Martha G. de Romero escribía en 1963 al rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para pedir informes sobre la situación escolar de su hijo, inscrito en la carrera de Ingeniería Mecánica Eléctrica.1 En su carta, expresaba su desconcierto porque su hijo quería casarse antes de concluir los estudios que la familia con grandes sacrificios sostenía. “No nos oponemos a que se case, pero como todavía no termina su carrera entendemos que no debe hacerlo, pues sería un fracaso rotundo”, afirmaba. Puede apreciarse que la señora Romero depositaba en la carrera universitaria la posibilidad de un porvenir desahogado para su hijo, y no terminarla implicaba para este un futuro incierto.
De modo similar a este caso, numerosas familias durante las décadas de 1950 y 1960 colocaron los estudios universitarios en el centro de los imaginarios aspiracionales y de pertenencia de clase entre los sectores medios, lugar que apenas unas décadas atrás ocupaban las carreras cortas de tipo comercial y administrativo.2 La notoriedad cobrada por las universidades y el crecimiento de sus matrículas no fue exclusiva de México y su capital, pues tuvo paralelos en diferentes latitudes desde finales del siglo XIX;3 sin embargo, en México, en las décadas intermedias del siglo XX, las universidades cobraron un lugar central en términos políticos y sociales. Los historiadores de los “sesenta globales” las consideran zonas de contacto entre lo local y lo global donde los discursos, prácticas e instituciones de la Guerra Fría “permearon las prácticas, comportamientos y experiencias cotidianas”.4 En una escala local, las universidades destacaron a partir de 1940 como espacio formativo para el entorno laboral marcado por la redefinición del modelo económico que trajo consigo la ampliación de las burocracias estatales, la industrialización y el desarrollo de obras de infraestructura.5 Asimismo, las elites políticas refirieron constantemente la expansión de la educación superior como emblema del desarrollo social y político del Estado posrevolucionario.
La historiografía existente sobre las universidades en México ha enfatizado la manera en que estas estuvieron inmersas en los años intermedios del siglo XX en un marcado proceso de polarización política que se tradujo en la aparición de nuevas agrupaciones y movilizaciones estudiantiles de diferente signo y alcance.6 También ha abordado los vínculos y tensiones políticas entre la administración universitaria y el Estado mexicano.7 Sin embargo, este trabajo se enfoca en la manera en que la educación superior, particularmente en la UNAM, jugó un papel importante en la reconfiguración de procesos de estratificación social donde el factor escolar ganó terreno en las representaciones y narrativas de los sectores medios para diferenciarse de los sectores populares.8 La distinción de los estudios universitarios estuvo atravesada por otros procesos como la notoria transformación socioespacial de la capital en la época y la deseabilidad derivada de novedosas prácticas de consumo, esparcimiento y convivencia familiar, cuyas representaciones permearon la prensa, el cine y los programas de televisión.9
Un acercamiento a esta centralidad de las universidades en las posibilidades y expectativas de movilidad social fue desarrollado por David E. Lorey desde la historia económica. Este autor sostiene, a través de un análisis cuantitativo, que las expectativas de movilidad social asociadas al sistema universitario no correspondían a la oferta laboral para graduados al menos desde 1958, pese a lo cual prevalecieron, debido al estatus que las universidades públicas otorgaron a sus estudiantes, a quienes el autor considera mayoritariamente de extracción popular. 10 Coincidimos con Lorey en la distinción social que connotaba estudiar en la universidad, sin embargo, su trabajo no explora los discursos que dotaban de sentido a esas narrativas ni da cuenta de las especificidades de las diferentes universidades públicas.
Este trabajo busca indagar en esos vacíos a través de la exploración de las narrativas sobre la universidad y sus estudiantes, así como de sus implicaciones en los procesos de diferenciación social y el papel que jugaron en ellas factores como el contraste socioespacial y el género. Además, está centrado en la UNAM, institución que en el periodo analizado ocupó un lugar central en las representaciones de la educación superior y del desarrollo urbano. Algunas particularidades de esta universidad y sus alumnos ya han sido señaladas por Jaime Pensado, quien contrasta la composición de su alumnado frente al de otras instituciones como el Instituto Politécnico Nacional (IPN), cuyos estudiantes provenían en mayor medida de otras entidades federativas y de hogares encabezados por trabajadores obreros y agrícolas.11 Sergio Miranda también subraya la relevancia política y social de la UNAM como institución de educación superior a mediados del siglo XX derivada de la bonanza económica producida por el desarrollismo de la posguerra y la consolidación del poder político corporativo del Partido Revolucionario Institucional (PRI).12 Muestra de ello, fue la construcción de la Ciudad Universitaria (CU) al sur de la metrópoli, obra que se desarrolló y financió gracias a la cercana relación de la nueva elite política encabezada por Miguel Alemán con los cuadros más altos de la casa de estudios.13 Las prácticas clientelares del corporativismo priista también hicieron de la UNAM un espacio formativo de cuadros políticos, ya fuera a través de la cooptación de líderes de las organizaciones estudiantiles, o a través del financiamiento de novatadas y fiestas, que Pensado denomina “patrocinio del relajo”.14
La ubicación de CU en la Ciudad de México contribuyó a la nitidez de los contrastes socioespaciales con que el episodio de urbanización de esos años benefició a colonias del poniente y sur-poniente y las convirtió en zonas emblemáticas del habitar urbano y el consumo de los sectores medios, según las pautas que circularon en el Occidente de la segunda posguerra.15 La relativa cercanía del nuevo campus con las colonias beneficiadas por la urbanización acentuó la imbricación de los imaginarios en torno a la educación superior y otras prácticas asociadas al ascenso social, como los empleos profesionales o administrativos, el vivir en departamentos y diversas prácticas de consumo. Tales imaginarios y prácticas contrastaban con los asociados a sectores populares, por lo que resultaron especialmente significativos para quienes eran o aspiraban a reconocerse como parte de las clases medias, principales destinatarias e interlocutoras de las políticas socioculturales del régimen priista.16
Este artículo tiene entonces por objetivo explorar el lugar que tuvieron las narrativas de movilidad social presentes en discursos y representaciones de jóvenes universitarios y analizar la manera en que esas narrativas se imbricaron con aspectos ocupacionales, económicos y espaciales, así como el modo en que la pertenencia a la UNAM afirmó su carácter de marcador de diferencia social en un periodo álgido de cambios urbanos, culturales y de género. El trabajo plantea que el carácter aspiracional de los estudios superiores se sostenía en la premisa de que estos garantizaban el acceso a ocupaciones socialmente valorizadas, como profesionistas y empleos administrativos, las cuales se distinguían de ocupaciones manuales asociadas a los sectores populares.17 Sin embargo, se subraya que dicha premisa estuvo visiblemente atravesada por el género y sus imaginarios normativos. Con lo anterior, el presente texto se sitúa en diálogo con la historia social de los sectores medios en México y el creciente corpus historiográfico sobre las imbricaciones del género con el desarrollo de las profesiones.
