Conflicto de obligaciones en el ejercicio veterinario en Colombia: una aproximación desde la bioética y la ley 576 de 2000

  • César A. Serrano Novoa

Abstract

Desde sus inicios, la bioética planteada por Van Rensselaer Potter1 indicaba la necesidad de refl exionar sobre las implicaciones futuras que de la intervención humana se generaran en función de la sobrevivencia de la humanidad. Luego de varias décadas posteriores al planteamiento de Potter, la bioética fue centrándose en la relación médicopaciente en una dimensión casi exclusivamente biomédica y marcada por el pensamiento liberal de la defensa del principio de autonomía del paciente, que si bien denotaba un interés en la justicia social, mantenía su interés principalmente en una justicia al interior de segmentos bien demarcados, pero sin interesarse mucho en lo propio entre dichos segmentos (por ejemplo, entre países)2, con lo que el tema de la ética de la salud pública fue relegado durante varios años. En la actualidad, con el advenimiento de una bioética global, re-definición con la que posteriormente Potter3 reclamara la necesidad de vincular la ética médica con la ética medio-ambiental en reconocimiento de nuestra dependencia con lo externo a lo meramente humano para sobrevivir, la humanidad ha convenido, cada vez más, atender el llamado del cuidado del “otro” o de los “otros”, como parece invitar la OMS con su consigna “Un mundo, una salud”.

En un sentido analógico, desde sus orígenes la Medicina Veterinaria (y la Zootecnia) surgió como una necesidad de especializar el cuidado de los animales domésticos en procura del bienestar humano en términos de brindar alimentos, trabajo, abrigo y protección, sin descartar las cada vez más álgidas necesidades de brindar compañía e incluso diversión en función de los deseos y vanidades humanas, lo que Paskalev4 ha denominado una humanización moral y biológica de los animales. En éste sentido, el Médico Veterinario ha de procurar, desde una perspectiva utilitarista, el bienestar humano. Paralelamente a lo sucedido con la Bioética, la Medicina Veterinaria, al menos en nuestro país, se distinguió durante varios muchos años, no obstante que en sus inicios no fuera ésta su vocación, por un ejercicio profesional centrado en la atención de pacientes (animales domésticos que requerían atención médico-quirúrgica) y al servicio de los intereses, que en uso de su autonomía, declaraban nuestros clientes (los humanos propietarios de dichos animales) avocándose a las discusiones de una ética clínica centrada en la preocupación del bienestar de nuestros pacientes, en la integridad de los reactivos biológicos empleados en investigaciones científicas y en la correcta relación con nuestros clientes, con lo que los temas de salud poblacional animal, salud pública (con relación a los humanos) y equidad fueron igualmente relegados.

Dado que en la práctica veterinaria, además del confl icto entre obligaciones públicas y privadas, nos encontramos en conflicto entre las obligaciones con los animales y el ambiente (recursos biológicos empleados para nuestros propios fi nes) y con la sociedad y los propietarios o depositarios de ellos (nuestros “clientes”), de acuerdo a Morreim (1995)5, nos referiremos en términos de conflicto de obligaciones más que de intereses.

De ésta forma, la práctica veterinaria se debate actualmente entre varias obligaciones: por un lado, están las que hemos adquirido con los animales (v. gr. sanidad animal, bienestar, integridad –individual y de especie-), las contratadas con los propietarios quienes demandan nuestros servicios (v. gr. ganancia económica, vanidad), las derivadas del reclamo de los diferentes segmentos sociales más vulnerables afectados por nuestra intervención (v. gr. autonomía alimentaria, disminución del índice de desnutrición) y, por otro lado, las obligaciones con la sociedad en general (v. gr. inocuidad y calidad de alimentos de origen animal, disminución de incidencias de enfermedades zoonóticas, sostenibilidad social) y con la biosfera (v.gr. sostenibilidad ambiental, biodiversidad). De hecho, particularmente en Colombia, el Código de Ética reza en su artículo 1º. “La medicina veterinaria, la medicina veterinaria y zootecnia y la zootecnia, son profesiones basadas en una formación científi ca, técnica y humanística que tienen como fin promover una mejor calidad de vida para el hombre, mediante la conservación de la salud animal, el incremento de las fuentes de alimento de origen animal, la protección de la salud pública, la protección del medio ambiente, la biodiversidad y el desarrollo de la industria pecuaria del país”6. En el mismo sentido, nuestros marcos de ética deontológica de acción usualmente se solapan en virtud del cruce de dichas obligaciones.

Parafraseando a Val Plumwood7, conciliar dichos confl ictos quizás requiera, en un ejercicio hermenéutico y comunicativo, comprender al otro(s), entender sus propios “intereses” y reconocer su inter-dependencia, con lo que, sin despojarnos de nuestros propios intereses (o los de un segmento en particular) ni de nuestra arraigada concepción antropocéntrica del mundo, podríamos sensibilizarnos a la necesidad de su cuidado global, moviéndonos de un solo centro e intentando orbitar en el (los) otro(s). De otro lado, el sistema aportado por el principialismo de Beauchamp y Childress8, parece insufi ciente para abordar, en un sentido menos individualista y más eco-social, los dilemas resultantes del conflicto de obligaciones en el ejercicio veterinario que me propongo exponer en el presente ensayo, por lo que, al menos para el tema que nos ocupa, podrían re-formularse dichos principios o bien, formular principios complementarios que nos permitan abordar con más asertividad dichos conflictos.

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Published
2009-10-20
Section
Lectures