obedeciendo” (Ejército Zapatista de Liberación Nacional, 1994), entendido como una forma horizontal de gobierno en la que el poder no recae en una minoría, sino que la comunidad participa de manera directa en la toma de decisiones, la gestión y la organización colectiva.

La perspectiva del EZLN permite ilustrar la idea que la construcción y preservación de una democracia, al igual que una edificación multifamiliar, requieren de la participación y acción de todos quienes la habitan. Desde este punto de vista la democracia puede concebirse como un proceso continuo de construcción social, en el que el protagonismo recae en la sociedad antes que en un solo ciudadano. Ante la incertidumbre y la adversidad, tal como lo expresó H.G. Oesterheld, autor de El Eternauta: “El único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe sólo” (Memoria Abierta, 2002).

La democracia ha sido concebida tradicionalmente como un método institucional para la toma de decisiones colectivas y un mecanismo para la elección de gobernantes. Sin embargo, desde otra perspectiva, genera vínculos. En esta línea, Merino (2023) plantea que la democracia:

[…] se trata de una forma de organizar la vida colectiva de un conglomerado de personas que no se conocen y que, muy probablemente, no se conocerán jamás sino de manera excepcional, pero que habitan en un territorio más o menos extendido y padecen o disfrutan, inevitablemente, las consecuencias de haber nacido y/o de vivir en un mismo espacio compartido que hoy llamamos el espacio público (p.19).

La definición de Merino expone el desafío de construir lazos entre desconocidos en un espacio físico compartido y la manera de afrontarlo. Esta visión está en sintonía con la concepción de John Dewey (1998), para quien “una democracia es más que una forma de gobierno; es primariamente un modo de vivir asociado, de experiencia comunicada juntamente” (p. 82). Dewey (1998) establece que una sociedad es democrática en la medida en que, en condiciones de igualdad, todos sus integrantes pueden participar de sus bienes colectivos y se garantiza el reajuste de sus instituciones a través de la interacción entre los distintos modos de vida en comunidad.

Para Dewey, la educación, la cooperación y la deliberación para la resolución de problemas son elementos centrales que conforman la democracia. Este modo de vida asociado encuentra su condición de posibilidad en la pluralidad humana. Como sostiene Hannah Arendt (1997), la política se fundamenta precisamente en la gestión de la convivencia entre una pluralidad de actores diferentes, lo cual implica la igualdad en cuanto humanos y la distinción en cuanto personas. Así, la idea de democracia de Dewey exige el reconocimiento y protección de esta pluralidad, donde la singularidad de cada individuo se desarrolla en convivencia con los demás.

Sin embargo, la materialización institucional más extendida de este ideal democrático es la democracia representativa. En este sistema, la ciudadanía participa mediante elecciones para elegir representantes que ejercerán el poder de manera limitada y por un período determinado. El objetivo de este diseño es evitar la concentración prolongada del poder y prevenir que la búsqueda de ideales políticos se transforme en la instauración en otro tipo de régimen.

Autocracia, autoritarismo y totalitarismo

Sobre las no democracias, Sartori (2009) señala que existen diversas denominaciones para referirse a ellas, entre las cuales se encuentran tiranía, autocracia, dictadura, autoritarismo y totalitarismo. Entre todos estos términos el autor considera que autocracia es el que permite establecer con mayor claridad la diferencia con la democracia: “Autocracia es auto-investidura, es proclamarse jefe uno mismo, o bien ser jefe hereditario. Mientras que el principio democrático es precisamente que nadie puede investirse por sí solo, que nadie puede autoproclamarse jefe, y que nadie puede heredar el poder” (Sartori, 2009, p. 56).

De acuerdo con esta distinción, en la autocracia no importa el proceso de elección ni lo que elija una mayoría, sino que se impone la autoproclamación. Basta con que se tenga el respaldo, ya sea por el derecho de heredar el poder —avalado por el poder divino de Dios, como en las monarquías absolutistas—, o por el respaldo de quienes tienen las armas, como es el caso de los altos mandos de las Fuerzas Armadas, o por los grandes capitales.

