Paul, Herman. Historians’ Virtues. From Antiquity to the Twenty-First Century. Cambridge: Cambridge University Press, 2022, 66 pp.

 

¿Es la historia un saber constatativo o la suya es una naturaleza discursiva?, ¿cuál es el estatuto de cientificidad de los enunciados producidos por la disciplina histórica respecto de los principios de generalización, explicación, causalidad o descripción?, ¿lo que media la elaboración de conocimiento sobre el pasado es el aparataje metodológico que posibilita la crítica de fuentes, o tal efecto es dado por la dimensión representacional de la operación historiográfica?, ¿cómo definir lo verdadero y lo verosímil en el campo de la historiografía?, ¿qué posición ontológica asume la escritura de la historia referente al pasado, el presente y el futuro? Cuando tenemos en nuestras manos una obra sobre teoría y práctica historiadora, tales son las cuestiones que suelen ocupar las reflexiones vertidas en sus páginas. Es el caso, entre tantos otros, de La llamada del pasado1 escrito por Hermann Paul, doctorado en Países Bajos con la dirección de Frank Ankersmit.

Sin embargo, la reciente aportación de Paul a la colección Elements in Historical Theory and Practice, editada por Daniel Woolf para el sello editorial de Cambridge University Press, presenta un viraje tan interesante como sugerente. Historians’ Virtues. From Antiquity to the Twenty-First Century no hace objeto de su análisis los procedimientos internos y externos de la interpretación histórica, que parte de una determinada hipótesis y sigue con una serie de inferencias deducidas de las fuentes y sujeta a falsación. Tampoco tematiza los acuerdos epistemológicos, tácitos o explícitos, instituidos entre los historiadores y las audiencias. Lo que la lectora y el lector hallarán a lo largo de este libro es una novedosa disertación sobre la categoría de “virtud” en la historia de la historiografía. Un recorrido longitudinal por las discusiones sobre lo que, en determinadas coordenadas espaciales y temporales, se ha considerado una virtud que debe tener quien aspira a elaborar estudios históricos de calidad. El objetivo de Paul, para formularlo en términos ricoeurianos, es historiar la “constitución de uno mismo”,2 operada por quienes ejercen profesionalmente la historia. El historiador, sujeto que enuncia su práctica simultáneamente a ejecutarla, se vuelve en este libro un actor social de su propia historia.

La finalidad de este texto es “intenta[r] explicar por qué las cualidades personales de los historiadores eran importantes en contextos tan diversos como la China imperial temprana, la Francia del siglo XVII y la América posterior a la Segunda Guerra Mundial” (p. 5). Dado que existe un consenso respecto a que el oficio de historiar trasciende los métodos y la heurística, la cuestión de las cualidades de un historiador no es accesoria. Desde el siglo XVIII, Edward Gibbon sugería familiarizar a los historiadores con la vida fuera de la academia para aumentar su habilidad de empatizar con las personas del pasado; E.P. Thompson llamaba a cultivar la desconfianza y la ingenuidad; y John Tosh, recientemente, espera que los historiadores trabajen no flojamente, sino con cuidado; no ingenuamente, sino de forma crítica. Jadunath Sarkar, por su parte, ha denunciado los sesgos nacionalistas por falta de una actitud de autovigilancia, y Gerda Lerner insta a desestructurar el espíritu de competencia que prima en la organización institucional de la disciplina para favorecer un modo comunitario de trabajo académico.

Con este preámbulo, Paul larga velas y emprende su travesía. El supuesto teórico del libro consiste en tratar a la “virtud” como una categoría analítica que refiere no a destrezas técnicas (como leer latín o identificar la letra procesal encadenada) o habilidades cognitivas (una buena memoria), sino a “rasgos de carácter” (definición minimalista de Rosalind Hursthouse y Glen Pettigrove) que distinguen a un buen historiador: honestidad, cautela, ingenio, empatía, responsabilidad, compromiso, laboriosidad, creatividad. La estructura capitular sigue un ordenamiento cronológico: desde el mundo mediterráneo en la época clásica hasta los Estados Unidos del siglo XXI, pasando por las culturas historiográficas de la China imperial y la Inglaterra de la modernidad temprana, lo mismo que la Francia dieciochesca y la Alemania decimonónica. Los casos elegidos por el autor tienen pretensiones de representatividad para mostrar que la definición y jerarquización de las “constelaciones de virtudes” no solo cumplen una función pedagógica y de ética profesional, además legitiman a quien enuncia al delimitar un círculo de nosotros y negar ese reconocimiento a “otros” (mujeres, católicos, colonizados, etc.) por su incapacidad para poseer las cualidades necesarias en el desempeño de la profesión.