Un referente central para este trabajo es el planteamiento de Pierre Bourdieu en torno a la multidimensionalidad de las diferencias sociales y su reproducción, proceso en el que el componente escolar ganó relevancia.18 En ese sentido, abordar las expectativas depositadas en la educación superior y su relación con prácticas y condiciones materiales específicas permite aprehender el proceso de diferenciación social entre quienes se reconocían como parte de las clases medias y se distanciaban de lo que pudiera asociarlos con los sectores populares. En esto dialoga con el trabajo de Ezequiel Adamovsky, quien subraya la relevancia de analizar las “operaciones de clasificación” con las que narrativas sociales diversas perfilan los límites entre clases y construyen representaciones aspiracionales de las clases medias.19
El análisis está enmarcado en el periodo que inicia con el arribo de los estudiantes a CU en 1954 y cierra en 1966, corte importante en la política y la tesitura discursiva sobre la UNAM y sus estudiantes.20 Investigadores se han referido a este periodo como “paz cuasioctaviana” o la “época de oro” de esta institución, debido a la aparente estabilidad que existía en la relación entre alumnado, autoridades universitarias y gubernamentales, aunque Pensado ha mostrado que esos años estuvieron lejos de ser tersos y tranquilos.21 Este trabajo sostiene que, pese a la creciente polarización política estudiantil, los imaginarios sobre los universitarios en este periodo fueron medulares en las aspiraciones y procesos de diferenciación social de los habitantes de la creciente y contrastante metrópoli.
Desde inicios del siglo XX, la asociación entre educación y acceso a empleos con mayor valoración social (profesionales y administrativos o de cuello blanco) fue evidente. De ahí que desde las primeras décadas del siglo, la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) y las escuelas comerciales incrementaran su deseabilidad y el tamaño de sus matrículas.22 Para la década de 1940, estas aspiraciones fueron desplazándose a la educación superior debido al aumento de la demanda de profesionistas calificados producida por el viraje económico y acompañada de representaciones positivas de los estudiantes como símbolos de “modernidad” y “progreso social”, de modo similar a lo observado en otros países latinoamericanos.23
Una serie de entrevistas realizadas a padres y madres de jóvenes menores infractores a finales de la década de 1960 da cuenta de la creciente aspiración por acceder a las aulas universitarias entre sectores medios y populares de esos años. Los entrevistados, cuyo máximo nivel de estudios era la primaria terminada, expresaron su deseo de que sus hijos estudiaran una carrera corta (33%) o profesional (37%); solo 20% consideró suficiente la primaria.24 Las razones para ello incluyeron frases como “con una carrera no tendrá que trabajar tanto”, “no se matará como los pobres”, “ganará mucho dinero”, “tendrá casa propia”, “tendrá coche” y “ser[á] un buen profesionista que gane mucho dinero”.25 Puede verse que la asociación entre tener una carrera y un estilo de vida desahogado se había convertido en lugar común, hecho que fue criticado por un profesor que señalaba la insistencia de las familias para que sus hijos entraran en la universidad solo “por afán de lucro”, sin importar sus habilidades académicas o su vocación.26
En medio de ese imaginario aspiracional, la UNAM cobró un lugar destacado frente a otros centros de educación superior de la capital, como el IPN -fundado en 1937 como contrapeso técnico a la formación humanística de la universidad- y las emergentes escuelas privadas como la Universidad Iberoamericana, creada en 1953, la Universidad Femenina y la Universidad Motolinía, ambas fundadas en 1943.27 Incluso entre las elites, la UNAM fue el espacio de educación profesional más prestigioso durante las décadas de 1950 y 1960.28
La construcción e inauguración del nuevo campus en 1954 contribuyó al atractivo de la institución y estuvo acompañado de una importante escalada en la matrícula, lo cual fue percibido con optimismo. Las cifras muestran que, entre 1950 y 1955, la población universitaria de nivel superior creció de 18,146 a 25,075 alumnos, un incremento de 38% que contrastaba con el 7% del lustro previo.29 Esa tendencia se acentuó entre 1955 y 1960, cuando se registró un total de 39,471 estudiantes inscritos. En los siguientes dos lustros, los porcentajes de crecimiento fueron de 23% y 37%, de modo que para 1970 había un total de 66,238 alumnos en las escuelas profesionales y facultades.30
El optimismo de la prensa, los estudiantes y las familias se tradujo en interpretaciones del crecimiento como logro del estado posrevolucionario, acentuadas por el hecho de que muchos alumnos eran la primera generación familiar con estudios superiores.31 Cartas dirigidas a los rectores Carrillo y Chávez muestran esa valoración positiva en términos de movilidad social, al describir a la universidad como el camino para quienes “por su preparación podrían ser lo que llamaríamos los futuros maestros, dirigentes de la nación mexicana”.32 A su vez, más de uno consideró que los estudiantes formaban parte de un grupo social distinguido por sus méritos académicos y su potencial acceso a buenos empleos e ingresos. El padre de un alumno expresaba esa lógica al señalar lo siguiente: “no esperemos que un albañil analfaveta [sic] gane mejor salario que un hombre que desde la primaria ha pasado alrededor de 18 u 20 años quemándose las pestañas para el bien de todos los que le rodean”.33
Algunos alumnos también consideraban que la universidad era (o debía ser) el pase de acceso a una posición laboral favorable. Así lo afirmó Servio Tulio Acuña en la ceremonia de inicio de cursos de 1965, al argumentar que la universidad, además de “formar los cuadros de profesionales que requiere el país”, debía garantizar a los estudiantes “la adquisición de medios para abrirse paso en la vida, en tener una fuente de trabajo y de ingresos, en obtener una posición social y política”.34 Esa misma premisa era expresada desde otro ángulo por un alumno que, ante el riesgo de ser expulsado, lamentaba convertirse en “un desgraciado para toda mi vida e inútil a la sociedad y a mis familiares”. 35
Desde 1954, año inaugural de la Ciudad Universitaria, el psiquiatra Edmundo Buentello advertía ya sobre los efectos de esas altas expectativas de movilidad depositadas en la educación profesional.36 Para Buentello, el “deseo paterno” de que los hijos ejercieran actividades profesionales no solamente aumentaba el número de aspirantes, sino también su concentración en “3 o 4 profesiones liberales”, y su consecuente saturación.37 Un señalamiento similar expresó Jorge Derbez Muro, titular del Departamento de Psicopedagogía de la Universidad, para quien el anhelo de alumnos y padres por una “carrera de porvenir” explicaba la sobrepoblación de profesiones como Ingeniería, Derecho, Medicina y Comercio, así como sus altos índices de deserción.38 Este último fenómeno, decía Derbez, reflejaba la falta de vocación real de jóvenes que se dejaban “desorientar” por sus padres, el tradicionalismo y la búsqueda de prestigio y seguridad económica.
