«La memoria [...] oculta lo que no debería»

Lauren Mendinueta en diálogo con Selnich Vivas Hurtado

Autores/as

  • Lauren Mendinueta
  • Selnich Vivas Hurtado Universidad de Antioquia

DOI:

https://doi.org/10.17533/udea.lyl.n87a10

Palabras clave:

Lauren Mendinueta, Poesía colombiana, poesía escrita por mujeres

Resumen

Lauren Mendinueta en diálogo con Selnich Vivas Hurtado

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Lauren Mendinueta

Publicado

2024-12-14

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Mendinueta, L., & Vivas Hurtado, S. (2024). «La memoria [.] oculta lo que no debería»: Lauren Mendinueta en diálogo con Selnich Vivas Hurtado. Lingüística Y Literatura, 46(87), 251–258. https://doi.org/10.17533/udea.lyl.n87a10

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Lauren Mendinueta en diálogo con Selnich Vivas Hurtado

Lauren, quizá no sea yo la lectora adecuada para rebasar las crestas de las olas que suben y sacuden el dolor en tus versos. Mi cuerpo socializado con «carne de macho», forjado en estigmas contra las mujeres, sería incapaz de danzar a tu lado para conjurar la palabra hiriente y restaurar la voz, la más incómoda, directa e íntima. Quizás. Eso dirían. Que yo no sería capaz de entender algunos versos tuyos: «Mis manos besaron las manos del verdugo, / acariciaron su rostro, / palparon su sexo con amor. / Un día y una noche, uno tras otra: / mis delitos, mi verdugo, mi hacha».

Selnich, déjame contradecir a los que dirían que los hombres son incapaces de empatizar con la poesía escrita por mujeres. Quien se atreva a afirmar algo así, simplemente no es un lector. Los versos que citas pertenecen al poema «Lo que en verdad pesa». Es un poema largo, de versos cortos y desgarrados, que me costó mucho escribir por la crudeza de los temas que toca. El poema surge de un yo lírico femenino que se identifica conmigo misma, pero su lectura debería remitir hacia una consciencia humana y universal del dolor y del poder redentor de la poesía. No existen poemas femeninos y masculinos, existe la poesía. Quizás la evolución del arte creado por la Inteligencia Artificial, cada vez más complejo, impulse la llegada de un tiempo en el que las únicas etiquetas aceptables sean las de arte humano, arte no humano y arte híbrido. Soy un ser humano legítimo y me gustaría que aquello que escribo fuese esclarecedor para las vidas de otros seres humanos.

Pero sucede que al leerte se me abren en la espalda las heridas de las abuelas, las madres, las hermanas, la hija, la amada y sus insurrecciones silenciosas. Las campanas repican en tu poesía para recordarnos los atropellos contra las mujeres en épocas, sociedades y culturas diferentes. Y los hombres no podemos ser ajenos a esta historia de complicidades aberrantes. ¿Puede la poesía devolvernos la fortaleza para «arrancar un trozo de palabra con los dientes», aunque sepamos que en «el cuerpo del mundo hay dolor»?

La clave para responderte tal vez esté en esas «insurrecciones silenciosas» que tú mencionas. Para ser escuchadas es necesario que alcemos nuestras voces. A las mujeres se nos ha negado durante demasiado tiempo el derecho a tener una voz, a ser escuchadas, reconocidas y recordadas. Fíjate, ese es el tema de mi próximo libro de poesía. Se titulaHueso estribó. El hueso estribó es el hueso más pequeño del cuerpo humano, está localizado en el oído medio y de su vibración constante depende la calidad de nuestra audición. En mi libro, ese hueso es una metáfora de la sociedad patriarcal que se ha ensordecido negándonos a las mujeres el uso de la voz y el derecho a ser oídas. Y tengo que reconocer con tristeza que tener una voz, incluso en nuestro siglo, sigue siendo un privilegio para ciertos grupos humanos. En el mundo hay demasiadas personas que continúan sin derecho a usar sus voces. Hace poco recibimos noticias de Afganistán. Los talibanes le han prohibido a las mujeres hablar y cantar en público. Estamos en pleno siglo xxi y hay mujeres en muchos países que no tienen derecho a estudiar, trabajar, elegir pareja, hablar en público, cantar, opinar, escribir, publicar, etc. El número de feminicidios a nivel mundial continúa en ascenso y la impunidad frente a los delitos de género sigue siendo escandalosa. Diariamente, y en todos los países, se vulneran los derechos humanos de las mujeres, niños y niñas frente a los ojos de una sociedad patriarcal, machista y cómplice.