La autocracia se caracteriza por la concentración del poder en un individuo cuya autoridad no emana de procesos de elección. En muchos casos, este tipo de configuración da lugar a un régimen político autoritario, el cual se distingue por permitir un pluralismo limitado, ciertos procesos de liberalización y la existencia de una oposición tolerada (Linz, 1978). En los autoritarismos, por lo tanto, no se escucha ni importa la voz de la mayoría, sin embargo, se concede una pluralidad y discrepancia mínima.

Ahora bien, cuando ciertos principios e instituciones se vulneran, es posible que se abra el camino hacia el totalitarismo. Si bien un régimen autoritario no deriva necesariamente en un totalitario, puede generar las condiciones para su surgimiento. En este sentido, el autoritarismo puede preceder al totalitarismo, aunque este también puede surgir de uno democrático, como fue el caso de la Alemania nazi, donde el Partido Nacionalsocialista obtuvo un respaldo electoral mayoritario y Hitler fue nombrado canciller.

La lógica que sigue el totalitarismo, como plantea Arendt (2022), es que se construye a partir de un movimiento de masas que permite a un líder cooptar el aparato estatal, y lo hace mediante una ideología capaz de aglutinar a los individuos en torno a un proyecto único. La autora sostiene que la característica que define al totalitarismo es que:

[…] nunca se contenta con dominar por medios externos, es decir, a través del Estado y de una maquinaria de violencia; gracias a su ideología peculiar y al papel asignado a ésta en ese aparato de coacción, el totalitarismo ha descubierto unos medios de dominar y de aterrorizar a los seres humanos desde dentro (Arendt, 2022, p. 455).

Los movimientos totalitarios fueron posibles gracias a masas que desarrollaron un interés por la organización política, pero que, ya fuese por indiferencia o por su gran número, no lograron integrarse en agrupaciones con intereses comunes (Arendt, 2022). La autora menciona que estas masas surgieron de los fragmentos de sociedades muy atomizadas, y que la característica principal del hombre-masa fue su aislamiento y su falta de relaciones sociales normales. Se trata, pues, de una masa desestructurada y compuesta por individuos aislados, por personas comunes que integran la base del movimiento totalitario.

Así, el totalitarismo se consolidó durante el siglo XX en un contexto de imposibilidad —o apatía— para integrarse a organizaciones tradicionales. En este escenario, individuos aislados vieron en estos proyectos radicales una solución aparentemente óptima para sus objetivos, deseos y anhelos. Fueron estos individuos quienes hicieron posible que, tanto en la Alemania nazi como en la Unión Soviética de Stalin, el totalitarismo se configurara como un régimen que abarcó todos los ámbitos de la vida pública y privada, caracterizado por no dejar resquicios para la individualidad y por suprimir toda forma de pluralidad.  De este modo, se facilitó la eliminación del otro —que era percibido como distinto— y la normalización de la falta de respeto por la vida humana.

Al retomar la distinción de Sartori entre democracia y no democracia, puede afirmarse que, todo totalitarismo es una autocracia, pero no toda autocracia es un totalitarismo. Esta última forma representa el extremo más radical del espectro no democrático. Dentro de las autocracias, el autoritarismo se limita al control del poder político y obediencia, permitiendo ciertos espacios. El totalitarismo, en cambio, va más allá, y busca “la dominación total, que aspira a organizar la pluralidad y diferenciación infinita de los seres humanos como si la humanidad fuese justamente un individuo” (Arendt, 2022, p. 589). Así, mientras que el autoritarismo concede ciertas libertades y espacios mínimos para la disidencia, el totalitarismo se configura como un proyecto que pretende abarcarlo todo, sin fisuras, e integrar a todos los habitantes en un único modelo.