Para 1960, el desbordado incremento de aspirantes y el sobrecupo resultante eran el principal dolor de cabeza para las autoridades universitarias.39 Derivado de ello, la institución implementó un proceso piloto de admisión en 1962, replicado y ajustado en los años subsecuentes con la premisa de que “si no pueden ser recibidos todos los estudiantes, que se escoja cuando menos lo mejor”.40 Dicho proceso, compuesto en sus primeras versiones por exámenes de conocimientos, psicométricos y entrevistas, fue organizado por el Departamento de Psicopedagogía de Derbez Muro.41 Si bien estos filtros de admisión no disminuyeron el número de solicitudes ni de inscritos, al parecer ralentizaron el proceso, pues, entre 1960 y 1965, los aumentos por lustro fueron menores a los observados en la década anterior.42
Asimismo, tanto el rector universitario como el titular de Psicopedagogía señalaban que el incremento de aspirantes respondía al deseo de emplearse en ocupaciones no manuales, por lo que sugerían a los rechazados elegir “subprofesiones” y carreras de nivel técnico,43 que en los imaginarios aspiracionales habían sido desplazadas a un segundo plano.44 Para promover esta alternativa, la Universidad estableció programas de “carreras cortas” dirigidas a jóvenes que requerían con mayor premura un trabajo remunerado, razón por la cual podrían dejar incompleta su licenciatura, al verse “incapacitados para desempeñar alguna actividad específica”.45
Si bien a inicios del siglo XX las carreras cortas, comerciales y técnicas, brindaban a sus estudiantes una identidad de clase media, para el periodo de estudio del presente trabajo esto ya no era así.46 Ello lo refleja una encuesta realizada por la revista Mañana entre muchachas de 18 años clasificadas en dos grupos: universitarias y proletarias.47 Las primeras cursaban carreras profesionales, mientras que las “proletarias” agrupaban a quienes se dedicaban al hogar, obreras, trabajadoras de comercios pequeños y estudiantes de “carreras cortas y oficios especializados”.48 Esta devaluación aspiracional de las subprofesiones frente al lustre de los estudios universitarios predominó entre quienes se reconocían como sectores medios; sin embargo, debe notarse que estas contaban con una mayor oferta laboral que las profesiones universitarias, como señala Lorey.49 Lo anterior supuso vías de movilidad social entre sectores populares y entre mujeres de clase media, para quienes los trabajos secretariales y comerciales se convirtieron en una opción laboral respetable para su identidad de clase, sumado a que, como se verá, los estudios universitarios para las mujeres no significaban un horizonte laboral en la misma medida que para los varones.50 Esto se aprecia en que un número importante de las academias que ofrecían estas carreras administrativas, comerciales y secretariales estaban especialmente dirigidas a la población femenina.51
Las inconformidades de los aspirantes rechazados por la universidad destacaban que las profesiones eran la vía ideal de ascenso social, al grado que alguno afirmó exageradamente que sin universidad “el único camino que me queda es la delincuencia”.52 Otros reprochaban al rector Chávez de promover que la UNAM fuera una aspiración tangible solo para la elite: “niños bien, egresados de los colegios de paga, los miembros del Opus Dei y de otras organizaciones confesionales, los recomendados de figurones políticos”.53 Esa afirmación resultaba desproporcionada si se considera que en 1963 solo 23.8% de los alumnos de primer ingreso provenía de escuelas particulares, mientras que el resto procedía de la ENP y otras escuelas públicas.54 La revisión del perfil de los estudiantes que ingresaron a la institución en esos años deja ver que, aunque no se trataba de una “ínsula de privilegiados”, como reiteraba el rector Chávez, en el alumnado estaban sobrerrepresentados aspectos socioespaciales considerados propios de las clases medias de la época.55 De ello va el siguiente apartado.
Durante el periodo analizado, el acceso a las aulas universitarias era minoritario respecto de la población general, lo que acentuó su carácter de marcador de diferencia social. Las cifras censales muestran que, entre la población del Distrito Federal, apenas un 5% de los mayores de 25 años que había en 1950 tenían educación universitaria, mientras que, en 1960, solo 1.8% de la población de la entidad tenía estudios superiores.56
Sin embargo, la universidad ganaba su lugar en el imaginario aspiracional de las clases medias, articulada a otros aspectos que en el periodo fueron centrales en la percepción y la reproducción de diferencias sociales de una capital que se expandía, particularmente en sus contrastes socioespaciales. Durante esos años, colonias del poniente y sur poniente, tales como Del Valle, Narvarte, Vértiz-Narvarte, Roma, Condesa y otras aledañas, se hicieron emblemáticas del habitar urbano moderno caracterizado por viviendas con una división funcional del espacio, la tecnificación de lo doméstico y patrones de consumo con una notoria influencia del American Way of Life.57 Estas colonias, habitadas predominantemente por sectores medios, contrastaban con las numerosas colonias proletarias que en esos años aparecieron al oriente y norte de la urbe, caracterizadas por equipamiento urbano parcial, procesos de autoconstrucción, numerosas vecindades y otras viviendas precarias.
Esos contrastes socioespaciales estuvieron presentes en la distribución residencial de los alumnos en la ciudad. La Tabla 1 muestra cifras de 1960 y 1963 correspondientes a las zonas postales habitadas por un mayor porcentaje de estudiantes. Los datos muestran que las zonas 12 y 13, con colonias emblemáticas de los sectores medios como Portales, Narvarte y Del Valle, encabezaron la lista, al sumar 22% de la matrícula en 1960, y 25% en 1963. A su vez, la zona centro, tercer sitio en 1960, con 8.4% de los estudiantes -resabio de su carácter de barrio universitario durante décadas-, fue superada en 1963 por las zonas 7 y 14, mismas que albergaban colonias de sectores medios como la Roma y Lindavista. El crecimiento porcentual de la zona 7 (colonia Roma) es más notorio si se considera solamente la matrícula de las escuelas superiores. En conjunto, para 1963, solo cuatro zonas postales (13, 12, 7 y 14) concentraban al 40% de los estudiantes de nivel superior.