¿Servirá la poesía para devolvernos la fortaleza? No sé si conoces la vida de la poeta afgana Nadia Anjuman. Me encontré con su hermano en Portugal hace un par de años y él me contó su historia de primera mano. Cuando Nadia nació en 1980, el castigo de los talibanes para quien enseñara a leer y a escribir a una mujer, incluso si era su padre, era la pena de muerte. Sin embargo, con la complicidad de su familia, Nadia se educó en la clandestinidad y escribió un libro de poemas desgarrador sobre la condición de las mujeres en su país. Muy joven la obligaron a casarse con Farid Anjuman quien la asesinó a golpes en 2005, dejando huérfano al hijo de ambos, que tenía en ese momento tan solo seis meses de nacido. El crimen quedó impune. Lo que me aterra es que Farid Anjuman, el asesino, era también poeta y bibliotecario. La poesía no puede cambiarlo todo, necesitamos cambios radicales en la educación y en las leyes. Es necesario un reconocimiento universal de la humanidad e igualdad de las mujeres, y de otras identidades sexuales no hegemónicas, en todas las esferas de la vida pública y privada.

De una poética del dolor a una poética de la sororidad, tu obra ha sabido transitar de una tradición literaria occidental predominantemente masculina hacia una escritura reivindicativa de la imaginación femenina, sin la cual viviríamos incompletas, mutiladas, silenciadas. En tu poesía no estamos solas; lo personal es crítica social. No somos las únicas que nos enfrentamos al horror y cantamos. Una a una se van sumando las voces contra la invención de la mujer obediente. La lista es extensa y reveladora. Los poetas que quieran iniciarse en un estudio de la otra poesía universal tendrían en tu poesía una cartografía maravillosa. De Colombia, Maruja Vieira, Emilia Ayarza, Meira Delmar, Piedad Bonnett, Anabel Torres, Adriana Hoyos. De América: Sor Juan Inés de la Cruz, Teresa Wilms Montt, Olga Orozco, Hilda Hilst, Adrienne Rich, Alejandra Pizarnik, Yolanda Pantin. De Europa: Teresa de Ávila, Karoline von Günderrode, Ana Luísa Amaral, Maria Teresa Horta, Chantal Maillard, etc. ¿El oficio poético comporta un compromiso político que grita, ya lo dijiste antes, es «tiempo de hablar», de restaurar un mapa mental y cultural invisibilizado? ¿Tu poesía, a la vez que propicia una sanación individual, invita al estudio de obras de creadoras fundamentales para la superación de las violencias patriarcales?

No solo lo poético comporta un compromiso político. La manera en la que decidimos utilizar el lenguaje en nuestra vida cotidiana es una práctica política muy poderosa. Por ejemplo, cuando decidimos usar el «femenino universal» porque reconocemos que el «masculino universal» excluye a las mujeres, lo hacemos a sabiendas de que existe una resistencia enorme en la sociedad para normalizarlo, como ocurre con el lenguaje inclusivo, pero no por eso vamos a desistir en nuestro propósito de construir una sociedad más igualitaria y justa con nuestro lenguaje ¿verdad?

Ahora, siguiendo con tu segunda pregunta, quisiera comenzar recordando que existe una genealogía de mujeres escritoras que atraviesa todas las épocas y los géneros. Hoy en día sabemos que no fueron mujeres excepcionales como nos quisieron hacer creer, existieron, publicaron -aunque muchas veces con seudónimo masculino-, algunas hasta fueron reconocidas por sus contemporáneos, pero en la mayor parte de los casos, después de muertas fueron invisibilizadas por la cultura masculina dominante. Un caso muy reciente de recuperación de la memoria histórica es el de las mujeres que pertenecieron a la generación del 27 española: Ángeles Santos, Margarita Manso, Maruja Mallo, Concha Méndez, María Zambrano, María Teresa León, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcin, Marga Gil Roesset y Josefina de la Torre. Todas ellas fueron grandes mujeres artistas que permanecieron en el olvido hasta hace muy poco. Algunas hasta llegaron a ser famosas, salían en las fotografías de la Generación del 27, pero sus nombres no figuraban en los pies de página de los libros y periódicos. Otra prueba de que la cultura es predominantemente masculina y excluyente.

En 1998, cuando empecé a escribir, trabajaba en la biblioteca pública de la Casa de la Cultura en Fundación (Magdalena). Como siempre fui buena lectora, me esforcé por conocer todos los libros de la biblioteca, era joven y tenía un deseo infinito de conocimiento y libertad. Como lectora estaba encantada, pero cuando empecé a escribir me sentí muy sola. No encontré un solo libro escrito por una mujer en la biblioteca. Tampoco en la biblioteca de mi abuelo, ni en los libros de texto del colegio. Ni siquiera me habían recomendado leer autoras en la universidad. Poco a poco entendí que si quería tener una visión realmente humana y universal de la literatura, tenía que salir a encontrar los libros escritos por otras mujeres. Y eso hice, me fui a Barranquilla, pregunté en las bibliotecas, en las librerías, a los libreros de viejo, a los profesores y profesoras de literatura. Lo que descubrí fue una literatura fascinante. Todas esas autoras que mencionaste en tu pregunta, y muchas otras se convirtieron en mis referentes. También escritoras rusas y norteamericanas fueron fundamentales en mi formación. De aquella época data mi gratitud y respeto por la traducción literaria.