Totalitarismo en Star Wars

Para los fines de este ensayo, la galaxia bajo el dominio del Imperio Galáctico en el universo de Star Wars será analizada como una unidad política singular, equiparable a un Estado. Esto se justifica con base en dos aspectos clave presentes en la narrativa de la saga original: en primer lugar, la galaxia fue previamente organizada como una República Galáctica, una entidad política unificada que integraba a los diversos sistemas planetarios. En segundo lugar, Star Wars se circunscribe únicamente a esta galaxia, sin mencionar otras galaxias con las que interactúe, lo que la constituye como un sistema cerrado y autónomo para el análisis.

En Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza (1977), la primera de la saga en salir en cines, dirigida y escrita por George Lucas, muestra un proceso político en una galaxia lejana dominada por el Imperio Galáctico, liderada por el Emperador Palpatine y con Darth Vader como su principal ejecutor. La mayoría de los planetas se encuentran subordinados al Imperio, pero el descontento crece cuando este impone el control y el orden por medio de la fuerza, no por el diálogo, silenciando cualquier voz disidente.

El Imperio Galáctico presenta características del totalitarismo descritas por Hannah Arendt. Si bien el ascenso del Emperador Palpatine no se muestra en Una nueva esperanza, sino en sus precuelas, en ellas queda claro el proceso mediante el cual, ante una crisis institucional y un miedo generalizado en la República, se le otorgan poderes extraordinarios y es nombrado Canciller Supremo, cargo desde el cual terminaría convirtiéndose en emperador. Su llegada al poder no fue por la fuerza, sino gracias a una sociedad de masas.

Lo que sí puede apreciarse en Una nueva esperanza es la figura del hombre masa en un estado de aislamiento. Por ejemplo, cuando la princesa Leia envía a C-3PO y R2-D2 con los planos de la Estrella de la Muerte, ambos llegan a Tatooine, donde son capturados por los jawas y posteriormente vendidos a Luke Skywalker y a su tío Owen. Luke descubre el mensaje de la princesa Leia y decide ayudarla para combatir al imperio, pero su tío le advierte que es mejor no involucrarse en problemas. Esta actitud refleja su desvinculación de los asuntos públicos y un aislamiento tanto físico —al vivir en un planeta lejano y olvidado— como político, al evitar la acción y retrayéndose a la esfera de lo privado, siendo funcional al totalitarismo, propio del hombre masa descrito por Arendt.

Por otra parte, la Estrella de la Muerte simboliza la forma más radical de violencia del régimen: no solo elimina a sus opositores, sino también a poblaciones enteras. Su propósito es destruir la pluralidad e imponer la homogeneización. A diferencia del autoritarismo, que admite un pluralismo limitado, el totalitarismo que encarna el Imperio no tolera fisuras: todos deben alinearse con el poder, respaldado por una presencia militar que abarca toda la galaxia y por una extensa red de espías e informantes.

El Emperador Palpatine sostiene su dominio en valores como el orden, la centralización del poder, el militarismo y el expansionismo. Dicho control se apoya en las Fuerzas Armadas Imperiales, integradas por numerosos contingentes de Stormtroopers, así como en los gobernadores regionales conocidos como Moffs y Grandes Moffs. Darth Vader encarna los principios imperiales: reprime a los rebeldes, proyecta disciplina e infunde pavor entre los habitantes de la galaxia.

Un punto de inflexión para el imperio fue la destrucción de Alderaan, hecho que impulsó a ciudadanos de distintos planetas a exigir la restauración de la República y el fin de la represión. La rebelión, conocida como la Alianza Rebelde, surgió no solo como una resistencia política, sino también como una defensa de la vida frente a una maquinaria totalitaria que aspiraba a abarcarlo todo. En este contexto, la princesa Leia logra obtener los planos de la Estrella de la Muerte, lo que abre la posibilidad de destruirla e iniciar un proceso de restauración republicana, concebido como un retorno a la democracia. Luke Skywalker, junto con Han Solo, Chewbacca, la princesa Leia, R2-D2 y C-3PO, se integra a esta odisea que simboliza la lucha por la libertad frente a la opresión.