Otro aspecto que acentuaba el contraste socioespacial era el tipo de vivienda habitado por los alumnos. Para 1963, 37.4% vivía en casas que eran propiedad de su familia, mientras que 36.4% vivía en departamentos.58 Los registros no especifican si esos departamentos eran propios o alquilados, pero muestran que en conjunto más del 70% de universitarios residía en espacios habitables representativos de la urbe moderna. Las vecindades, consideradas entonces antítesis de modernización, ni siquiera están consideradas en el registro.59
Junto a los aspectos espaciales, destaca que una proporción importante de los proveedores económicos de los alumnos contaba con empleos profesionales, administrativos y comerciales cuya deseabilidad estaba asociada a las altas expectativas depositadas en los estudios universitarios. Los números muestran que, entre 1949 y 1960, el porcentaje de alumnos cuyos sostenes eran comerciantes, empleados y profesionistas disminuyó, al pasar del 70% en 1949 al 63% en 1960.60 En ese último año, el 21% de los proveedores estaba conformado por obreros y campesinos, cifra que sugiere un proceso de movilidad social real para algunos alumnos. En 1963, esa cifra disminuyó a 17.7%, lo que quizá se debió al nuevo proceso de admisión, pero indica de cualquier modo que la composición social de la matrícula no era homogénea.61
Finalmente, la distribución de ingresos en las familias de estudiantes universitarios comparados con las familias del Distrito Federal subraya el papel de la UNAM como marcador social. La Tabla 2 muestra ese comparativo para 1963; en ese año, 12.4% de las familias capitalinas percibían menos de 600 pesos mensuales (poco menos de tres salarios mínimos), ingreso que tenía solamente el 1.7% de la población universitaria.62 A su vez, la sumatoria de quienes ganaban menos de 1,500 pesos alcanzaba el 50.2% de la población de la capital, mientras que la cifra entre las familias de alumnos era de solo el 18.2%. En cambio, cerca del 70% de las familias de universitarios percibían entre 1,500 y 6,000 pesos, porcentaje que casi duplicaba al de la población de la capital con ese ingreso (38%).
Los datos anteriores muestran en conjunto que un porcentaje mayoritario de quienes ingresaron a la universidad en ese periodo podían clasificarse como sectores medios. Si bien hubo un número moderadamente creciente de alumnos de extracción popular para quienes la universidad fue una vía de movilidad social real, para la gran mayoría del alumnado, ingresar a la universidad ratificaba su pertenencia a las clases medias y la posibilidad de distinguirse de los sectores populares; de ahí su peso en las narrativas aspiracionales. Lo anterior también explica que, pese a que alrededor del 57% de los estudiantes vivía una situación económica “limitada”, y solo 37% tenía una condición buena, sus decisiones mostraban su identificación como clase media y el interés por distinguirse de otros sectores sociales, especialmente de los dedicados a labores manuales.63 Al respecto, los encargados de la bolsa universitaria de trabajo expresaron su desconcierto por la recurrencia con que los alumnos rechazaban empleos obreros aunque tuvieran una situación difícil, y señalaban esto como un “problema psicológico que afecta a la mayoría de los estudiantes a nivel profesional”.64 Cifras de 1963 muestran que aproximadamente 40% de los estudiantes combinaban sus estudios con trabajo, lo que sugiere que su condición económica no era holgada; casi 90% de ellos laboraba como “empleados” o en incipientes posiciones de su profesión, mientras que menos de 5% lo hacía como obrero o campesino.65
Es importante subrayar en este punto que las narrativas de movilidad social asociadas a los estudios universitarios estaban construidas en términos masculinos. Es decir, cuando prensa, autoridades, padres de familia y estudiantes hacían referencia a la relevancia de la educación en las posibilidades de encontrar un buen empleo y mejores condiciones de vida, los estudiantes aludidos eran varones. En cambio, cuando se abordaba el tema del creciente número de jóvenes inscritas en la universidad, la connotación era distinta, y frecuentemente apuntaba a una situación de excepción. Como han señalado Ana Laura Martin, Graciela Queirolo y Karina Ramacciotti para el caso argentino, la narrativa de movilidad social asociada al título universitario “sólo tendió a funcionar para los varones”.66 Ello es brevemente explorado en el siguiente apartado.
La connotación de singularidad o excepción atribuida a las jóvenes universitarias a mediados del siglo XX es un fenómeno que llama la atención en muchos sentidos. Tras una lenta incorporación que inició desde finales del siglo XIX, las cifras del periodo aquí analizado dejan claro que la presencia de mujeres en las aulas de la UNAM era minoritaria, pero crecía irreversiblemente, como sucedía en otras latitudes.67 En 1959, había 8,416 alumnas inscritas en la UNAM, alrededor del 16.8% de la matrícula.68 Seis años más tarde, la cifra se había duplicado a 16,004, y para 1970 alcanzaba las 25,291 estudiantes, equivalentes al 23.7% de la matrícula.69 Además, en 1963, las mujeres ya constituían el 10.7% de los profesores de tiempo completo, medio tiempo y eméritos, así como el 24% del personal de investigación en la institución.70 Sobre este incremento, no faltaron expresiones optimistas como las del propio rector Chávez, quien caracterizaba la presencia de las jóvenes como “una de las formas en que se expresa la liberación de la mujer y constituye por eso, uno de los signos de nuestro tiempo”.71
Más allá de ese optimismo, las fuentes revisadas muestran frecuentes cuestionamientos en torno a la tensión que un título universitario ejercía en el cumplimiento de los mandatos sociales femeninos de la época: el matrimonio y la maternidad.72 Tales señalamientos tenían matices; los más entusiastas por la inclusión de mujeres en la universidad subrayaban que ello les permitiría desempeñar de forma más eficaz y satisfactoria su papel de madres y esposas.73 Esta apreciación integraba concepciones modernizadas sobre la familia que circularon gradualmente de Europa a Latinoamérica desde principios del siglo.74 En ese sentido, la prensa publicaba artículos como el que en 1965 celebraba que en las familias “el esposo ya no es el único que tiene preocupaciones profesionales, ni el único que gana dinero”, por lo que había hogares más equilibrados y se criaban “hijos con una salud mental más sólida”.75 Incluso entre estudiantes esta narrativa era común, como se leía en un periódico estudiantil de 1965:
La mujer en la Universidad se hace necesaria, ya que a la mujer le es inherente la maternidad y, por lo tanto la obligación de formar física y espiritualmente a los nuevos seres a quienes da vida (…), el papel importantísimo de transmitir la cultura. Para esto, nada mejor que concurrir a las aulas universitarias en su busca.76
Sin embargo, miradas menos optimistas sobre la compatibilidad entre estudios universitarios y el apropiado desarrollo femenino subrayaban el limitado horizonte laboral frente al matrimonio.77 Sobre este particular, algunas alumnas coincidían en que solo si las circunstancias lo ameritaban, ejercerían su profesión estando casadas.78 Otras proyectaban el adaptar su ejercicio profesional a su condición de esposas y madres trabajando desde su casa.79 Esta percepción diferenciada de las expectativas laborales contribuyó a que las alumnas se concentraran solo en algunas carreras sociosanitarias, como Enfermería, Medicina,80 Psicología, Odontología, y otras donde lo estético era central, como Arquitectura y Letras.81
Las cifras muestran un proceso de feminización en las carreras impartidas en la Facultad de Filosofía y Letras, con mayoría femenina desde 1920, y que para 1963 alcanzaba el 67% de sus estudiantes.82 También eran mayoría en las carreras de Químico Farmacéutico Biólogo (82%) y Trabajo Social (96.1%).83 En otras, sin ser mayoría, su porcentaje sobrepasaba la proporción femenina de la matrícula total (que era de 16% en 1963). Eso sucedía en Biología (58.8%), Ciencias Diplomáticas (39.8%), Periodismo (31.7%) y Contador Público y Auditor (18.4%).84
Derbez Muro, del departamento de Psicopedagogía, explicaba esa concentración desigual al naturalizar las diferencias entre varones y mujeres: “el mundo masculino mira hacia el trabajo, la producción y la organización social, y el mundo femenino jira [sic] en torno a la casa, la familia, el contacto personal, la armonía”.85 A su vez, Derbez aseguraba que las mujeres tenían menos presiones económicas para elegir una profesión, lo que conducía a menos solicitudes de cambio de carrera.86 En un argumento similar, representantes de la Asociación de Universitarias Mexicanas sostenían que, pese al auténtico interés de las alumnas por adquirir cultura, muchas ingresaban a la universidad “sin otro objetivo posterior” y “sin el deliberado propósito de concluirlos”.87 Estas argumentaciones sugerían que la expectativa de mejora económica no era central para las jóvenes universitarias y que contaban con una condición económica favorable y un proveedor económico masculino: padre, hermano o marido.