A propósito de la traducción, ¿qué papel jugó en tu poesía el encuentro y el amor por la lengua portuguesa? Algunas obras escritas en portugués las celebramos hoy gracias justamente a tus traducciones del portugués. Fernando Pessoa, Nuno Júdice, Ana Luísa Amaral, José Luís Peixoto, Maria Teresa Horta, Vasco Graça Moura, João Melo (de Angola). ¿Traducir sería una «forma de gratitud», de reinventarnos, de habitar cuerpos ajenos para mirar en sosiego hacia el mar por ventanas distintas? ¿Qué representó para tu carrera literaria el haber sido traducida al portugués por Nuno Júdice?

Como lectora he pensado mucho en la importancia y los mecanismos de la traducción. Voy a tratar de responderte con una alegoría. Cuenta el libro del Génesis que Isaac y Rebeca tuvieron dos hijos mellizos a los que llamaron, Esaú y Jacob. Esaú era el primogénito y por esa razón debía recibir la bendición y la herencia de Isaac. Con la edad, Isaac se volvió ciego, pero antes de morir quería bendecir a Esaú y le pidió a su hijo que le cocinase un plato suculento para bendecirlo. Rebeca, que prefería a Jacob, urdió un plan para engañar a su marido. Le pidió a Jacob que le llevase un plato de cabrito a su padre para que este lo bendijese antes que a su hermano. Pero Jacob era lampiño y Esaú muy peludo. Entonces Rebeca cubrió los brazos y el cuello de Jacob con la piel de los cabritos. De este modo, Jacob engañó a su padre y recibió la bendición. La piel de los cabritos representa la traducción. El texto original se reemplaza por el texto traducido. La traducción es una especie de engaño. Lo curioso es que quien la lee termina por olvidar que sin esa «nueva piel» que cubre al texto somos lectoras ciegas. El trabajo de los traductores y traductoras se omite, pierde su autoría con mucha facilidad. ¿Has visto cuántos poemas y textos circulan por internet o en antologías sin ninguna referencia a la traducción? Incluso los mismos editores omiten a veces el crédito de la traducción cuando promocionan sus libros. De repente, lo que es un disfraz (la traducción) se convierte en un texto original (por engaño). La traducción ilumina y permite la lectura de aquello a lo que no podemos llegar por nuestros propios medios porque somos ciegos en los idiomas que desconocemos. Lo que llamamos literatura universal solo ha sido posible gracias a la traducción.

Traducir es una forma de gratitud y de amor, por supuesto. Cuando eres escritora y traduces le entregas tu tiempo de creación a un libro que no te pertenece, que jamás te pertenecerá. Es una tarea que exige mucho trabajo para encontrar las palabras precisas, las más fieles al espíritu original del libro y a su autor o autora. Cuando Júdice empezó la traducción de mi libro Vivir tan adentro, ya estaba enfermo. Yo sabía que me estaba regalando su tiempo. Un regalo invaluable. Cuando recibí la traducción y la leí, lloré. Me conmovió enormemente su generosidad. Nuno era un gran traductor y yo fui muy afortunada por haberlo conocido y por trabajar con él en tantos proyectos de traducción.

Siento que existe una relación muy especial entre tu poesía y la de Maria Teresa Horta. Sin duda se trata de una confluencia poética, pues desde tus tiempos en Barranquilla ya hablabas con ella sin conocerla. ¿Cuándo se dio este encuentro con Maria Teresa Horta y qué ha significado para ti traducirla?

No creo que exista una relación, al menos visible, entre la poesía de Maria Teresa Horta y la mía. Somos dos escritoras muy diferentes. En su poesía, el cuerpo y lo sensual tienen un protagonismo que yo no sabría cómo encarar en lo que escribo. Pero lo cierto es que soy una lectora muy ecléctica, me gustan muchos tipos de poesía, incluso las que son opuestas entre sí.