Esta lucha mostró la diversidad de pueblos que se oponían al Imperio. La galaxia está conformada por planetas tan distintos entre sí como el desértico Tatooine o el selvático Yavin. En la Alianza Rebelde se refleja esa pluralidad, pues en ella conviven, por ejemplo, humanos, wookies y rodianos. Sin embargo, es importante reconocer que la opresión ejercida por el Imperio no es homogénea y que algunas especies la padecen con mayor intensidad.

En otras películas de la saga se menciona la esclavitud que sufrieron los wookies —la raza de Chewbacca—, obligados a trabajar en construcciones imperiales o, en algunos casos, vendidos. Otro ejemplo es el de los droides, que, pese a no ser seres orgánicos, poseen inteligencia artificial, desarrollan personalidad e incluso sentimientos que generan lazos de amistad con personajes vivos. No obstante, son tratados como meros objetos y segregados, como lo demuestra la política de exclusión hacia droides en la cantina de Mos Eisley.

A pesar de que años luz los separan, de que no pertenecen a la misma raza y de que la opresión los afecta de manera distinta, comparten el objetivo de terminar con el totalitarismo del Imperio. Desde esta perspectiva, la Alianza no es una mera unión militar, sino un esfuerzo por estructurar una convivencia que reconozca las diferencias. Como señala Merino, lo que los une es precisamente el hecho de habitar un mismo espacio compartido. El espacio público, sin embargo, se encuentra cooptado; y si bien la democracia no garantiza una solución total a los problemas ni el fin de los conflictos entre razas y planetas, al menos procura que dichos problemas se canalicen por vías no violentas y mediante consensos construidos desde la pluralidad.

Sistema político de David Easton y aplicación a Star Wars

El politólogo canadiense David Easton se distinguió por aplicar la teoría de sistemas al estudio de la política. La base de su modelo quedó establecida en su obra A Systems Analysis of Political Life (1965), donde concibió al sistema político como el conjunto de interacciones sociales a través de las cuales se realizan asignaciones vinculantes de valores para una sociedad. Para los fines de este ensayo, se empleará el texto original, así como una versión publicada posteriormente de su marco teórico, en 2001.

La propuesta de sistema político de Easton se vio influida por la revolución conductista y la teoría general de sistemas, con el objetivo de crear un marco teórico capaz de explicar la estabilidad y el cambio político. A diferencia del enfoque institucional tradicional de la ciencia política, que se centraba en las instituciones formales —como el Estado o el parlamento — como el factor principal que configura el comportamiento político, Easton concibe la política como un sistema abierto que responde constantemente a su entorno. En este modelo, las interacciones (inputs), en forma de demandas y apoyos provenientes de la sociedad, atraviesan un proceso de conversión (black box) que se traduce en outputs, es decir, decisiones y políticas que, a su vez, retroalimentan al sistema mediante el feedback.

Easton (2001) establece que la vida política es como un sistema de conducta integrado a un ambiente, cuyas influencias inciden sobre él y frente a las cuales este reacciona en función de las demandas, apoyos y presiones que provienen del entorno. Para el autor, dicho ambiente abarca aspectos físicos, biológicos y sociales, entre otros, y se compone de dos dimensiones: la intrasocial, que incluye los sistemas internos de una comunidad política —como la cultura, la economía o la estructura social—; y la extrasocial, que corresponde a los sistemas externos, entendidos como las influencias provenientes del entorno internacional (Easton, 2001).

Un ejemplo de influencia extrasocial puede observarse en la Alemania nazi, cuyo expansionismo militar provocó la reacción de las potencias europeas, que percibieron esta expansión como una amenaza. Ello generó presiones externas que contribuyeron a la desestabilización del régimen. En cuanto a lo instrasocial, un ejemplo es el de la Unión Soviética, donde las políticas de perestroika y glasnost —diseñadas como outputs para responder a demandas internas— no lograron ser asimiladas adecuadamente por el sistema, demostrando una incapacidad para procesar la retroalimentación y manteniendo una tensión que culminó en su colapso.