Con este norte en el rumbo, el primer y el segundo capítulo versan sobre las categorías de virtud y vicio como formas lingüísticas utilizadas en el discurso histórico para articular ideales historiográficos. El tercer acápite observa las virtudes tal como son efectivamente aplicadas en el plano de la práctica. Es decir, se pasa del lenguaje al performance de las virtudes. El cuarto apartado atiende los procesos de evaluación de la calidad del trabajo de colegas, probando que tal despliegue no respondía a criterios de precisión y objetividad, sino, en realidad, a estándares de virtud socialmente aceptados. El poder discursivo del lenguaje de las virtudes tenía un efecto profundamente tangible por cuanto justificaba la exclusión de la práctica profesional a sujetos “a quienes se percibía carentes de la capacidad disposicional para desarrollar virtudes como la minuciosidad y la imparcialidad” (p. 38). El quinto capítulo se interroga por el declive en el uso del término entre los historiadores a partir de la segunda mitad de la pasada centuria y su desplazamiento por conceptos como “temperamento científico”. Desde entonces, afirma Paul, se ha pasado de imputar virtudes al autor infiriéndolas de su obra, a adjetivar la ejecución del trabajo de investigación y su modo de exposición.

El primer capítulo, “The Historian’s Character”, exhibe que el legado griego y romano más importante para la historia de la historiografía es la convicción de que los motivos virtuosos o viciosos, reflejo de una disposición mental, en términos aristotélicos, eran factores cruciales para explicar el comportamiento humano. Las virtudes fueron fuente de polémica entre autores clásicos, desde Flavio Josefo y Dionisio de Halicarnaso hasta Séneca y Cicerón, quienes buscaban salvar recurriendo a tres distintas estrategias discursivas: demarcando los contornos del historiador ideal, como lo hizo Luciano de Samosata en Cómo ha de escribirse la Historia; presentándose a sí mismos como narradores confiables, a la manera de Tucídides en su Historia de la guerra del Peloponeso; o criticando a otros historiadores pasados o presentes que no alcanzaron los estándares de virtuosismo anhelados, siendo éste el caso de Polibio amonestando a Timeo de Tauromenio o a Plutarco haciendo lo propio con Heródoto. Sea cual sea la estrategia adoptada, Paul atiende en ella no un mero enunciado metodológico tanto como un recurso retórico del historiador en cuestión para alcanzar un efecto de autoridad.

Uno de los presupuestos que abren paso a la polémica por las virtudes es que el oficio del historiador ha implicado más que contar una historia verdadera sobre el pasado. Se esperaba que fuera moralmente edificante y políticamente útil. “What Virtues, Which Aims?”, el segundo apartado de la obra, tematiza el acomodo de la escala de virtudes, observando cómo en momentos primaba la imparcialidad sobre el amor a la patria, la legibilidad estilística antes que la objetividad, o la minuciosidad por encima del discernimiento moral. Tales ponderaciones resultan evidentes en dos coordenadas distintas. La época de la China imperial, cuando Liu Xie, en su libro La mente literaria y la talla de dragones, recriminaba a Sima Qian por no atenerse al canon confuciano en su práctica historiadora, celebrando en contrapartida a Ban Gu. Similar trato recibió Beda en la Inglaterra del siglo XVI a manos de William Geaves, Degory Wheare y Edward Bolton, que, sin escatimar su esmerada construcción de la historia del reino, señalaban su incapacidad de imparcialidad. De acuerdo con Paul, si con Qian el problema era no haber legitimado moralmente a la dinastía reinante en sus estudios históricos, Beda era leído por sus sucesores protestantes como crédulo al otorgar un lugar central al relato de los milagros medievales en su Historia eclesiástica del pueblo inglés.