Empecé a leer a Horta a finales de la primera década de los años dos mil. La conocí personalmente en 2023, en Correntes D´Escrita, un encuentro literario iberoamericano que acontece cada año al norte de Portugal. Fue entonces cuando leí su poesía reunida. Después me interesé por su narrativa que también es apasionante. Recientemente, fue publicada en Argentina mi traducción de uno de sus libros de poesía más emblemáticos: Minha senhora de mim (Señora mía de mí, Abisinia Editorial, 2024). Un libro que se publicó por primera vez en Portugal en 1971 y por el cual Horta fue perseguida, amenazada, golpeada en la calle por la policía y hasta encarcelada. Para la dictadura era un libro que «atentaba contra la moral católica del país». Señora mía de mí fue censurado y retirado de las librerías, aunque se sabe que en ese momento ya circulaban miles de ejemplares clandestinamente. La dictadura intentó silenciar varias veces a Maria Teresa Horta, pero no pudo hacerlo. La rebeldía y la coherencia de esta mujer vencieron al autoritarismo, y la llegada de la democracia a Portugal permitió que sus libros circularan libremente. Me siento muy honrada de haberla traducido al español.

Nunca he entendido por qué razón hemos vivido en Colombia tan alejados de Brasil, Portugal, Angola y Mozambique, teniendo tantas razones para encontrar parentescos y enriquecer nuestras tradiciones poéticas. ¿En los últimos años, ha cambiado esta situación o el desconocimiento mutuo entre estas culturas hermanas sigue siendo abismal?

Ese desconocimiento mutuo me desconcierta. Sin embargo, siento que es una situación que podría revertirse. Veo muy posible que en unas pocas décadas aumente el número de personas bilingües español/portugués, o que al menos la capacidad de intercomunicación entre individuos de ambas lenguas aumente significativamente. Pero para que esto ocurra será necesario un interés genuino de parte de los gobiernos para que estén dispuestos a apoyar proyectos de bilingüismo, traducciones literarias, la consolidación de relaciones comerciales, el intercambio cultural. Es posible que un día las políticas sean más favorables, ¿por qué no?

Dos mundos, a veces contrapuestos, a veces en contigüidad, habitan una misma casa y un mismo cuerpo, tal vez se miran por una misma ventana. De afuera hacia adentro. De adentro hacia afuera. Las vivencias aprisionan bajo nuestra complicidad, pues somos niñas, jóvenes, mujeres adultas, enamoradas y desencantadas. «¿Qué cosa distingue un aire de otro?» ¿Qué pervive y se transforma en la memoria averiada y corregida, en los recuerdos y las vivencias de Barranquilla, Puerto Colombia, el río Tajo, Lisboa, el Caribe, el océano Atlántico? ¿Da igual allá que acá y por eso ya «tengo edad / para encontrarme en una vitrina»? ¿O ahora «lo sé: estoy viva porque resistí»? ¿Escribir es resistir a la lengua, a la patria, a la historia?

Tenía 22 años cuando publiqué en 1999 Inventario de ciudad. En ese primer libro decidí utilizar un lenguaje «neutro». Me oculté detrás de un yo lírico masculino porque sabía que la sociedad era reacia a reconocer los méritos de las mujeres y tenía miedo a ser rechazada. En mi segundo libro, en cambio, no solo asumí el yo lírico femenino, sino que, incluso me atreví a escribir desde la voz de personajes históricos femeninos y masculinos: Adrien Rich, Djuna Barnes, Billie Holiday, pero también Louis Armstrong, Alejandro Magno, Constantino xi, Antonio Ramos Sucre y otros. Autobiografía ampliada fue un ejercicio de personalización y despersonalización de mi voz poética.

Los seres humanos tenemos maneras muy diferentes de transitar por la vida. Las experiencias que vivimos están marcadas por nuestro género. Hasta el simple hecho de caminar de noche es una experiencia diferente si eres mujer, hombre o una persona lgtbqi+. Las mujeres y las personas con identidades sexuales no hegemónicas hemos tenido que luchar, y continuamos haciéndolo, por nuestro derecho fundamental a existir. Sin embargo, lo que hace posible que los seres humanos nos leamos y nos reconozcamos en la otredad es nuestra capacidad de empatía e imaginación. Tú mencionaste antes una «historia de complicidades aberrantes». Esa es, lamentablemente, una historia que ha durado demasiado, pero por fortuna la estamos cambiando con todas las herramientas que tenemos, el lenguaje y la literatura son dos de esas herramientas.

La memoria, junto al amor y la muerte, es uno de los temas fundamentales de mi poesía. En un poema de Del tiempo, un paso escribí: «la memoria, madre demasiado protectora, oculta lo que no debería». En Colombia, en ese ir y venir entre Barranquilla y Fundación, entre la ciudad, el pueblo y la finca de mis abuelos, transcurrieron mi infancia, mi adolescencia y parte de mi juventud. Todos los hechos fundamentales de mi biografía los viví en el Caribe colombiano, es natural que vuelva allí una y otra vez en mis recuerdos. La memoria es una cantera inagotable para la literatura. Tú me preguntas si escribir es resistir. Supongo que sí.