En términos analíticos, el sistema político de Easton puede compararse con un organismo vivo que debe adaptarse a su entorno para mantenerse en equilibrio. De manera análoga a un camaleón que ajusta su apariencia para responder a las condiciones externas, el sistema político transforma sus dinámicas para enfrentar las presiones de su ambiente. Sin embargo, esta relación no implica un determinismo absoluto: los sistemas políticos también influyen activamente en su entorno, al modificar las condiciones que los afectan. En este sentido, Easton (2001) sostiene que la vida política constituye un sistema abierto, expuesto a influencias de los demás sistemas con los que interactúa, de manera que su estabilidad depende tanto de su capacidad de adaptación como de su habilidad para transformar su ambiente.

Para el politólogo canadiense, los sistemas políticos no son estáticos, sino dinámicos y adaptables. Easton (1965) define a un sistema político “[…]como aquellas interacciones a través de las cuales se asignan valores de manera autoritativa para una sociedad." (p.21). Esto significa que quienes ostentan el poder toman decisiones legitimas y obligatorias con el fin de modificar comportamientos, definir derechos y obligaciones, y gestionar conflictos, entre otras funciones. Por otro lado, conceptualiza las perturbaciones como “aquellas influencias del ambiente total de un sistema que actúan sobre éste y lo modifican” (Easton, 2001, p. 225), aclarando que no todas generan tensión.

Según esta teoría, la tensión surge precisamente del incumplimiento de las funciones básicas del sistema: 1) la incapacidad de asignar valores vinculantes para la sociedad y 2) la falta de aceptación mayoritaria de dichas asignaciones (Easton, 2001). Cuando estas variables amenazan con sobrepasar sus límites críticos, se evidencia que las presiones del ambiente son significativas. El mecanismo de respuesta del sistema para gestionar esta tensión se articula mediante el flujo de inputs (demandas) que recibe y los outputs (decisiones) que genera.

El sistema político analiza lo que acontece en el ambiente con el fin de reaccionar a perturbaciones que tienen el potencial de desestabilizarlo, y lo hace a través del siguiente proceso: primero, los inputs (entradas), que son las demandas y apoyos ciudadanos, se dirigen al sistema político. Posteriormente este las analiza y procesa en lo que, en ocasiones, se conoce como ‘la caja negra’, ya que su proceso interno de conversión es complejo y, para el análisis, no es necesario detallarlo exhaustivamente. Después, se producen los outputs (salidas), es decir, decisiones y acciones (políticas públicas). Por último, existe el proceso de retroalimentación, en el que las respuestas del sistema influyen en las futuras demandas y apoyos.

Sin embargo, el análisis del universo de Star Wars brinda la posibilidad de abrir la ‘caja negra’ y examinar su interior. Un ejemplo se ofrece en la serie Andor (Gilroy, 2022) precuela de Una nueva esperanza, donde la construcción de la Estrella de la Muerte —uno de los outputs más significativos del Imperio— fue el resultado de dos procesos. Por un lado, la explotación sistemática, materializada en el trabajo forzado de pueblos como los wookiees. Por otro, una manipulación política, que permitió obtener la financiación del Senado Galáctico a través de un falso programa de energía. De este modo, mientras que en el modelo de Easton la naturaleza ‘caja negra’ no es transparente, en este caso es posible descifrar su funcionamiento para observar cómo el régimen totalitario transforma demandas de seguridad y control en un símbolo de terror y en un arma letal.