Que los disensos en torno a las virtudes requeridas para la investigación histórica no han derivado exclusivamente de la multiplicidad de significados atribuible a cada una, sino de los distintos propósitos adjudicados a la labor historiadora, se ahonda en el tercer capítulo, “Discourse Meets Practice”. El objetivo del apartado es indagar “cómo el lenguaje de la virtud en los historiadores se relaciona con las realidades cotidianas de recopilar fuentes, tomar notas o dar clases” (p. 24). Advirtiendo que es un error inferir la práctica (los hábitos virtuosos que los historiadores efectivamente manifiestan) del discurso (los rasgos de carácter que dicen cultivar), Paul esboza tres estrategias metodológicas para dar respuesta a su pregunta: recurrir a los ensayos, libros o notas de investigación enfatizando lo que revelan sobre las virtudes o vicios de su autor; contrastar el ideal retórico modelado por el historiador con sus obras; o examinar la evaluación que contemporáneos hacen de sus colegas en las reseñas de libros. Esta triada analítica es aplicada a un caso de la Francia ilustrada: hasta qué punto Louis-Sébastien Tillemont vivió a la altura de la virtud, por él mismo formulada, de un erudito concienzudo cuya tarea no era complacer a los lectores con una prosa pulida, sino destilar un relato verdadero de una confusa variedad de fuentes en parte poco confiables y en parte contradictorias, es interesantemente indagado a lo largo de las páginas de este capítulo.

¿Depende la virtud de una disposición natural prefigurada en los estudiantes o en la formación escolar a través de la emulación que el aprendiz hace de su maestro? La cuestión es desarrollada en el cuarto apartado, “Who Can Be Virtuos?” a partir de los casos de Georg Waitz y Heinrich Sybel. Estos historiadores, pioneros en la institucionalización de la disciplina en Alemania siguiendo los pasos de su mentor, Leopold von Ranke, recurrieron al lenguaje de la virtud para justificar la exclusión de los espacios académicos de las mujeres, por escasear de las disposiciones psicológicas necesarias para desarrollar virtudes tan masculinas como la objetividad, y de los católicos, sesgados por su compromiso ideológico con la Iglesia Romana.

“What Happened to Virtue” es el apartado final de la obra. El argumento novedoso aquí afirma que la virtud de la objetividad ha sido desalojada por la virtud de la transparencia. Lo apremiante actualmente, afirma Paul, no es aspirar a la anulación del lugar de enunciación en nuestras investigaciones, sino develar la subjetividad del estudioso para “desarrollar una conciencia de los propios prejuicios” (p. 48). Lo anterior se destila de un balance realizado por el autor a partir de los manuales de métodos publicados en Estados Unidos en el siglo XX, los códigos de conducta de la American Historical Association y las reseñas contenidas en la American Historical Review.

Si en La llamada del pasado a Paul le había insuflado el ánimo de trascender la estéril dicotomía positivismo-relativismo para, en su lugar, compendiar las “virtudes epistémicas” precisas para dar forma a una “ética de la investigación histórica” que permita gestionar las relaciones establecidas con el pasado; en Historians’ Virtues la naturaleza que adquiere la “virtud” es sustancialmente distinta: no un precepto deontológico sino un constructo histórico en sí mismo. La riqueza de la obra está en asomar, con una prosa ligera, pero de sólido contenido, a los debates intelectuales centrados en la relación imputada al autor con su obra y su práctica profesional; estas discusiones se han ido desarrollando den el campo historiográfico en momentos y lugares específicos: desde la antigüedad mediterránea y china, pasando por la Inglaterra y la Alemania modernas, hasta la academia norteamericana actual.

¿Qué implicaciones, si las ha habido, ha tenido para la historia de la historiografía estudiar el pasado desde el sur global? ¿Ha sido el lenguaje y el performance de las virtudes el mismo en Latinoamérica que en otras latitudes? La invitación queda abierta para que, quienes leemos este libro desde latitudes no consideradas dentro del ejercicio de Paul, aceptemos el desafío de historizar el compendio de virtudes profesionales que asumimos como propio en nuestra práctica historiadora.

[1] Hermann Paul, La llamada del pasado. Claves de la teoría de la historia (Zaragoza: Institución Fernando el Católico, 2016).

[2]Paul Ricoeur, Historia y narratividad (Barcelona: Paidós, 1999).