Asimismo, cuando el tópico de la movilidad social estaba presente en las representaciones de las universitarias, este solía articularse en acusaciones de frivolidad o en la lógica de que las aulas eran un buen lugar para buscar marido, señalamientos que décadas atrás fueron usados contra las mujeres que se incorporaron al trabajo de las oficinas.88 Esa argumentación conducía a algunas personas a sugerir sarcásticamente cuáles eran las facultades con mejores prospectos o a aconsejar a las alumnas que estudiaran “cosas que las hagan más femeninas, atractivas y útiles en el matrimonio, en lo cual, casi cien por ciento seguro terminarán, antes de terminar otra carrera”.89 En contraste, como se lee en la carta de la señora Romero referida al inicio del texto, para los varones universitarios el matrimonio era un aspecto deseablemente secundario. La exploración del alcance y la prevalencia de estas narrativas diferenciadas por género respecto a la movilidad social y la universidad, o su impacto en la experiencia de las estudiantes de carne y hueso, amerita un estudio que rebasa los límites de este trabajo.90
La imagen idílica de los jóvenes universitarios y su promesa de movilidad social comenzó a resquebrajarse desde 1965. Ese año el movimiento de los médicos pasantes visibilizó su desencanto ante las malas condiciones laborales pese a haber concluido una carrera de prestigio.91 Asimismo, la polarización política estudiantil que resultó en la renuncia forzada del rector Ignacio Chávez en 1966 mostró el distanciamiento y las tensiones entre algunos sectores universitarios y el gobierno priista.92 En los años que siguieron, aunque la matrícula universitaria continuó creciendo, la politización, la violencia y el anticomunismo fueron el centro de narrativas y representaciones sobre la universidad y sus estudiantes, en una retórica que lamentaba los impedimentos para que “la Universidad cumpla su misión: formar a los futuros profesionales del país”.93 Esas nuevas caracterizaciones sobre los estudiantes subrayaban su comportamiento potencialmente desestabilizador, lo que fue aún más evidente con el estallido del movimiento estudiantil de 1968.94
El análisis realizado hasta aquí exploró las tesituras y alcances de las narrativas y representaciones sobre la universidad como vía de movilidad social para sus estudiantes y la medida en que tales expectativas se afirmaron como marcadores de diferencia social para quienes deseaban reconocerse como parte de las clases medias. La imbricación entre los discursos y los datos socioeconómicos y espaciales abordados permite esbozar algunos puntos.
En primer término, las narrativas de movilidad social asociadas a la universidad estaban articuladas al deseo de acceder a un campo laboral de prestigio social, encarnado en el ejercicio profesional y los empleos administrativos. Esas posiciones suponían en el imaginario del periodo la posibilidad de acceder a niveles de ingreso desahogados y al desarrollo de prácticas de consumo, esparcimiento y habitar conforme a las pautas de modernización que circularon en publicaciones, filmes y medios de la época. Tales narrativas de movilidad fueron compartidas por la prensa, autoridades y por los propios estudiantes de la UNAM y sus familias, lo que le confirió un carácter distintivo a esa institución frente a otros centros de educación superior del periodo.
Un segundo punto que destacar es que esas expectativas no necesariamente correspondían a un proceso amplio de movilidad social entre el alumnado, conclusión similar a la de Lorey, pero con quien se difiere en varios matices. Dicho autor plantea que desde finales de la década de 1950 la limitada oferta laboral para egresados de universidades públicas hizo que la función principal de esas instituciones fuera brindar estatus social a sus estudiantes mayoritariamente de extracción popular.95 Sin embargo, como ha señalado Jaime Pensado, las características sociales del alumnado de la UNAM y otras instituciones públicas era distinta. Al partir de esa especificidad, los indicadores aquí revisados dejan ver que una proporción mayoritaria de los estudiantes de la UNAM podía clasificarse como parte de los sectores medios en términos económicos, ocupacionales y socioespaciales. Lo anterior implica que el acceso a esta institución les dotaba de una marca de diferencia social que ratificaba su pertenencia a las clases medias y su diferencia frente a los sectores populares asociados con un horizonte laboral marcado por trabajos manuales, obreros y agrícolas. Siguiendo a Bourdieu, podría decirse que su pertenencia a la UNAM reproducía y afirmaba su posición social, y el elemento universitario legitimaba en el discurso su diferencia frente a los sectores populares. Por otra parte, el moderado crecimiento de la heterogeneidad en la composición del alumnado -menos de la quinta parte de los alumnos en 1963 provenía de hogares populares- sugiere que a estos alumnos la universidad les dio acceso a una marca identitaria con mayor capital social y, por ende, a un proceso real de movilidad.