La historia galáctica previa al Imperio demuestra que, cuando la galaxia funcionaba bajo un régimen democrático como la Antigua República, las demandas de los habitantes podían ser canalizadas y procesadas, generando decisiones que, a su vez, permitían una retroalimentación constante. Esto hacía posible que el sistema interpretara la información proveniente del entorno y enfrentara las tensiones que se presentaran. Las autoridades de la galaxia, como representantes del sistema, dependían de esa retroalimentación para conocer los efectos de sus acciones. Si su objetivo era garantizar la perdurabilidad del sistema, debían contar con una adecuada capacidad de lectura y procesamiento de la información, así como tomar decisiones que satisficieran tanto a los demandantes como a quienes ofrecían los respaldos.

Aunque la propuesta de David Easton fue concebida para analizar democracias, su marco teórico resulta útil para examinar el comportamiento de regímenes totalitarios como el Imperio Galáctico. Tanto los humanos como los seres de otros planetas llegaron a un punto en el que no soportaban la asfixia imperial, resultado de una represión extrema ejercida por las Fuerzas Armadas Imperiales y un poder centralizado. Un ejemplo que evidencia el carácter violento del régimen es la masacre de Ghorman, —narrada en la serie Andor—, donde soldados imperiales abrieron fuego y asesinaron a cientos de manifestantes pacíficos que reclamaban que se detuviera la explotación de un mineral necesario para la construcción de la Estrella de la Muerte, explotación que los habría dejado sin planeta. Este evento impulsó la formación de la Alianza Rebelde. La principal demanda de esta coalición era restaurar la República Galáctica, en la que cada planeta gozara de mayor autonomía y sus poblaciones tuvieran más libertad.

En contraste a la creciente demanda de cambios, los apoyos al sistema provenían de los Moffs, quienes controlaban sectores compuestos por varios sistemas estelares y planetas y que, al igual que los militares, mostraban una lealtad absoluta al Emperador Palpatine y a su lugarteniente, Darth Vader. Este respaldo institucional y coercitivo era lo que sostenía al régimen frente al descontento generalizado.

En un momento clave, el Gran Moff Tarkin informa a los demás líderes imperiales que el Emperador Palpatine ha disuelto el Senado Galáctico. La razón es que la Rebelión y sus demandas estaban ganando popularidad dentro de la institución. Es entonces cuando Tarkin declara: “Los últimos reductos de la Antigua República han sido eliminados…El miedo mantendrá el orden en los sistemas locales, el miedo a esta estación de combate” (Kurtz & Lucas, 1977, min. 37:25). Esto significa la eliminación de la última institución que podía ejercer algún tipo de contrapeso, la cual había logrado permanecer durante la transición de la República al Imperio. Su disolución confiere a los Moffs el control directo sobre sus territorios y elimina cualquiera de las trabas burocráticas que pudiera impedir el uso de la Estrella de la Muerte en cualquier momento.

Esta información se dirige hacia la caja negra, que en este caso es el Imperio Galáctico. El sistema la analiza y procesa, y las acciones resultantes son mayor represión, incremento de la militarización y, como acto de intimidación, la destrucción del planeta Alderaan junto con toda la vida que lo habitaba. Estas decisiones se fundamentan en la lógica de los regímenes totalitarios, que no aceptan grietas en su cohesión interna. Al disolver el Senado y contar con el respaldo y la lealtad absoluta de los Moffs y de los militares, el Imperio se considera con la fuerza suficiente para ejecutar tales acciones. No obstante, al bloquear las demandas y procesar únicamente los apoyos, se revela una falla estructural: el sistema genera respuestas que no disminuyen la tensión del entorno, lo que eleva la probabilidad de inestabilidad y conflicto.

La retroalimentación generada resulta perjudicial para el propio sistema, pues impulsa a humanos y alienígenas que padecen el totalitarismo imperial a rebelarse, al reconocer que el régimen no escucha ni dialoga, sino que se impone. Esto los lleva a tomar las armas y a unirse a la incipiente Alianza Rebelde. Un caso paradigmático es el de Luke Skywalker, quien en un inicio quería ingresar a la Academia de Pilotos del Imperio, sin importarle ser formado por el régimen. No obstante, tras el asesinato de sus tíos a manos de las tropas imperiales, decide revelarse y acompaña a Obi-Wan Kenobi para ayudar a la princesa Leia.

En contraste, la actitud de su tío Owen ejemplifica la de aquellos que, por miedo o complicidad con el régimen, deciden no actuar ante las injusticias. Cuando Luke menciona la posibilidad de ayudar a la princesa Leia, el tío le dice que no se meta en problemas. Su postura es la de evitar a toda costa enfrentarse al imperio y, en la práctica, alinearse con él. Sin embargo, como demostró el régimen de la Alemania nazi, la lógica totalitaria termina por acechar a todos. Esto, queda plasmado en el poema del pastor luterano Martin Niemöller:

Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista.

Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío.

Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre. United States Holocaust Memorial Museum, 2023, párr. 1).

Sostener que el totalitarismo se limita a silenciar, perseguir, encarcelar o asesinar a quienes cataloga como enemigos es un error. Un rasgo fundamental de este régimen es que mantiene un estado de alerta constante, en el que cualquier tipo de diferencia puede ser percibida y establecida como amenaza. Este instrumento se integra en la ideología, y el hombre-masa lo pone en práctica al posicionar a los otros como enemigos. Frente a la creencia de que la indiferencia no contribuye a la violencia ejercida contra el otro, la realidad es que esa misma indiferencia es la que hace posible dicha violencia.  Esa falsa idea, que funciona como mecanismo de protección —tal como se refleja en el poema de Martin Niemöller—, ignora que todos son potenciales víctimas del totalitarismo. No decir nada ante las violaciones es, precisamente, lo que lo sustenta.

Este mecanismo de control y acción puede analizarse en el universo de Star Wars a través de dos dimensiones: la interna y la externa. En el ámbito intrasocial, factores como el planeta Tatooine y los comerciantes ilegales —entre ellos Han Solo— favorecen la incorporación de nuevos actores a las demandas, lo que pone en entredicho la estabilidad del Imperio. En cuanto al ámbito extrasocial, al no mostrarse en la película la existencia de otras galaxias, no es posible identificar influencias externas sobre la galaxia en cuestión.

A continuación, en la figura 1, se muestra la propuesta de sistema político aplicada a la película:

Figura 1

Sistema político de David Easton aplicado a Star Wars episodio IV


Nota. Elaboración propia a partir de los postulados de David Easton (1965/2001) y la película Star Wars episodio VI (Kurtz & Lucas, 1977).

De manera análoga, en Star Wars: Episodio IV el Imperio Galáctico se muestra como un sistema político incapaz de procesar las demandas de sus habitantes. La retroalimentación que recibe, lejos de fortalecerlo, lo coloca en una situación de creciente vulnerabilidad. Esto se refleja en que, mientras la cohesión entre Moffs y fuerzas militares permite sostener acciones represivas, en el ámbito intrasocial factores como el planeta Tatooine y los comerciantes ilegales aprovechan la situación de revuelta para continuar sus negocios, mientras que otros actores se suman a las demandas de la Alianza Rebelde. Así, del mismo modo que los regímenes históricos mencionados, el Imperio bloquea demandas y procesa únicamente los apoyos, lo que incrementa la tensión y compromete su estabilidad. En las siguientes películas se muestra el desplome del sistema y la victoria de los rebeldes.

Conclusión

La tesis del presente trabajo, que postula que el Imperio Galáctico en Star Wars: episodio IV es un régimen totalitario cuyo colapso puede analizarse con la teoría de sistema de David Easton se confirma. En primer lugar, el análisis desde la perspectiva de Hannah Arendt demostró que el Imperio posee los rasgos fundamentales del totalitarismo: la supresión de la pluralidad, al no permitir disidencia política; el uso del terror como instrumento de control —ejemplificado con la destrucción de Alderaan por la Estrella de Muerte—; y una ideología basada en el orden y el miedo, que sustenta su poder.