Esta afirmación implica la relevancia de complejizar el abordaje de los procesos de estratificación y diferenciación social considerando la conjunción de aspectos materiales, culturales y sociales utilizados por los sujetos sociales para definir a las clases sociales -las clases medias, en este caso- y no solamente establecer parámetros fijos para ello.96 En ese ejercicio destaca el peso que la dimensión socioespacial tuvo en la valorización de la Universidad como marca de diferencia, especialmente tras la construcción de Ciudad Universitaria en una ubicación cercana a las colonias más beneficiadas por el proceso de urbanización. Ello pudo subrayar las expectativas de movilidad social asociadas a la institución y contribuir al proceso de expansión de la matrícula estudiantil, más aún entre quienes habitaban dichas colonias. Al conjuntar lo anterior, el acceso a la UNAM resultó un componente central para poder reconocerse como parte de las clases medias. Esa centralidad fue diluyéndose cuando las narrativas en torno a los estudiantes adquirieron carices negativos, y con el terreno ganado en la década siguiente por las universidades privadas en los imaginarios aspiracionales de movilidad social de los sectores medios de la capital.97
Otro aspecto crucial evidente en este análisis fue la manera en que las narrativas de movilidad social estuvieron atravesadas por las identidades normativas de género. En ese sentido, este trabajo coincide con las particularidades observadas al respecto en casos como el de Argentina.98 Es decir, la tendencia creciente de las mujeres inscritas en la UNAM en el periodo analizado refleja un innegable proceso de profesionalización de las mujeres. No obstante, la concentración de alumnas en algunas carreras muestra también procesos de “feminización” de ciertas profesiones, con las implicaciones que ello pudo tener en el campo laboral, incluyendo la devaluación de los ingresos. A su vez, fue evidente que las jóvenes enfrentaron narrativas sobre la universidad enmarcadas en un horizonte laboral socialmente limitado por el matrimonio y la maternidad. Para ellas, considerar el ejercicio profesional como vía de movilidad llevó consigo una connotación negativa de superficialidad y frivolidad similar a la que enfrentaron en los años treinta las empleadas administrativas.99 Esto último también sugiere la necesidad de analizar más ampliamente el entretejido entre la inserción profesional de las mujeres y su acceso al empleo, para poder aprehender de mejor manera las dinámicas de movilidad de las mujeres de sectores medios.
Finalmente, el análisis invita a una reflexión sobre los llamados “sesenta globales”, no solo en términos de organización y cultura política, sino también en lo referente a los procesos de cambio social y cultural, incluyendo los renglones de la familia y el género. Al respecto, Ariel Rodríguez Kuri advierte que “la década de 1960 ha sido de los jóvenes, pero quizás en igual medida ha sido de sus padres (de algunos padres, al menos)”.100 Y en ese sentido, será necesario abordar los cambios en las dinámicas familiares urbanas para pensar las transformaciones en las narrativas, estrategias y posibilidades de movilidad y los procesos de diferenciación social del periodo.
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Moisés Alejandro Quiroz Mendoza Las vecindades del centro de la ciudad de México frente al crecimiento de la ciudad, 1940-1950Tesis licenciatura en HistoriaUNAM2014
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Rowold, Katharina. The Educated Woman. Minds, Bodies, and Women’s Higher Education in Britain, Germany, and Spain, 1865-1914. Nueva York: Routledge, 2010.
Katharina Rowold The Educated Woman. Minds, Bodies, and Women’s Higher Education in Britain, Germany, and Spain, 1865-1914Nueva YorkRoutledge2010
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Santiago Jiménez Mario Virgilio Anticomunismo católico. Origen y desarrollo del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), 1962-1975Las derechas en el México contemporáneo María del Carmen Collado Herrera MéxicoInstituto Mora2015
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Eric Zolov Integrating Mexico into the Global SixtiesMexico beyond 1968. Mexico beyond 1968. Revolutionaries, Radicals, and Repression during the Global Sixties and Subversive Seventies Pensado Jaime M. Ochoa Enrique C. TucsonThe University of Arizona Press2018
México, Dirección General de Estadística VIII Censo General de Población 1960, Distrito Federal. México: Secretaría de Industria y Comercio , Dirección General de Estadística, 1963.
México, Dirección General de Estadística VIII Censo General de Población 1960, Distrito FederalMéxicoSecretaría de Industria y Comercio , Dirección General de Estadística1963
[3]“Carta de Martha G. de Romero a Ignacio Chávez”, 20 de febrero de 1963. Archivo Histórico de la Universidad Nacional Autónoma de México (AHUNAM), Ciudad de México, Fondo Universidad, subfondo Rectoría, serie alumnos 1/220, caja 143, exp. 1402.
[4]Susie S. Porter, From Angel to Office Worker. Middle-Class Identity and Female Consciousness in Mexico, 1890-1950 (Lincoln / Londres: University of Nebraska Press, 2018) 49.
[5]Valeria Manzano, La era de la juventud en Argentina. Cultura, política y sexualidad desde Perón hasta Videla (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2017) 94-95; Milena Covo, “La composición social de la población estudiantil de la UNAM: 1960-1985”, Universidad Nacional y Sociedad, coord. Ricardo Pozas (México: Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Humanidades, UNAM, 1990) 30-31.
[6]Jaime M. Pensado y Enrique C. Ochoa, “Introduction. México beyond 1968”, Mexico beyond 1968. Revolutionaries, Radicals, and Repression during the Global Sixties and Subversive Seventies, eds. Jaime M. Pensado y Enrique C. Ochoa (Tucson: The University of Arizona Press, 2018). En ese mismo volumen: Eric Zolov, “Integrating Mexico into the Global Sixties”, Mexico beyond 1968. Revolutionaries, Radicals, and Repression during the Global Sixties and Subversive Seventies, eds. Jaime M. Pensado y Enrique C. Ochoa (Tucson: The University of Arizona Press, 2018) 19-32.
[7]David E. Lorey, The Rise of the Professions in Twentieth-century Mexico. University Graduates and Occupational Change Since 1929 (Los Angeles: Latin American Center Publications, University of California, 1992) 11.
[8]Jaime M. Pensado, Rebel Mexico. Student Unrest and Authoritarian Political Culture During the Long Sixties (Stanford: Stanford University Press, 2013) 155-162; Mario Virgilio Santiago Jiménez, “Anticomunismo católico. Origen y desarrollo del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), 1962-1975”, Las derechas en el México contemporáneo, coord. María del Carmen Collado Herrera (México: Instituto Mora, 2015) 187-254.
[10]Sobre la relevancia cobrada por la educación y la formación cultural en los procesos de estratificación social, véase Pierre Bourdieu, La distinción. Criterio y bases sociales del gusto (Buenos Aires: Taurus, 1998) 66, 100.
[11]Eric Zolov, Rebeldes con causa. La contracultura mexicana y la crisis del Estado patriarcal (México: Norma, 2002) XIX-XX; Julio Moreno, Yankee Don’t Go Home! Mexican Nationalism, American Business Culture, and the Shaping of Modern Mexico (Chapel Hill / Londres: The University of North Carolina Press, 2003) 184-186.
[14]Sergio Miranda Pacheco, “Por mi raza hablará la metrópoli: Universidad, ciudad, urbanismo y poder en la construcción de Ciudad Universitaria, 1929-1952”, El historiador frente a la ciudad de México. Perfiles de su historia, coord. Sergio Miranda Pacheco (México: Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 2016) 204-211; Raúl Domínguez-Martínez y Leslie Teresa Revilla Mercado, “La época de oro: el rectorado de Nabor Carrillo”, Historia general de la Universidad Nacional Siglo XX, t. 2, coord. Raúl Domínguez-Martínez (México: Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, UNAM, 2013) 205-271; Pensado, Rebel Mexico 81-128.
[15]Ryan M. Alexander, Sons of the Mexican Revolution. Miguel Alemán and His Generation (Albuquerque: University of New Mexico Press, 2016) 94-95.
[17]Emilio Duhau y Angela Giglia, Las reglas del desorden. Habitar la metrópoli (México: Siglo XXI Editores / Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, 2008) 154-157; Miranda Pacheco 186. Sobre los sectores medios en la capital y sus imaginarios, véase Pensado, Rebel Mexico 20-21; Zolov, Rebeldes con causa XX; Sara Minerva Luna Elizarrarás, “Modernización, género, ciudadanía y clase media en la ciudad de México: debates sobre la moralización y la decencia” (Tesis de doctorado en Historia, UNAM, 2017) 144-148.
[18]Diane E. Davis, El Leviatán urbano. La ciudad de México en el siglo XX (México: Fondo de Cultura Económica, 1999) 236-238; Luna Elizarrarás, “Modernización” 35-84; Pensado, Rebel Mexico 21.
[19]Porter, From Angel 49; Mario Barbosa Cruz, “Distinciones y apariencias. La clase media en la Ciudad de México entre el Porfiriato y la Revolución”, Oficio. Revista de Historia e Interdisciplina 10 (2020): 17-20, doi: https://doi.org/10.15174/orhi.v0i10.118.
[20]Bourdieu, La distinción 19; Pierre Bourdieu, Las estrategias de la reproducción social (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2011) 40-45.
[21]Ezequiel Adamovsky, Historia de la clase media argentina. Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003 (Buenos Aires: Planeta, 2012) 59.
[23]Jesús Silva Herzog, Una historia de la Universidad de México y sus problemas (México: Siglo XXI Editores, 1979) 98-149; Domínguez-Martínez y Revilla Mercado 205; Pensado, Rebel Mexico 147-180; Santiago Jiménez, “Anticomunismo” 185-254.
[24]Porter, From Angel 49. Las instituciones escolares de diferentes niveles como sociabilidades reproductoras de clase media han sido estudiadas por Soledad Loaeza, Clases medias y política en México: la querella escolar, 1959-1963 (México: El Colegio de México, 1999) 57; Valentina Torres Septién, La educación privada en México (1903-1976) (México: El Colegio de México / Universidad Iberoamericana, 1997) 19.
[25]Lorey, The Rise 11; Jaime M. Pensado, “El movimiento politécnico de 1956: la primera revuelta estudiantil en México de los sesenta”, Movimientos estudiantiles en la historia de América Latina, vol. 4, coord. Renate Marsiske (México: Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, UNAM, 2015) 130.
[26]María Eugenia Jiménez Rojano, “El contexto familiar y social de un grupo de infractores juveniles” (Tesis de licenciatura en Psicología, UNAM, 1970) 51.
[28]“Carta de Francisco J. de la Borbolla, para Ignacio Chávez”, 5 de mayo de 1964. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 144, exp. 1404.
[29]Pensado, Rebel Mexico 25; Torres Septién 174-175; “La Universidad Femenina se ha fundado”, El Universal Gráfico (México) 27 de febrero de 1943; “Anuncio del Colegio Franco Español para varones”, Novedades (México) 4 de enero de 1953: 13.
[30]David E. Lorey, The University System and Economic Development in Mexico since 1929 (Stanford: Stanford University Press, 1993) 148.
[31]En ese mismo lustro la población universitaria total, que incluía a los alumnos de bachillerato, creció en 49%. Covo 82.
[34]“Carta de Ing. Alfonso Castelló para Nabor Carrillo”, 23 de enero de 1956. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 142, exp. 1395, f. 244.
[35]“Carta de Gilberto Monterrubio Soulé, para Dr. Ignacio Chávez”, 18 de agosto de 1961. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 142, exp. 1398.
[37]“Carta de R. Rueda, para Ignacio Chávez”, sin fecha. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 142, exp. 1398.
[38]Edmundo Buentello Villa, médico y psiquiatra. Fue director del Manicomio General de la Castañeda, y posteriormente subdirector del departamento de Prevención Social de la Secretaría de Gobernación, donde fundó las “clínicas de conducta”. Mario Fuentes, “Dr. Edmundo Buentello y Villa. In Memoriam”, Gaceta Médica de México 116 (1980): 146 -147.
[39]Edmundo Buentello, “Exposición de motivos para un Instituto Psicopedagógico Universitario”, octubre 1954. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Consejo Universitario, caja 1, exp. 5.
[40]Jorge Derbez Muro, “Vocación y carácter”, sin fecha. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 142, exp. 1400.
[41]Raúl Domínguez-Martínez y Celia Ramírez López, El rector Ignacio Chávez, la Universidad Nacional entre la utopía y la realidad (México: UNAM, 1993) 8.
[42]Declaración de Eduardo Cesarman, director de servicios escolares en: “Rechazados, sobrecupo, colas, vs la Universidad”, Mañana (México) 29 de enero de 1966: 38-42. En 1964 el proceso era similar, como muestra “Proyecto de exámenes de admisión para los aspirantes a ingresar en las escuelas profesionales de la UNAM en 1964”. AHUNAM, Ciudad de México, Subfondo rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 143, exp.1402.
[43]Jorge Derbez, “Informe de las labores efectuadas por el Departamento de Psicopedagogía con respecto a la admisión de alumnos de primer ingreso a las escuelas profesionales de la UNAM, promoción de 1962”, 8 de marzo de 1962. AHUNAM, Ciudad de México, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 143, exp.1400; Domínguez-Martínez y Ramírez López, El rector 66-69.
[44]Covo; Domínguez-Martínez y Revilla Mercado 219; Raúl Domínguez-Martínez y Celia Ramírez López, “Entre la utopía y la realidad, el rectorado de Ignacio Chávez”, Historia general de la Universidad Nacional siglo XX, t. 2, coord. Raúl Domínguez-Martínez (México: Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación, UNAM, 2013) 339.
[46]Derbez, “Informe” 4; Domínguez-Martínez y Ramírez López, El rector 69. “Resultado de admisión a Jaime MD”, 6 de enero de 1964. AHUNAM, Ciudad de México, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 144, exp. 1405; Porter, From Angel 72-79.
[47]“Carreras subprofesionales. Nuevas oportunidades para los estudiantes”, Gaceta de la Universidad 12.13 (1965): 1.
[49]Raúl Benítez, “¿Cómo es la muchacha mexicana de 18 años?”, Mañana (México) 30 de marzo de 1963: 28-39.