En segundo lugar, la aplicación del modelo de Easton reveló que el colapso del Imperio se debió a su rigidez, la cual impidió procesar las demandas provenientes de la sociedad, las cuales buscaban mayor apertura democrática y poner fin a la represión. Sin embargo, el sistema solo generó outputs represivos que, lejos de gestionar efectivamente las perturbaciones, intensificaron una retroalimentación negativa. Dicha dinámica amplió el apoyo a la Alianza Rebelde, la cual representaba una alternativa de libertad y democracia. Este proceso culminó en la batalla de Yavin, donde la destrucción de la Estrella de la Muerte marco el inicio de la implosión del sistema.

La propuesta de Easton resulta muy útil para comprender cómo opera un sistema político de forma dinámica. En una democracia, que es inherentemente abierta y plural, los gobernantes deben escuchar a la ciudadanía para implementar políticas públicas que resuelvan sus problemas. Por el contrario, los totalitarismos operan bajo una lógica opuesta: son sistemas cerrados que no interpretan correctamente el ambiente y, al igual que un organismo que no se adapta, corre el riesgo de desaparecer. Precisamente por ello, la participación ciudadana en la vida pública es crucial para construir mejores sociedades, ya que se traduce en demandas que obligan a los gobernantes a brindar respuestas satisfactorias.

Los totalitarismos podrían parecer algo anacrónico, propio del pasado, y Corea del Norte el último vestigio de este fenómeno del siglo XX. No obstante, la posibilidad de que un régimen de ese tipo coopte un Estado está siempre presente. Cabe recordar que estos regímenes pueden llegar por vías democráticas y transformarse progresivamente. Los gobiernos de Viktor Orbán en Hungría, Nicolás Maduro en Venezuela y Nayib Bukele en El Salvador son ejemplos de autoritarismos que, en su momento, accedieron al poder mediante el voto popular y que pueden establecer condiciones para una eventual evolución hacia el totalitarismo.

Orbán ha impulsado leyes restrictivas que atentan contra las libertades de las minorías y de la comunidad LGBTIQ+. Maduro ha criminalizado la disidencia política y persiguiendo a sus opositores, erosionando el pluralismo limitado que caracteriza a los autoritarismos. Además, ha convertido al Helicoide como símbolo de terror estatal. En el caso de Bukele, su política de mano dura ha logrado reducir la inseguridad, pero el costo ha sido una degradación del Estado de derecho, el encarcelamiento de personas inocentes y la consolidación de una reelección indefinida. Si bien Bukele ha ofrecido una solución inmediata a un problema de inseguridad que afectó durante años al país centroamericano, ello también ha generado un terreno fértil para que un proyecto totalitario enfrente menos resistencia institucional y social.

En un contexto de polarización cada vez más extrema y de crisis, la llegada a la política de personajes estridentes que prometen soluciones simples a problemas complejos representa, para muchas personas, una aparente salida. Frente a ideologías que se aprovechan del hombre-masa contemporáneo, los algoritmos de las redes sociales encapsulan al individuo y le muestran una realidad filtrada —aquella que desea ver o que el propio algoritmo decide mostrarle—, mientras que el aislamiento social al que somos cada vez más proclives refuerza la vulnerabilidad colectiva. Todo ello conforma un caldo de cultivo propicio para la reproducción de dinámicas autoritarias que recuerdan las formas de dominación basadas en el miedo. De esta manera, Star Wars deja de ser solamente una película y se convierte en un recordatorio permanente sobre la vigencia y la amenaza siempre latente del resurgimiento de regímenes totalitarios en la política actual.

Referencias

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Notas al pie de página

*El presente ensayo es resultado de una iniciativa de investigación independiente, desarrollada sin ningún tipo de financiamiento institucional.

**Estudiante del doctorado en Ciencia Política, del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH). Correo: [email protected]