[53]Anuncio de la “Escuela Internacional Industrias”, la “Escuela Comercial Shakespeare”, y la “Academia Comercial Club España”, y la “Helen’s School”. El Universal Gráfico (México) 8 de enero de 1955: 10-11; El Universal Gráfico (México) 15 de enero de 1955: 14.
[54]“Carta de ‘el típico estudiante rechazado’ a Ignacio Chávez”, 29 de enero de 1964. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 144, exp. 1405.
[55]“Carta anónima para Ignacio Chávez”, 18 de marzo de 1962. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 142, exp. 1400; “Volante: Chávez quiere una Universidad de niños bien”. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 142, exp. 1398.
[58]Séptimo Censo General de Población, Distrito Federal (México: Secretaría de Industria y Comercio, Dirección General de Estadística, 1950) 53-54; VIII Censo General de Población 1960, Distrito Federal (México: Secretaría de Industria y Comercio, Dirección General de Estadística, 1963) 177-180.
[59]Anahí Ballent, “El arte de saber vivir. Modernización del habitar doméstico y cambio urbano, 1940-1970”, Cultura y comunicación en la ciudad de México, vol. 1, coord. Néstor García Canclini (México: Editorial Grijalbo / Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa, 1998) 65-131.
[61]UNAM, Anuario 281-82; Moisés Alejandro Quiroz Mendoza, Las vecindades del centro de la ciudad de México frente al crecimiento de la ciudad, 1940-1950 (Tesis de licenciatura en Historia, UNAM, 2014) 84-91.
[62]Pensado, Rebel Mexico 21-22; “Actividad del padre del alumno”, Gaceta de la Universidad 9.23 (1962): 5. Es probable que las cifras incluyan a los alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria.
[65]Derbez, “Vocación” 9; “Carta de Gilberto Monterrubio Soulé para Dr. Ignacio Chávez”, 18 de agosto de 1961. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad, Subfondo Rectoría, Serie 1/220 Alumnos, caja 142, exp. 1398.
[68]Ana Laura Martin y otros, “Mujeres y profesiones en la historia: un recorrido introductorio”, Mujeres, saberes y profesiones. Un recorrido desde las ciencias sociales, coords. Ana Laura Martin y otros (Buenos Aires: Editorial Biblos, 2019) 16.
[69]Gabriela Cano, “La polémica en torno al acceso de las mujeres a las profesiones entre los siglos XIX y XX”, Miradas sobre la nación liberal: 1848-1948. Proyectos, debates y desafíos, t. 2, coord. Josefina MacGregor (México: UNAM, 2010) 169-192; Katharina Rowold, The Educated Woman. Minds, Bodies, and Women’s Higher Education in Britain, Germany, and Spain, 1865-1914 (Nueva York: Routledge, 2010) 3-4.
[73]“Discurso del Rector Chávez: La mujer universitaria puede cambiar el rumbo de la vida social”, Gaceta de la Universidad 9.29 (1962): 1.
[75]Adela Formoso, fundadora de la Universidad Femenina en 1943, promovía este discurso. Analhi Aguirre, “A propósito de Adela Formoso de Obregón Santacilia y su connotado discurso en el Primer Congreso de la Unión de Universidades Latinoamericanas en 1949”, Universidades 59 (2014): 69-74.
[76]Isabella Cosse, Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta. Una revolución discreta en Buenos Aires (Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2010) 115-160; Luna Elizarrarás, “Modernización” 163-177.
[78]“La mujer en la Universidad”, Presencia, Órgano del Frente Estudiantil de Prensa Independiente 1.2 (1965): 5. Ejemplar hallado en AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad Nacional, Subfondo Rectoría, Serie 1/227 Sociedades de alumnos, caja 150, exp. 1483.
[80]Benítez 36; “La mujer en la vida de México: ¿Qué piensan las muchachas casaderas?”, Madame 162 (1965): 74.
[81]Beatriz Reyes, “En la Universidad surge un nuevo tipo de mujer mexicana”, Madame 119 (México) enero 1962: 59; “Para la mujer que trabaja: la mujer arquitecta”, Madame 165 (México) diciembre 1965: 62.
[82]Es necesario ampliar el análisis para ver si las mujeres se concentraron en Ginecología y Obstetricia como sucedió en Argentina. Karina Inés Ramacciotti y Adriana María Valobra, “Modernas esculapios: acción política e inserción profesional, 1900-1950”, Género y ciencia en América Latina: mujeres en la academia y en la clínica (siglos XIX-XXI), eds. Lizzette Jacinto y Eugenia Scarzanella (Madrid: Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos / Iberoamericana / Vervuert, 2011) 29.
[84]Lucrecia Infante, “Por nuestro género hablará el espíritu: las mujeres en la UNAM”, Mujeres mexicanas del siglo XX. La otra revolución, t. 2, coord. Francisco Blanco Figueroa (México: Editorial Edicol, 2001) 77-95.
[89]Judith H. de Rueda y Marianne O. de Bopp, “Documento dirigido al rector de la UNAM, Nabor Carrillo”, noviembre de 1958. AHUNAM, Ciudad de México, Fondo Universidad Nacional, Subfondo Secretaría General, caja 37, exp. 412, 3.
[90]Susie S. Porter, “Espacios burocráticos, normas de feminidad e identidad de la clase media en México durante la década de 1930”, Orden social e identidad de género. México, siglos XIX y XX, coords. María Teresa Fernández Aceves y otros (México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) / Universidad de Guadalajara, 2006) 201-202.
[92]Lo he abordado en: Sara Minerva Luna Elizarrarás, “‘Un nuevo tipo de mujer mexicana’: apuntes de género y clase en torno a las mujeres en la Universidad a mediados del siglo XX” (Ponencia, Programa Interdisciplinario de Estudios de Género, El Colegio de México, 2020) 24.
[93]Ricardo Pozas Horcasitas, La democracia en blanco: el movimiento médico en México, 1964-1965 (México: Siglo XXI Editores, 1993) 83-84.
[95]“El propósito de los violentos”, Gaceta UNAM 17.7 (1968): 3. Véase también Gastón García C., “Un programa para jóvenes”, Gaceta UNAM 16.9 (1967): 6.
[96]Ariel Rodríguez Kuri, “El lado oscuro de la luna. El momento conservador en 1968”, Conservadurismo y derechas en la historia de México, t. 2, coord. Erika Pani (México: Fondo de Cultura Económica / Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2009) 523-524.
[103]Cómo citar este artículo: Sara Minerva Luna Elizarrarás, “Los universitarios: expectativas de movilidad social en los ‘años dorados’ de la UNAM, 1954-1966”, Trashumante. Revista Americana de Historia Social 18 (2021): 236-259. DOI: https://doi.org/10.17533/udea.trahs.n18a11